Nazim Hikmet Ran
Salónica, Imperio Otomano, 20 de noviembre de 1901
Moscú, 3 de junio de 1963
Jaime Bergamin Leighton

Con esta tarjeta de visita, Nazim Hikmet se nos presenta en este S.XXI que pareciera ver revivir viejos desplantes imperiales, cuando los edictos del Sultán se ven reemplazados por las pizarras electrónicas que, desde la metrópoli, divulgan los úcases que se desprenden de las últimas transacciones para disponer, en segundos, de vidas y haciendas a lo largo y ancho del mundo.
Y, como otros, antes y después de él, un día emprendió el camino iniciático para, a través de la lectura del paisaje, las vidas y sus haceres, precisar una manera de ver las cosas y, sobre todo, plantear soluciones a través de su propia lucha. Como esos otros, traspasó fronteras para asomarse a ese mundo en pleno proceso de creación que era la Unión Soviética del 1921. Contaba con 19 años.
Con el tiempo, llegaría a ser uno de los más grandes poetas de nuestro siglo, y aquel viaje, decisivo para su vida y su obra.

En Rusia, conoce a los grandes poetas revolucionarios de la época: Maiakovski, Bragritski, Essenin, quienes, como todo lo positivo que hubo en la Unión Soviética, son casi desconocidos por las generaciones actuales, ignorados por la “propaganda oficial” de occidente que se empeña en exhibir solo los gulags. Su influencia, especialmente la de Maikovski, se hace sentir en sus poemas con ese tono intimista que lo aproxima al lector para convertirlo en uno de los suyos.
Se propone fundar un nuevo género, utilizando el verso alternado, un estilo libre, la prosa y el diálogo que emplea en su obra más ambiciosa, redactada durante sus largos años de cárcel: Paisajes humanos de mi país. En teatro escribió Kafatasi (El cráneo) y La casa de un muerto, estrenadas en Estambul en 1932.
Se inicia un período de fecundo trabajo. No sólo escribe poesía, sino también novelas, piezas de teatro, incluso guiones cinematográficos. Trabaja en los periódicos volviéndose un luchador empedernido de su clase, la que él eligió.

... has de saber morir por los hombres.
Y además por hombres que quizás nunca viste,
y además sin que nadie te obligue a hacerlo,
y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir
También comienzan las largas persecuciones que harían de él huésped recurrente de las cárceles de su país, a pesar de la admiración que el propio Kemal Ataturk profesaba por su poesía: “En julio de 1928 regresa a Turquía, pero es detenido en la frontera y, tras seis meses de prisión preventiva, es condenado a tres meses de cárcel. La represión seguía cebándose en los comunistas, amparada en los poderes omnímodos de Mustafá Kemal (Ataturk) y su partido único, el Partido Republicano del Pueblo”.
Cabe recordar que el imperio de los otomanos campeó por todo el Mediterráneo Oriental hasta bien entrado el S. XX y, aunque convulsionado y decadente, fue necesaria la 2ª Guerra Mundial para que terminara por circunscribirse a las fronteras que hoy se le reconocen. Turquía, país de dos continentes y múltiples nacionalidades, algunas de las cuales, armenios y kurdos, prosiguen en su lucha centenaria por la independencia. En el plano europeo, pugna por incorporarse a la Unión tratando de minimizar, mediáticamente, ese autoritarismo que persiste a pesar de sus intentos miméticos (y patéticos), de europeizarse.
A la salida de una de sus tantas cárceles, “se instaló en Estambul y trabajó para el diario Aksam, comenzando a escribir poemas, novelas, relatos, artículos, ensayos y teatro. En abril de 1929 publicó “835 líneas”, una colección de poemas constructivistas que alcanzó dos ediciones y, antes de acabar ese mismo año, La Gioconda y Si-Ya-U. Por aquellas fechas, se sumó también a la redacción de Resimli Ay (Mensual Ilustrado), una revista de concepción vanguardista que congregó a un grupo de escritores y artistas empeñados en derribar los ídolos, según la fórmula acuñada por Nazim en una célebre serie de artículos que provocaron un considerable revuelo y le costaron la feroz animadversión de personajes influyentes, que se sintieron retratados en aquellos ídolos con los pies de barro”.

