
Mis ojos tardan un instante en acostumbrarse a la oscuridad del cuarto, escucho el sonido de los automóviles que transitan por la calle y el tranquilizador tic-tac del reloj al que mi corazón se acompasa. Agudizo mi oído para percibir sonidos del resto de la casa, no oigo nada. Todos están durmiendo. Tengo la garganta seca, me cuesta tragar saliva, retiro las mantas de la cama y me levanto, tratando de que el viejo parqué no suene bajo mis pies. Recorro la habitación una vez más con los ojos, la oscuridad me devuelve un sinfín de sombras familiares que me miran quietas desde los rincones. Camino hacia la puerta, esquivo bultos imaginarios, adivino la dimensión de la cómoda y la silla que no veo. Tomo el picaporte de hierro entre mis dos manos pequeñas y, no sin esfuerzo, lo empujo hacia abajo, a la vez que presiono la puerta con el peso del cuerpo. La madera vieja emite un chirrido agudo que trato de acallar con un shhhh apagado. Dejo la puerta entreabierta, pienso en el regreso.
Piso la baldosa fría del pasillo y miro hacia el patio, Chimba duerme alumbrada por la luna, es tan vieja que ni oye ni ve, mueve una oreja peluda y sigue ajena al mundo de intrusos y ladrones que podrían robar la casa cien veces en esta noche húmeda.
Cuando voy a repetir el mismo procedimiento con la puerta que lleva al comedor, caigo en la cuenta de que está abierta; por esa rendija veo luz. Escucho voces, mamá y abuela hablan en susurros, lloran, trato de escuchar mejor, soy una oreja despeinada y con dos piernas flacas. Aguanto la respiración para oír que dicen. Al igual que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, mis oídos sienten sus palabras de forma más nítida, están más cerca. Hablan de cárceles, de cuarteles, militares y presos, hablan de mis tíos, de la próxima visita a papá, esa que no haremos porque no lo encuentran. Lo han vuelto a trasladar, el fantasma de la incertidumbre corta sus voces, adivino que se miran con miedo. Planean qué hacer, con quién hablar, a quién recurrir. No se atreven a predecir lo peor, pero todo es peor, la tortura, el desarraigo, una vuelta más en la calesita desvariada del dolor.
Mis piernas se vuelven a ablandar, son anclas, pero no me preocupa, no hay adonde huir, no puedo escapar, no quiero gritar, mi llanto es mudo. Creo que voy a morir, pero esta vez no despierto.
Veronika Engler
(de su libro "Un lugar sin duendes")
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