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02 octubre 2010

Chile: Anuncian fin de huelga de hambre de mapuches




Representantes de los comuneros mapuches en huelga de hambre en Chile anunciaron el fin de esa medida de fuerza iniciada el pasado 12 de julio en rechazo a la ley antiterrorista.

La noticia fue confirmada casi al filo de la madrugada de este día por el arzobispo de la provincia chilena de Concepción, Ricardo Ezzati y la vocera de los indígenas encarcelados Natividad Llanquileo.

Ezzati, quien actuó como facilitador del diálogo entre las partes involucradas leyó un comunicado a través del cual hizo públicas las propuestas del Gobierno encaminadas al cese del ayuno.

Subrayó en particular el retiro de las querellas por la ley antiterrorista y el fin del doble procesamiento judicial, lo que implicaría juzgar a los procesados sólo en tribunales civiles.

"Hace algunas horas comunicamos esta resolución a los representantes de los comuneros en huelga de hambre, quienes nos han señalado la decisión de sus representados de deponer el ayuno de forma inmediata", expresó Ezzati.

Fuentes gubernamentales precisaron que la medida fue depuesta por los comuneros de los penales de las ciudades de Concepción, Lebu y Temuco, aunque tal determinación no ha sido confirmada aún por los nueve huelguistas de la cárcel de Angol, en territorio arauco.

El anuncio trascendió a escasos minutos de una declaración del ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, quien había dicho sentirse esperanzado con el resultado de las negociaciones de las últimas horas, realizadas en la intendencia de la Araucanía chilena, en el sur del país.

"Tengo mucha esperanza. Tengo la sensación que estamos en un buen camino, que vamos a poder encontrar un buen acuerdo para solucionar la huelga de hambre", subrayó en declaraciones a la prensa Hinzpeter.

Fuente: PL


15 octubre 2009

Que no se diga




Foto: Sebastião Salgado

Está costando muchos esfuerzos, discretamente realizados en los entretelones de la economía y la diplomacia internacionales. Pero la alambicada estrategia del silencio está dando los frutos deseados: los grandes medios de comunicación no prestan atención al tema que debería ocupar sus portadas. Y prácticamente nadie habla de lo que constituye el mayor escándalo mundial: el hambre se agrava cada día más.

Un mes atrás Josette Sheeran, directora del Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, anunció que la cifra de hambrientos había superado por primera vez los mil millones de personas. Y advirtió que continuaría aumentando, ya que la ayuda humanitaria se encuentra “en un mínimo histórico”. El PAM sólo dispone de 1179 millones de euros, frente a los 4585 millones que precisa para dar de comer a 108 millones de empobrecidos en 74 países.

Las grandes potencias económicas mundiales hacen oídos sordos ante los gritos de alarma que surgen de las agencias humanitarias. Los embajadores escuchan en silencio las peticiones de ayuda económica del PAM. Y los burócratas que administran presupuestos multimillonarios argumentan en voz baja que “a causa de la crisis económica internacional, no hay fondos para afrontar el problema”. Sin embargo, Josette Sheeran asegura que bastaría con dedicar a la lucha contra el hambre “menos del uno por ciento del dinero público invertido en ayudar a las entidades financieras” durante el último año.

Pero no es sólo la crisis. Hay otra razón (¡cuesta emplear esta palabra!) para explicar la disminución de la ayuda alimentaria, más allá del extremo latrocinio bancario que denominamos crisis financiera: la producción de agrocombustibles. Los Estados Unidos han suspendido su aportación mayoritaria de excedentes de granos, porque los dedican a fabricar biodiésel. (El año pasado quemaron así 138 millones de toneladas de maíz, un tercio de su cosecha.) Y una directiva de la Unión Europea impulsa las energías alternativas de origen vegetal. Así, en nombre de la estabilidad económica (hacer frente a la crisis), de la ecología (producir combustibles más limpios), y de la geoestrategia de las naciones dominantes (reducir la dependencia de sus importaciones de petróleo) se condena a la desnutrición y la muerte a millones de seres humanos.

