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12 enero 2011

Dashiell Hammett: La novela negra como radiografía de la sociedad




Este 10 de enero se cumplieron 50 años de la muerte de uno de los escritores de novela negra más importantes, Dashiell Hammett

La novela negra, o mejor dicho la disposición del público respecto a ella, ha seguido un camino de lo más curioso. Del ostracismo de hace unos años y de ser un género menor sólo apto para los más fieles, se ha convertido en una “marca” de éxito, llevando incluso a las grandes editoriales a crear sellos específicos (cosa que es de agradecer).

La novela policíaca históricamente ha tomado vertientes diferentes. Por una parte estaba la que utilizaba la “excusa” de la investigación para desgranar y analizar la sociedad del momento. Otra se centraba en un análisis más introspectivo del comportamiento individual y sus claroscuros (no en pocas ocasiones ambas formas eran capaces de fusionarse) y una tercera en la que el peso de la narración se basaba precisamente en desenmarañar el asesinato o el caso de turno.

Dashiell Hammett, nacido en 1894 y del que se cumplen este 10 de enero 50 años de su fallecimiento, desde muy joven ejerció trabajos menores hasta que acabó en la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, en lo que significaba el primer paso de lo que sería una relación total con el mundo de la investigación. Interrumpe temporalmente su oficio para irse a la I Guerra Mundial, en la que contrae la tuberculosis, enfermedad que le acompañará el resto de sus días.

Su obra se crea en un contexto histórico idóneo para dicho estilo. Son momentos en los que está instaurada la Ley Seca y el poder del hampa estaba muy presente. Si a eso le añadimos sus conocimientos y vivencias extraídas de su labor como detective privado, nos encontramos a un Hammett con unas características ideales para recrear el mundo de la delincuencia.

La revista “pulp” Black Mask será la que le brinde la primera oportunidad de editar sus escritos (también sería el “hogar” de otro de los genios de la novela negra como Raymond Chandler), entre los que ya empiezan a asomar los personajes que más tarde darán vida a las novelas del norteamericano. Su estilo es cortante y directo, repleto de diálogos capciosos y violentos mientras que sus protagonistas son personas pesimistas, poco sociables pero poseedores de cierta nobleza que llama la atención, más sobre todo, al desarrollarse en un entorno social podrido. Ese compendio de cualidades en la escritura será lo que se denominará como “hard-boiled”, un subgénero que en dicha revista irá cobrando importancia y fama.

Su primera novela, y una de las más importantes, “Cosecha roja”, condensa todas esas características en un relato en el que un detective privado intenta limpiar de gansters una pequeña ciudad. Esa lucha contra el hampa en verdad se verá reflejada en una sociedad corrupta donde resulta difícil de discernir entre los que deben cumplir la ley y los dispuestos a quebrantarla. Y es que a pesar de que Hammett suele ostentar el título de creador de la novela negra, el suyo es un estilo en el que los asesinatos o los relatos criminales son secundarios frente a la visión del contexto en el que se desarrollan, casi siempre mostrado de una forma muy crítica y donde las estructuras de poder no están muy separadas de los delincuentes.


Protagonistas de El Halcón Maltés


No fue la carrera literaria del escritor norteamericano precisamente extensa. Duró unos 5 años, con otras tantas novelas largas y un par más de recopilaciones de relatos cortos. Su obra de mayor popularidad (no necesariamente en concordancia con su mérito artístico), también ayudada por la adaptación cinematográfica realizada por John Houston, es “El halcón maltés”. Una narración protagonizada por Sam Spade, arquetipo de detective de la novela negra y que aparecerá en otros relatos de Hammet, en que se mezcla su cinismo y crudeza con algo de romanticismo en la búsqueda de un objeto preciado que delata la ambición y la codicia.

Con menos nombre, pero de indudable calidad, aparece una obra como “La llave de cristal”, admirada por escritores ajenos al género como Malraux y Gide, en la que mostraba sin ambages la relación entre política y mafia y la subordinación de la primara a otros poderes. Su última novela, “El hombre delgado”, sirve como resumen de lo que supone el estilo y el carácter de la novela negra realizado por Hammett.

A partir de este momento no publicará nada más el autor, a pesar de seguir escribiendo. Su obra literaria se condensa entre los años 1929 y 1934, pero su biografía personal continúa dando datos dignos de ser reflejados y que pone sobre la mesa su militancia política que ya se dejaba entrever en sus novelas.

