
Rusia ya no es la potencia caótica y debilitada que gobernó el alcohólico Boris Yeltsin, período que EE.UU. aprovechó para imponer su influencia en algunas ex repúblicas soviéticas: en los ocho años de Putin, se convirtió en el primer productor de gas natural y petróleo del mundo. Ha vuelto a pisar fuerte. Poca atención se prestó a unas líneas de la declaración del presidente ruso, Dimitri Medvedev, al reconocer la independencia de Abjasia y Osetia del Sur: subrayó que el sistema de misiles que se instalará cerca de su frontera con Polonia “creará tensiones adicionales. Deberemos reaccionar de alguna forma, reaccionar, naturalmente, por medios militares” (AP, 26-8-08). Grave. El problema de fondo –repetitivo– es el control de los energéticos de Asia Central.
EE.UU. no logró adueñarse por completo del petróleo de la cuenca del Mar Caspio, una meta que empezó a delinear en la posguerra fría: la ley HR 3196 del año 1999 propuso la aplicación de la llamada Estrategia de la ruta de la seda, un corredor de transporte de energía que vinculara a Europa Occidental con Asia Central y el Lejano Oriente. Aunque la GUAM militariza el trayecto del oleoducto Bakú (Georgia)-Ceyhan (Turquía), que elude territorios rusos y afines, Wa-shington no ha podido contrarrestar el transporte de petróleo siberiano y kazajo a los mercados del norte y centro de Europa, una moneda política que el Kremlin cuenta a su favor. Ucrania, Azerbaiján y Georgia se han convertido de hecho en protectorados estadounidenses, pero Kirguisistán, Kazajstán, Tadjikistán, Armenia y Bielorrusia se alinean con Moscú.
La militarización occidental de la región tiene su contraparte: la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), una alianza militar de Rusia-China-Kazajstán, Uzbekistán y otros países de Asia Central –Irán tiene estatuto de observador– y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), a la que pertenecen Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguisistán, Tadjikistán y Uzbekistán, que cumple un papel geopolítico clave respecto de los corredores de transporte de energéticos. Ambas organizaciones trabajan de consumo, realizan maniobras militares conjuntas y colaboran con Irán. Aunque son institucional y organizativamente distintas, estas dos alianzas militares conforman un solo bloque que enfrenta al expansionismo de EE.UU. y la OTAN en la región. Esta es la cuestión central que palpita en las entrañas del conflicto en curso. Su claro antecedente: Kosovo.
Era una provincia de Serbia hasta que, después de 78 días de bombardeos de la OTAN, Milosevic decidió que Kosovo pasara a la égida de la ONU en 1999. Serbia prometió su autonomía, pero no la independencia. Los nacionalistas albaneses comenzaron entonces a realizar verdaderos pogromos de kosovares serbios y a incendiar las iglesias y monasterios ortodoxos, causando el éxodo de decenas de miles de familias. Limpieza étnica, pues. Y el 17 de febrero de este año, el gobierno provisional de Kosovo declaró la independencia, acto que fue calurosamente aplaudido por W. Bush y sus aliados europeos. Moscú advirtió entonces que el hecho podía alentar ambiciones secesionistas de otros 200 territorios en todo el mundo. No le hicieron caso. EE.UU. y los países de la OTAN condenan hoy la independencia de Abjazia y Osetia del Sur. Haced lo que yo digo, pero....
Juan Gelman
Fuente: Página 12

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