Se trata de un exterminio tan políticamente correcto como fríamente programado. Basten dos ejemplos: se limita drásticamente o se suprime la ayuda a países como Bangladesh (donde 700.000 niños están amenazados de muerte por el hambre) y se reduce la alimentación de la población desplazada en Somalia o de los refugiados en Kenia de 2200 calorías diarias a sólo 1500, lo que significa que la ONU distribuya raciones insuficientes, muy por debajo del mínimo vital.

La mayor vergüenza está en la propia Secretaría General de la ONU que, desde el relevo de Kofi Annan por Ban Ki-moon, está desarrollando una tan sorda como despiadada política de complicidad con los grandes núcleos del poder económico mundial. Los reemplazos de algunos altos funcionarios han sido claves. Resulta especialmente llamativo el cambio de tono en los informes y posicionamientos del relator especial sobre Derecho a la Alimentación: mientras que Jean Ziegler denunciaba a los fabricantes del hambre exigiendo que se pusiera fin a la mortandad, su sucesor en el puesto, Olivier de Schutter, plantea la necesidad de discutir la cuestión más a fondo. Lo que en palabras de Ziegler era un crimen intolerable, para Schutter parece reducirse a un problema administrativo.

Que no se diga. Que las cotizaciones de Bolsa ocupen sus minutos diarios en los informativos y sus páginas habituales en los periódicos. Que nadie pierda el sueño. Que nadie recuerde las cifras que Ziegler nos arrojó a la cara: cada cinco segundos muere de hambre un niño menor de diez años, cada cuatro minutos fallece alguien por falta de vitamina A, cada día 24.000 seres humanos perecen por falta de alimentación y 100.000, por las consecuencias derivadas de la desnutrición.

Vicente Romero

Fuente: Página 12


28 julio 2009

Hambre de justicia



Al día de hoy son ya 950 millones las personas amenazadas por el hambre crónica. Eran 800 millones el año pasado. De allá para acá aumentó el número, debido a la expansión del agronegocio, cuyas tecnologías encarecen los alimentos, y a la mayor extensión de áreas destinadas al cultivo de agrocombustibles, producidos para saciar el hambre de las máquinas y no de la gente.

El hambre es lo más letal que ha inventado la injusticia humana. Causa más muertes que todas las guerras. Elimina a cerca de 23 mil vidas al día, ¡casi mil personas por hora! Las principales víctimas son los niños.

Casi nadie muere por falta de alimentos. El ser humano soporta casi todo: políticos corruptos, humillaciones, agresiones, indiferencias, la opulencia de unos pocos. Hasta el plato vacío. Por eso se puede decir que nadie muere por la falta completa de alimentos. Los hambrientos, cuando no tienen nada que comer, llevan a la boca, para engañar al hambre, sobras recogidas en la basura, lagartos, ratones, gatos, hormigas e insectos varios. La falta de vitaminas, carbohidratos y otros nutrientes esenciales debilita el organismo y lo hace vulnerable a las enfermedades. Los niños raquíticos mueren de un sencillo resfriado, por carencia de defensas.

Hay apenas cuatro factores de muerte precoz: accidentes (de trabajo o de tránsito), violencia (asesinato, terrorismo o guerra), enfermedades (cáncer o sida) y hambre. Ésta produce el mayor número de víctimas. Sin embargo es el factor que menos movilizaciones suscita. Hay campañas seguidas contra el terrorismo o para curar el sida, pero ¿quién protesta contra el hambre?

Los miserables no hacen protestas. Sólo quien come se pone en huelga, sale a las calles, manifiesta en público su descontento y reivindicaciones. Como esa gente no sufre amenaza de hambre, los hambrientos son ignorados.

Ahora los líderes de las naciones más ricas y poderosas del mundo, reunidos en el G-8, en L’Aquila, Italia, a principios de junio, decidieron liberar US$ 15 mil millones para aplacar el hambre mundial.

