27 marzo 2009

Quintín Cabrera, tus amigos te cantan



(cliquea el cartel para agrandar)


Quintín Cabrera, cantor


Carlos Bouzas

Me llamó Severino Carballal para informarme que murió Quintín. Una complicación en su trasplante de pulmón ­por el que tanto luchó­ lo alejó de nosotros.

Durante los largos meses en espera de un donante, fiel a su eterno optimismo, nos fue informando de su estado de salud y práctica de vida muy limitada, por intermedio de décimas que enviaba vía correo electrónico. Quintín fue uruguayo, montevideano del barrio Aires Puros. Partió con su guitarra en 1966 hacia Varadero, Cuba, vía Madrid, a un festival de canción protesta. A su vuelta de Cuba, conoció Madrid, hizo un recorrido por España y se enamoró de Barcelona. España vivía el tardo franquismo. Había mucha agitación y él se integró a ella. Su canción de milongas se sumió en las movilizaciones, fábricas ocupadas, reclamos de autonomía, ansias de libertad. Con su rasgo distintivo de no medir riesgos se integró a la reconquista de la democracia. Su nombre y su música se fueron conociendo en los barrios, pueblos y movidas catalanas.

Hasta que se le señaló. Fue citado en una oscura comisaría; y al requerimiento de qué estaba haciendo allí, contestó que buscaba un permiso de residencia. Como le increparon que era un extranjero agitador, contestó ­en catalán­ que, aunque nacido en otras tierras, se consideraba lugareño. El comisario se impresionó por la fluidez de su verba catalana y le otorgó la residencia. Milagros del nacionalismo.

Así lo encontré cuando me tocó recalar en Barcelona. Me indicaron que dormiría en casa de un cantor uruguayo que vivía en una casa vieja, con terraza, en el cerro Tibidabo. No fui la excepción; fue su norma de conducta. Y la oferta de morada se complementaba con su especialidad de cocinero, tanto de torta pascualina uruguaya como de vichi soice catalana, acompañadas siempre, claro, del infaltable mate.

Siguiendo lo que fue su característica de vida ­identificándose con el prójimo­ me aclaró que lo que nos unía era que su nombre era el único que no tenía ninguna de las letras del mío. Y me preguntó si extrañaba Montevideo. A mi respuesta afirmativa, me subió en su camioneta y se dirigió hacia la Barceloneta, ingresando por una escollera ­que él bautizó Sarandí­ indicándome la bahía que daba albergue al puerto y en medio de la cual había una enorme chimenea con una llama a la que bautizó de la Ancap, mientras en el fondo, nos vigilaba el Cerro que, aunque igual al de Montevideo, se llamaba Montjuic.

Ya había editado su primer disco que llevó como título "Yo nací en Montevideo". A él le siguió "De qué se ríe" y "Como mi Uruguay no había". Porque nunca dejó de pertenecer a nuestro país, aunque adoraba Barcelona, tuvo familia e hijos en ella y se comportaba como un nacionalista catalán, rescatando su condición de internacionalista.

Igual que ocurrió conmigo, fue el punto de referencia para todos los uruguayos que pasaran o se radicaran en Barcelona, en la medida que trabajaran por la solidaridad con la causa de la democracia en Uruguay. Fue un ícono en las movilizaciones de la Comisión Obrera Nacional de Catalunya (CONC), filial de las Comisiones Obreras de España. Por eso es que con la sola mención de su nombre, o ir de su mano, se nos abrían las puertas para las tareas de la solidaridad con la causa de Uruguay. Su canción, casi siempre en tiempo de milonga, oscilaba entre la picaresca, el intimismo y la protesta. Su comunicación con el público fue permanentemente cálida y cómplice.

Soñaba con volver a Montevideo, exhibía el carné de su padre, fundador de la Asociación de Funcionarios de UTE (AUTE), reivindicaba su amistad con Pepe Sasía y era tremendamente catalán. En esa doble condición fue un referente fundamental para el desarrollo de la solidaridad con nuestros esfuerzos por reconquistar la democracia. Todos los uruguayos que desfilamos por España ­porque su simpatía se desparramó por Madrid, Andalucía, Galicia y País Vasco­ guardamos una anécdota, un episodio de complicidad, amistad y colaboración con Quintín Cabrera. Es bueno, creo, que los que hicimos algo por la reconquista de la democracia, le rindamos un homenaje, o consideremos en su ejemplo de vida, humildemente, lo invalorable que resulta siempre el trabajo por los demás, sin importar la trascendencia de nuestra actuación personal.

Salve, amigo, compañero.

Fuente: La República






Ya dejaste tu graffiti?