17 setiembre 2010

Brasil: Cualquier semejanza no es mera coincidencia


El Brasil todavía tiene mucho que conquistar en las áreas de salud, educación, vivienda, saneamiento, seguridad e infraestructura (autopistas, puertos y aeropuertos). Es un gigante con pies de barro. A pesar de todo, nuestra democracia se perfecciona gracias a los movimientos sociales, a los medios vigilantes, a la exigencia de transparencia y a la adopción de leyes tales como la Foja Limpia.

Algo nuevo distingue la actual disputa presidencial. Los cuatro candidatos con mejor posición en las encuestas tienen en común mucho más de lo que cree nuestro vano prejuicio. Ninguno de ellos procede de las tradicionales oligarquías que acostumbraban a hacer en la vida pública lo que hacen en la privada. Ni pertenecen a la élite brasileña, ni nacieron en cuna de lujo. Los cuatro proceden de la clase pobre o media.

Todos repudian la dictadura militar, el conservadurismo, y han tenido en la izquierda su iniciación política. Tres de ellos han sido víctimas de la dictadura: Plínio (vetado y exiliado); Serra (exiliado) y Dilma (presa y torturada). Marina, alfabetizada a los 16 años, sufrió la opresión del latifundio amazónico. Hija del cauchal y discípula de Chico Mendes, se vio obligada a 'exiliarse' de la selva para librarse de la pobreza y de la falta de escolaridad.

Los programas de Dilma, Serra y Marina tienen más puntos en común que diferencias. La excepción es Plínio, que no se avergüenza de defender el socialismo. El PSOL se vale del período electoral para divulgar sus propuestas y reafirmarse como partido. Eso oxigena el debate democrático.

Dilma, Serra y Marina se hermanan en el arte de mantenerse en la cuerda floja. Evitan inclinarse a la izquierda o a la derecha y adoptan un discurso que no desagrada ni a una ni a otra. Así, la distancia entre oposición y oficialismo casi se anula y permite a Lula, que hizo un buen gobierno, mantenerse en la confortable posición de casi unanimidad nacional. Y a Henrique Meirelles despuntar como nuestro Alan Greenspan, que estuvo casi 20 años al frente del Banco Central de los USA.

A pesar de que los discursos de campaña electoral son como las ventas en mercado libre -no extienden factura- y que los cuatro candidatos aparezcan envueltos en una aureola de confiabilidad, el problema reside en el piso de abajo. Al contrario de lo que se dice, lo que es de barro es el anda, no el santo. Dilma o Serra tendrán que gobernar bajo la presión de los últimos reductos de la oligarquía, el PMDB y el DEM, blancos de frecuentes denuncias de corrupción, nepotismo y otras marrullerías.

Marina, como ella misma lo declaró, intentará suplir su falta de alianzas con un gobierno supuestamente suprapartidario. Lo que, por lo demás, es lo que hace de hecho el gobierno de Lula, hasta el punto de merecer el apoyo de Collor, Sarney, Renán Calheiros, Jader Barbalho, Roberto Jefferson y José Roberto Arruda. Plínio, realista, sabe que la posibilidad presidencial del PSOL es todavía un proyecto de futuro.

Algo en común entre los cuatro llama la atención: el silencio frente a la corrupción que asola la política brasileña. Los cuatro son éticos, de fojas limpias. Pero Dilma, Serra o Marina, cualquiera de ellos que fuera elegido, tendrá que romper huevos para hacer una torta. O hacerse a la idea de que en este reino tupiniquim, que no se parece a Dinamarca, nada huele a podrido.

Quien gane, lo verá.

Frei Betto

Traducción: J.L.Burguet

Fuente: Adital


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