¡Qué cinismo se gasta el G-8! Él es el responsable de que los hambrientos sean multitud. Éstos no existirían si las naciones metropolitanas no adoptasen políticas proteccionistas, barreras aduaneras, transnacionales de agrotóxicos y de semillas transgénicas. No morirían de hambre casi 5 millones de niños al año si el G-8 no manipulase a la OMC, no incentivase la desigualdad social y todo lo que la aumenta: el latifundio, la especulación con los precios de los alimentos, la apropiación privada de la riqueza.

¡Sólo 15 mil millones de dólares! ¿Saben esos señores y señoras del G-8 cuántos millones destinaron para salvar, no a la humanidad, sino al mercado financiero, desde setiembre del 2008 a junio del 2009? ¡Mil veces esa cantidad! 15 mil millones de dólares sirven sólo para ofrecer unos caramelos a algunos hambrientos. Sin contar con que buena parte de esos recursos irá a la bolsa de los corruptos o servirá de moneda de cambio electoral. ‘Le doy un pan, deme un voto’.

Si el G-8 tuviera verdadera intención de erradicar el hambre del mundo promovería cambios en las estructuras mercantilistas que rigen la producción y el comercio mundiales, y canalizaría más recursos hacia las naciones pobres que hacia los agentes del mercado financiero y a la industria bélica.

Si los dueños del mundo quisieran acabar realmente con el hambre declararían el latifundio un crimen de lesa humanidad y permitirían la libre circulación de alimentos, parecido a lo que sucede con el dinero. De igual manera, si tuvieran también el propósito de erradicar el narcotráfico, en vez de agarrar a unos pocos traficantes pondrían sus máquinas de guerra a destruir definitivamente los campos de plantación de marihuana, de coca, de opio y de otros vegetales, transformándolos en áreas de agricultura familiar. Sin materias primas no hay traficante capaz de producir droga.

Decir que el G-8 intenta acabar con el hambre o salvar el planeta de la degradación ambiental equivale a esperar que la próxima Navidad Papá Noel traiga de regalo una vida digna para todos los niños pobres. Tanto es el cinismo, que los líderes mundiales prometen establecer bases de sustentabilidad ambiental a partir del 2050.

Ahora bien, si la naturaleza enseña algo obvio es que, a medio plazo, estaremos todos muertos. Si la Tierra ya perdió un 25% de su capacidad de autorregeneración, ¿qué pasará si la humanidad tiene que esperar otros 40 años para que se tomen medidas eficaces?

Si los que no pasan hambre tuvieran, al menos, hambre de justicia, virtud calificada por Jesús como bienaventuranza, entonces la esperanza en un futuro mejor no sería vana.

Frei Betto*

*Frei Betto es escritor, autor de “La mosca azul. Reflexión sobre el poder”, entre otros libros.

Traducción de J.L.Burguet

Fuente: Alainet

07 setiembre 2008

La desigualdad mata




Ilustración: Noke



Xavier Caño Tamayo*



El título no es delirio de poetastro iluminado sino la conclusión de expertos y estudiosos de la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud, promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Durante tres años han analizado las desigualdades en salud y su relación son la pobreza y desigualdad social. El informe de la Comisión afirma que “la combinación nefasta de pobres políticas sociales y las circunstancias económicas injustas está matando a la gente”. ¿Cómo explicar de otro modo que una niña nacida en África Central aspire a vivir poco más de cuarenta años, pero otra nacida en Tokio, vivirá hasta los ochenta?


La desigualdad económico-social mata en los países empobrecidos, pero también a los más pobres en los países ricos. Un niño de suburbio de Glasgow vivirá algo más de cincuenta años, pero otro del barrio rico de Lenzie, en la misma ciudad, vivirá hasta los 82. En Suecia sólo muere durante el embarazo o en el parto una mujer por cada 17.400, pero en Afganistán lo hace una de cada ocho. La lista es larga y permite afirmar con contundencia lo que proclama el informe de la Comisión de la OMS: “La injusticia social provoca la muerte de un número enorme de personas”.