Su compromiso político no le impide entregarse a lo que, al parecer, fuera su otra gran pasión: el amor, traducido en relaciones signadas por largas esperas y las correspondientes alternancias de cárceles y liberaciones. Es así como conoce a uno de los grandes amores de su vida, Pirayé, de apenas 22 años, cuya vida en común se viera interrumpida por una nueva detención de Nazim que duraría 3 años. En 1935 se beneficia de una amnistía general decretada por el gobierno de turno. Al salir de la cárcel contrae matrimonio con Pirayé.
Aquí su biografía se torna confusa pues algunos de sus exegetas señalan su larga relación con Pirayé: “Durante los diez años prácticamente ininterrumpidos que Nazim pasó en la cárcel de Bursa, escribió sus Poemas de las 22-23 horas, en un lenguaje deliberadamente simple y dedicados a Pirayé”, mientras que otros señalan que: “Durante su permanencia en prisión contrajo matrimonio con Münevver Andaç” (fue su segundo matrimonio) e incluso hablan de que “durante su estancia en la cárcel “se enamora de su prima Milnever, con la que viviría después, tras su excarcelación en 1950”.

Soy yo quien golpea a tu puerta
A todas las puertas, a todas las puertas
Pero ustedes no pueden contemplarme
Es imposible ver a un niño muerto
Hace diez años largos
he muerto en Hiroshima
Pero sigo teniendo siete años
Los niños muertos dejan de crecer
Al principio se inflamaron mis cabellos
Mis manos y mis ojos ardieron después
Me convertí en un puñado de cenizas
Que el viento dispersó
Nada, nada les pido para mí
No podrían mimarme aunque quisieran
Una niña que ha ardido cual si fuera papel
no come caramelos
Yo golpeo y golpeo a cada puerta:
Denme, denme una firma
Para que los niños no sean asesinados
y coman caramelos

En julio de 1951 Nazim Hikmet consigue salir de Turquía y a partir de entonces, hasta la fecha de su muerte, reside en una "dacha", cerca de Moscú. En estos años, lejos de su pueblo, de su patria, de sus seres más queridos, Hikmet escribe los poemas más estremecedores de toda su obra. Innumerables cartas a su mujer y a su hijo, a los que no volvería a ver nunca.
¿Le has enseñado a pronunciar papá?
Y en su poema "Quizá mi última carta a Mehmet”, dice:
No hagas sufrir a tu madre; que tenga de ti la alegría que yo no pude darle (...) Cree en la semilla,
Voy a decirte una cosa
De capital importancia:
El hombre cambia de gustos
Cuando cambia de lugar.
Aquí, me gusta dormir,
Me gusta terriblemente
Porque, con su mano amiga,
Viene el sueño a abrir mi celda
O derriba las paredes
Que me tienen encerrado.
Como en la frase vulgar,
Yo me dejo ir por el sueño
Como la luz se desliza
Sobre las tranquilas aguas.
Son magníficos mis sueños:
Siempre estoy en libertad,
Allí es claro y lindo el mundo,
Ninguna vez todavía
Me han llevado a la prisión,
Ninguna vez todavía,
Durante el sueño, caí
De la montaña al abismo.
-"¡Qué terribles despertares!",
Dirás tú.
No, mujer mía:
Tengo bastante coraje
Para distinguir y dar
Al sueño lo que es del sueño.
“Ama a la nube, a la máquina y al libro, pero sobre todo ama al hombre" (...) "Memet, quizá yo muera lejos de mi lengua, lejos de mis canciones, lejos de mi sal y de mi pan, con la nostalgia de tu madre y tuya, y de mi pueblo, y de mis camaradas."
(Moscú, 11 de mayo de 1962)
El 3 de junio de 1963, Nazim Hikmet moría a consecuencia de una crisis cardiaca, en su "dacha" de Moscú, libre al fin y en paz consigo mismo, tal como siempre había vivido: de pie.
Fuente: ENcontrARTE

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