A principio de los años 30 conoce a la actriz Lillian Hellman, con la que entabla una complicada relación aunque duraría hasta el final de sus días. Durante esos años ingresa en el Partido Comunista de EEUU y se hace palpable su compromiso ideológico como demuestra su posición a favor de la República española y a pesar de su estado frágil de salud, que le impidió entrar en combate, ingresó en el ejército norteamericano para alistarse en la II Guerra Mundial.

La llegada del Macarthismo y su persecución a las personas de izquierdas le tocó de lleno a Hammett, más sobre todo porque hacía poco tiempo había decidido formar parte del Congreso de Derechos Civiles de Nueva York, tildado por muchos de comunista. Eso le llevó a ser interrogado en busca de otros militantes. Su silencio y su negativa a delatar a nadie le llevó a pasar una temporada en la cárcel y a la retirada de sus libros de las librerías.

Años más tarde, el 10 de enero de 1961, moría inmerso en el anonimato. Todo lo contrario pasará con el transcurso del tiempo, que le ha encumbrado como uno de los grandes autores de la novela negra. Inventor de una manera de entender este género, su literatura marcó una visión crítica de una sociedad cruel y violenta, a la que intentó combatir tanto desde su arte como con su militancia activa.

Kepa Arbizu

Fuente: Tercera Información


06 noviembre 2009

Cuba convoca al Concurso de Novela ALBA Narrativa 2010 para escritores menores de 40 años





El Concurso de Novela ALBA Narrativa 2010 tiene como objetivo incentivar a la juventud de Latinoamérica que quiera incursionar en el mundo de las letras. Por otra parte, el concurso premiará al ganador con 15 mil dólares, la publicación de su obra y un diploma acreditado.

El Centro Cultural Dulce María Loaynaz de Cuba y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA) hicieron un llamado este miércoles a los novelistas menores de 40 años de edad de Latinoamérica y el Caribe para que participen en el Concurso Latinoamericano de Novela ALBA Narrativa 2010.

Las bases del concurso establecen que para poder competir los escritores latinoamericanos y caribeños deben de tener independencia del lugar donde residan y sus obras deben ser originales e inéditas, no comprometidas con ninguna editorial o agente literario.

Las novelas estarán escritas en castellano con tema y tendencia estética libres y un máximo de 120 a 400 páginas (180 mil a 600 mil caracteres), bajo seudónimo.

Los creadores deberán enviar en un sobre cerrado el nombre del autor, fotocopia del documento de identidad o acreditativo de su nacionalidad, la dirección postal, el número de teléfono y la dirección del autor, así como también un breve currículo.

Por su parte, el resultado final de la competencia será divulgado el próximo mes de febrero, en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Asimismo, el premio del concurso del ALBA incluye la publicación de la obra galardonada, 15 mil dólares o su equivalente en la moneda del país de residencia del ganador y un diploma acreditado.

El jurado calificador estará integrado por prestigiosos narradores de la nación cubana.

La participación en el Concurso Latinoamericano de Novela ALBA Narrativa 2010 implica la aceptación de las bases establecidas por el Centro Cultural Dulce María Loaynazases y el ALBA. Su interpretación o cualquier aspecto no previsto corresponde sólo al jurado y en última instancia, a los organizadores.

Fuente y foto: TeleSur


29 octubre 2009

Sobre Caín





He leído varias veces, incluso la he traducido al castellano, la última novela de José Saramago “Caín”, una fábula humana, tan humana que pensé que iba a provocar preguntas humanas. Ante mi sorpresa, no ha pasado así.

De pronto, una parte de la sociedad se ha puesto a hablar de Dios y de la Biblia, aire fresco que se agradece si tenemos en cuenta el tenor de otras polémicas, pero nadie ha señalado lo que desde mi punto de vista es esencial en este libro: que el género humano no es de fiar. Sí, los seres racionales, los que levantan edificios, construyen puentes y componen sinfonías, esos mismos que declaran guerras por un territorio, por un capricho, por una bandera o por un Dios nacieron locos y locos siguen viviendo tantos milenios después de Adán y Eva o del Big Bang, que cada uno lo llame como quiera. Sólo a gente sin sentido se le puede atribuir la autoría de las fábulas religiosas que han poblado la tierra y siguen poblándola, porque todas las civilizaciones se han organizado en torno a una divinidad y todas las divinidades se basan en el sacrificio y en la sangre. Si es verdad que en Creta el ritual era arrojarle al minotauro doncellas vírgenes, y que las civilizaciones precolombinas realizaban sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses, como tantos pueblos africanos, el ranking de la exigencia sacrificial lo gana la religión que presenta a su propio Dios ejecutado en una cruz tras haber padecido terribles torturas que hasta le hicieron sudar sangre.