Una de las propuestas de la Comisión de la OMS para mejorar y alargar la vida de los pobres es “luchar contra la distribución desigual del poder, del dinero y de los recursos”. Michael Marmot, presidente la citada Comisión, ha explicado que piden “que se creen las condiciones para que la población se emancipe y tenga libertad para vivir una vida prospera”. Casi nada. Suena a verdadera revolución, porque las clases dirigentes de los países ricos y también algunas clases dirigentes cómplices de los países empobrecidos no muestran el menor interés por atacar a fondo las causas de los graves problemas que mantienen a más de la mitad de la humanidad en la pobreza y el sufrimiento. Y hay que ir a las causas.


Si alguien duda sobre la desigualdad del mundo, sepa que en 1980 los ingresos de los países ricos multiplicaban por 60 los ingresos de los países más pobres. Tras 25 años de globalización neoliberal, esos ingresos multiplican por 122 los de los pobres. Cómo señaló Denny Vagerö, miembro de la Comisión y de la Real Academia Sueca de Ciencias: “el desarrollo ha de ser diferente”.


Esa es la cuestión. Otra concepción de la economía y del desarrollo. Radicalmente diferente. Este sistema globalizador capitalista neoliberal, al que se someten obedientes los políticos profesionales, ha demostrado hasta la saciedad en los últimos veinte años ser suicida, estúpido y criminal. A datos y hechos podemos remitirnos hasta el hartazgo. Y no calificamos el sistema de estúpido como insulto sino como descripción, pues estúpido, según el Diccionario de la Lengua, es el necio y falto de inteligencia. Y necio es el ignorante, que no sabe lo que debía saber, el imprudente y falto de razón, terco en lo que hace.


¿No les parece que este sistema de globalización neoliberal con sus FMI, OMC y G8, con sus Bolsas como loterías, con sus intocables paraísos fiscales, con sus crisis que sorprenden a quienes tienen poder, merece los adjetivos anteriores? Un sistema cuyos dirigentes y beneficiarios (que son muy poquitos) tiene tal ceguera que si alguien señala la Luna, se quedan pasmados mirando el dedo que señala, pero no la Luna.


Como la OMS ha demostrado que la desigualdad mata, se trata por tanto de un asunto criminal. Amnistía Internacional está por iniciar una magna campaña mundial contra la pobreza y sus causas y, muy especialmente, contra los responsables, cómplices o encubridores de las actuaciones u omisiones que causan o agravan la pobreza. Como nos dijo recientemente el Director de la Sección Española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, “la pobreza es una cuestión de derechos humanos. Y, si es una cuestión de derechos humanos, hay responsables de la violación de esos derechos. Así las cosas, un objetivo de Amnistía Internacional es encontrar a los 'Pinochet' responsables de la pobreza y llevarlos a juicio”.


Puede ser buen camino de acción, porque por las buenas no atienden a razones.


*Periodista y escritor


Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias







08 junio 2008

Distracciones




Video: J&M Producciones



Juan Gelman



Se dijo de todo para explicar la crisis alimentaria que amenaza con elevar ya a casi mil millones el número de quienes se mueren de hambre en el planeta. Sucedió en la reunión realizada en la sede de la FAO en Roma, que terminó este jueves y en la que 193 naciones del mundo lanzaron gritos de alarma ante lo que se viene. En realidad ya vino, pero hace más de 20 años que los gestores del mundo globalizado globalizan sistemáticamente el hambre y al parecer se distrajeron. En las reuniones de los países más industrializados, los del grupo G-8, el tema del hambre apenas merecía una mención trivial. Hoy causa un repentino nerviosismo y Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, fue claro en las razones: “No podemos fracasar (en resolver el problema). Es una lucha que no podemos perder; el hambre crea inestabilidad y tenemos que reaccionar unidos e inmediatamente”. No hay compasión, hay miedo.


En 2007, el precio del arroz, los frijoles y la fruta subió un 45 por ciento en el mercado interno de Haití y a fines de marzo pasado se elevó la espiral. El 3 de abril, en la ciudad portuaria de Les Cayes, más de tres mil manifestantes levantaron barricadas en las calles, bloquearon a los camiones que transportaban arroz, distribuyeron el producto y trataron luego de incendiar una instalación de las fuerzas de paz de la ONU a cargo de tropas uruguayas que abrieron fuego contra la multitud. Resultado: cuatro muertos y 20 heridos (news.bbc.co.uk, 5-4-08). Las protestas se extendieron a la capital, Port-au-Prince, donde miles de personas marcharon hacia el palacio presidencial al grito de “¡Tenemos hambre!”, exigieron la retirada de las fuerzas de la ONU y el regreso del presidente Jean-Bertrand Aristide, que un golpe de Estado marca USA derrocó en 2004. El primer ministro Jacques Edouard Alexis aclaró las cosas: era una manifestación infiltrada por narcos y otros contrabandistas. El precio del arroz no estuvo allí.


Hubo de lo mismo en más de 20 países del llamado Tercer Mundo. A fines de 2007, la policía de Dakar no vaciló en apalear y gasear a miles de senegaleses que reclamaban comida. En febrero de este año, los sindicatos y pequeños comerciantes de Burkina Faso realizaron una huelga de dos días exigiendo la rebaja del precio del arroz y de otros alimentos, que habían aumentado del 10 al 65 por ciento (www.irinnews.org, 22-2-08).


Más de 100 detenidos, claro. En Bangladesh, unos 20 mil obreros textiles de Fatullah, localidad cercana a Dhaka, la capital, fueron a la huelga por mayores salarios en abril: la bolsa de dos kilos de arroz equivale a medio día de salario. Casi contemporáneamente, y por la misma demanda, fueron reprimidos los trabajadores del complejo textil de Mahalla, en el delta del Nilo: el gobierno egipcio envió miles de tropas para impedir la huelga, hubo dos muertos y alrededor de 600 detenidos. La lista sigue.


En Costa de Marfil; Pakistán, Tailandia, Camboya, Etiopía, Níger, Perú, Honduras, Zambia y otros se presenciaron –y reprimieron– movimientos semejantes. El FMI, que tanto contribuye a esta grave crisis imponiendo “reformas estructurales” a los países pobres, parece algo asustado: su director ejecutivo, Dominique Strauss-Kahn, advirtió a los gobiernos que “verán la destrucción de todo lo que hicieron y también de su legitimidad ante la población. De modo que no se trata sólo una cuestión humanitaria –agregó sin reparo alguno–, tampoco sólo de una cuestión económica, es además una cuestión de democracia”, es decir, de mantener el sistema que hambrea (ifm.org, 12-4-08). Como dijera Elías Antonio Saca, presidente de El Salvador, país que también sufre lo suyo: “Es una tormenta escandalosa que se puede convertir en huracán y trastornar nuestras economías y también la estabilidad de nuestros países” (International Herald Tribune, 18-4-08). Estabilidad, palabra santa.


Hay 2600 millones de personas en el mundo que ganan menos de dos dólares por día y alimentarse les comería, según el país, hasta el 80 por ciento de sus ingresos. De manera que no comen o comen de manera insuficiente, su rebeldía es concreta como una piedra y los enormes intereses que manejan el precio de los cereales conocen el temor: “La idea de que las masas hambrientas, llevadas por su desesperación, tomaran las calles para derribar al ancien régime parecía definitivamente exótica dado que el capitalismo triunfó de manera terminante en la Guerra Fría”, señala el conocido periodista Tony Karon en “Cómo el hambre puede derrocar regímenes” (Time, 11-4-08). Y agrega: “Sin embargo, los titulares del mes pasado sugieren que el abrupto aumento del precio de los comestibles amenaza la estabilidad de un número creciente de gobiernos en todo el mundo... cuando las circunstancias tornan imposible alimentar a los hijos, ciudadanos normalmente pasivos pueden convertirse rápidamente en militantes que no tienen nada que perder”. En efecto, el hambre es una forma aguda de terrorismo.