¿Qué atracción morbosa tienen los hombres para inventar, a lo largo de los tiempos, religiones terribles a las que luego se esclavizan? ¿Qué pasión ha aturdido a la humanidad para imponerse a sí misma códigos y prohibiciones canallas, amenazarse con fuegos eternos, condenarse absurdamente de por vida, centrar la existencia en tabúes ajenos al sentido común y hacer de inhumanas normas guías de conducta y de condena? Sí: los llamados seres racionales están locos, por eso tal vez no merezcan la existencia. Ésa es, a mi entender, la síntesis de la novela de Saramago, esa perplejidad se me ha ido afianzando en cada lectura: No somos de fiar, Caín tenía razón al ejecutar su plan si los seres humos somos tan crueles, tan malos, tan aborrecibles, que cuando queremos inventar un ser superior lo tenemos que cargar de sangre, odio, muerte, renuncia, sacrificio. El rencor del Dios de la biblia es el rencor que los humanos han inventado, ya que son los seres humanos los que han propuesto las distintas figuras divinas. Y la crueldad, y la bellaquería, y el ardor guerrero y el espíritu de venganza son construcciones humanas a las que se les ha dado cuerpo legal y religioso para, a continuación, someterse con una ligereza insoportable. “Esclavos de un Dios ficticio” escribió alguien, y es verdad: sea en el Islán, en las religiones africanas o amerindias, en el judaísmo, el cristianismo en sus distintas variantes o en otras confesiones, en todas están los códigos y el pecado, en unas ponen burka, en otras prohiben hacer el amor sin pasar por un altar, y lapidan en la vida terrenal o condenan para la eternidad si se cura con una transfusión de sangre o se investiga con células madre. Y todas están convencidas de su excelencia, de su legítima capacidad para condenar, por ejemplo, a los homosexuales --todas las religiones tienen una fijación con el sexo, lo que demuestra lo muy humanas que son-- y todas se saben y se sienten superiores. Ninguna ve ridículos y fatuos sus rituales, aunque no entienda los del vecino, son bárbaros los unos para los otros, nunca amigos, nunca cercanos: en el universo religioso es donde más claramente ha quedado demostrado que los humanos a lo largo de su paso por el mundo se han afanado en encontrar motivos para el enfrentamiento y, ya está dicho, la religión es uno de los mayores, junto a la bandera y al territorio, qué tres grandes falacias para dividir a una sola especie. Qué tres grandes fraudes.

¿Dios es de fiar? Dios no existe fuera de las cabezas de los hombres, luego son los hombres los que no son de fiar, ni ellos ni sus obras. Hijos de dogmas y preconceptos, herederos de tradiciones sin sentido, de supersticiones y de miedos, los hombres no han sabido aprovechar la modernidad para combatir el descaro de lo irracional. Incluso el hombre occidental, el que se cree centro del mundo y dueño de los mejores conceptos, se revuelve intranquilo si alguien como Saramago, y no sólo, cuestiona supuestas verdades reveladas. Eso sí, el occidental defiende su interpretación con aires de superioridad, desde la certeza de saberse mejor que otros, que condenan con fatwa, sólo porque hace dos siglos que en occidente se acabaron los juicios de la Inquisición y los anatemas no son quemados en la plaza pública. Barbarie que sigue existiendo en otros lugares del mundo, también humanos, estados teocráticos, pueblos sometidos por leyes atribuidas a Dios, leyendas y cuentos escritos, unos tras otros, por hombres inmisericordes, con el mismo afán dominador y depredador.

La novela de Saramago no es contra Dios. Lamento contrariar a quienes así piensan. Saramago, en su ficción, vuelve a escribir un ensayo sobre la ceguera. La humana ceguera que además de impedir la visión trata de que no haya claridad en el mundo, que este planeta perdido en el universo sea un lugar sin luz y sin otros dones bellos que nos harían más libres y felices. Los hombres inventaron a Dios y ahora parece que esperan que Dios los salve porque, enfrentados entre ellos y con sus miedos, no son capaces de desmontar tinglados y decir basta ya de esclavitud y estulticia. Sigamos pues por los caminos marcados por las leyendas, con interpretaciones simbólicas o no, pero al menos tengamos la decencia de atribuirnos la autoria de la farsa: la de haber creado la divinidad y todo el dolor y sacrificio que los dioses impusieron en el mundo. A imagen y semejanza del ser humano.

Pilar del Río

Periodista

Fuente: Fundación José Saramago