Fuente: Página 12






13 mayo 2008

EL HAMBRE COMO COMBUSTIBLE



Juan Kalvellido



Fernando Butazzoni



Cada cuatro segundos se muere de hambre una persona, en algún lugar del mundo. Para muchas personas, comer hoy es difícil. En muy poco tiempo puede resultar simplemente imposible. La crisis de los alimentos, ahora ventilada por los poderosos del planeta, revela un problema estructural que tiene en el modelo de la sociedad consumista su principal causa. Todo indica que unos ochocientos cincuenta millones de personas pasarán a ser hambrientos en los próximos doce meses pero, mientras esto ocurre, muchos agricultores se aprestan a cosechar alimentos destinados a convertirse en combustible.



El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, anda de gira por América Latina. Ayer jueves estuvo en México y allí anunció que los precios internacionales de los alimentos seguirán subiendo de forma sostenida por lo menos durante dos años, y que recién podrán bajar para el año 2015. Esto significa, según el propio Zoellick, que unos ochocientos cincuenta millones de personas en más de treinta países se verán "fuertemente afectadas en su capacidad de acceder a los alimentos" en un futuro inmediato. Más claro imposible.



La franqueza del presidente del Banco Mundial debe ser fruto de la desesperación. El sabe la que se nos viene. El Programa Mundial para la Alimentación (PMA) ha advertido en sus últimos documentos que las reservas de alimentos del planeta están en su nivel más bajo de las últimas décadas, y que no hay acciones a la vista que permitan revertir esta situación. También Ban Ki-Moon, el secretario general de la ONU, ha dicho que se teme "una crisis en cascada" que afectará "la seguridad del mundo", si este problema no es gestionado con urgencia para encontrar soluciones. Por si eso fuera poco, hace un par de semanas se conoció el informe final del Panel de Evaluación Internacional de los Conocimientos, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola (Iaastd), en el que se pronostican "graves conflictos por la dramática escasez de alimentos". El Iaastd está conformado por más de cuatrocientos científicos de todo el mundo, y su informe fue avalado por delegados de cincuenta y cinco países en una reunión celebrada el pasado 15 de abril en Johannesburgo.



Para los uruguayos lo que aquí se describe puede parecer una problemática remota, y estos comentarios apenas un gesto innecesario y alarmista. Pero las cifras no nos dejan siquiera el consuelo de la lejanía. Aproximadamente la mitad de la Humanidad vive con menos de dos dólares por día y cerca de mil millones de personas lo hacen con menos de un dólar diario. O sea que hay unos 3.500 millones de personas que viven en países pobres en condiciones miserables, con una extrema fragilidad alimentaria. Es gente que gasta tres cuartas partes de lo que gana en comida. El trigo, el maíz, el arroz y la soja son la base de su alimentación. En los últimos doce meses el precio del trigo subió 130 por ciento en el mercado internacional, el de la soja 85 por ciento y el precio del maíz 35 por ciento. El precio del arroz subió un 71 por ciento, y pasó en unos pocos meses de 300 dólares la tonelada a unos 1.200 dólares la tonelada. El Programa Mundial de Alimentos evaluó en un 55 por ciento el aumento global promedio de los precios de los productos alimenticios desde junio de 2007, aunque hay expertos que sitúan el incremento en un 70 por ciento. La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) situó el estimado de incremento para este año 2008 en un 45 por ciento.



Algunos gobiernos toman medidas paliativas destinadas a garantizar la seguridad alimentaria de sus propios ciudadanos. En México se estudian subsidios al mercado interno del maíz. En Indonesia se topean las exportaciones de granos. En el caso uruguayo se han implementado acuerdos para evitar que algunos precios se disparen en el mercado interno, tal el caso del arroz. Pero, según los expertos, en general parece difícil que algún país pueda, cual isla, sustraerse a esta oleada mundial de carestía que resquebraja cimientos hasta ahora indestructibles. Es lo que ocurre en EEUU, donde algunas compañías de gran porte como Wall Mart y Cotsco han resuelto establecer cupos de racionamiento, en el rubro alimentos, para todos sus clientes.



Renombrados especialistas de muy diferentes ámbitos y tendencias coinciden al opinar que se avecinan tiempos terribles debido a una combinación de factores entre los que se destaca la falta de alimentos y el encarecimiento de los precios: José Luis Machinea, secretario ejecutivo de Cepal, habló sobre ello hace un par de días en Ciudad de México; Jean Ziegler, sociólogo y doctor en Derecho, catedrático de La Sorbona, lo hizo en Berna la semana pasada; la filósofa y analista política Susan George lo explicó en Nueva Delhi, en marzo, durante su discurso ante el congreso de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear. Todos apuntan al actual modelo como el gran responsable del posible desastre. El economista chileno Marcel Claude, por ejemplo, estima que esta situación es la que explica los recientes brotes de violencia en Haití, Egipto, Costa de Marfil, Camerún, Mauritania, Mozambique, Senegal, Uzbekistán y Yemen, entre otros países. Claude, que es una figura de relieve que profesa en la Escuela de Gobierno en la Universidad de Chile, ha descrito un panorama por demás sombrío: "En Filipinas, Pakistán y Tailandia, sus ejércitos vigilan para evitar robos y saqueos en los centros de acopio de granos, y en Tailandia el Ejército también monta guardia en los campos de arroz, mientras en Vietnam ha habido huelgas cada vez más frecuentes por la penuria alimentaria. Indonesia, tercer productor mundial de arroz, anuncia que sólo permitirá las exportaciones si las reservas superan los tres millones de toneladas, y Kazajastán suspende todas sus exportaciones de trigo hasta el 1º de setiembre".



A esta situación hay que agregarle la inestabilidad que genera la confrontación en Argentina entre los productores agropecuarios y el gobierno. Allí, las retenciones a las exportaciones de soja han provocado nuevamente medidas de fuerza, entre ellas la suspensión de embarques de trigo, y un enorme signo de interrogación hacia el futuro inmediato. Uno de los grandes productores mundiales de alimentos parece ubicado hoy entre la espada de una plutocracia rural sin demasiados escrúpulos y la pared de una población que no puede siquiera soportar la idea del desabastecimiento de alimentos.



Mientras todo esto sucede, sigue adelante en el mundo de forma implacable el plan de suplantación de la agricultura alimentaria por una agricultura destinada a biomasa para combustibles. De esos combustibles, los más usados son el bioetanol (que se obtiene a partir del maíz, la caña de azúcar, el trigo y la cebada) y el biodiésel (que se produce a partir de aceites vegetales de soja, jatrofa y otras plantas). Los grandes productores mundiales de biocombustibles son países muy desarrollados, como Estados Unidos, Alemania, Francia y Austria, o países que son grandes productores mundiales de alimentos, como China, Brasil e India. Como se ve, es una combinación letal.



Que nadie se llame a engaño: el proceso de mudanza de combustibles fósiles a biocombustibles no tiene nada que ver con la salud del planeta ni con la ecología. Esos son cuentos chinos. La verdadera razón es que, a los actuales ritmos de consumo, el petróleo será cada vez más escaso y caro. Plantar soja o caña de azúcar es simple y seguro, aunque en el fondo se está utilizando el alimento de los humanos como combustible para sus máquinas. De todas formas, cualquier dilema respecto al hambre tiene una réplica ineludible en los hambrientos, verdaderos sujetos de esta historia. En poco tiempo la pregunta no será qué hacer con el hambre sino qué hacer con los hambrientos. Habrá que pensar, y rápido, porque ellos en muy poco tiempo pueden llegar a ser una muchedumbre difícil de imaginar e imposible de contener.



Fuente: La República



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