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08 noviembre 2008

La Patagonia sigue rebelde





Osvaldo Bayer
Desde Choele Choel, Río Negro


A veces, sin querer, comienza una sonrisa a dibujarse en el rostro de uno. Es cuando una vez más constata que la ética no se rinde nunca. O mejor aún: jamás. A veces pueden pasar siglos, pero sigue horadando en la memoria. Y de pronto, está ahí, frente a nosotros.

Se nos presentó en la Plaza Rodolfo Walsh, de Lamarque, en Río Negro, cuando formamos una larga columna de vehículos de todo tipo. Hacia la estancia El Curundú, que significa nada menos que gualicho de amor, en guaraní. Allí, hace 81 años nacía nuestro querido Rodolfo Walsh. Con nosotros venía Patricia Walsh, su hija. Fue como una cruzada. No íbamos ni en busca de méritos, ni para lograr candidaturas, ni para comprar tierras en un remate. No, íbamos sólo –y esto es lo increíble– acompañados por la ética. Sí, nos gusta repetirlo. Porque íbamos a rescatar la memoria. Ibamos a abrazar el recuerdo del mejor de nuestra generación. Se llamó –se llama– Rodolfo Walsh. Nos encaminábamos a su lugar de nacimiento. A saludar las imágenes de su infancia, a sus personajes reunidos allí. A sus sueños de igualdad, libertad, fraternidad. A murmurar en esa casona, en su galería de tejas y en el patio de ladrillos que él conoció al abrir sus ojos, aquella estrofa sagrada: “Ved en trono a la noble igualdad, Libertad, Libertad, Libertad”. Ibamos a visitar a nuestro Mariano Moreno del siglo veinte. El que enfrentó con la palabra y un revolvito casi de juguete a todas las fuerzas armadas que se cubrían el rostro siniestro con la careta de la desaparición. Dicen los poetas que murió sonriente y con sus manos tan limpias como su mente.

Llegamos a la estancia El Curundú, hoy en poder de una multinacional del comercio de frutas. Por los diarios nos enteramos de que la multinacional nos iba a permitir entrar pero que seríamos custodiados por la BORA, policía especial antimotines de la provincia de Río Negro. Sí, en esas regiones tranquilas de horizontes, soles y paisajes de verde y cielo ahora hay policías antimotines. El miedo que ellos tal vez quisieron imponernos se transformó en nosotros en sonrisa burlona. Pero no aparecieron. Entramos. Nos acompañaba el intendente de Lamarque, historiadores regionales, docentes universitarios y de las provincias de Río Negro y Neuquén agremiados en la Asociación de Docentes de la Universidad Nacional del Comahue, en la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro y en la Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén, y gente del pueblo con sus niños. No apareció ni siquiera algún burócrata de oficina de la poderosa empresa a recibirnos. No, nos mostraron su espalda. La palabra “propiedad” está para ellos más allá que la historia, que los auténticos héroes del pueblo, que la moral de la ciudadanía. Formas de nuestra democracia. Pero a nuestro lado estaban las Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos.

Esa galería... Quisimos entrar en las habitaciones, pero estaban cerradas con llave y sus postigos también, para que no pudiéramos ver nada de lo que pasa en esos cuartos que vieron nacer a ese niño y a sus cuatro hermanos. Pero allí, con Patricia, descubrimos una placa donde quedará para siempre la señal de su importancia histórica. Allí y en un acto posterior que se hizo en Lamarque quedó firme el propósito de que esa casa se convierta en un espacio público que permita la difusión de la obra de Walsh, pero más que eso, que sea un centro de la cultura, con su biblioteca y su sala de reunión de delegaciones de estudiantes y obreros de todo el país para el debate de nuestra historia, de nuestro presente, del arte, y de los rumbos de ese algo infinito que es la literatura. La casa es ya hoy patrimonio histórico. Ahora los representantes municipales, provinciales y nacionales tienen que dar el sello de que esa casa pertenece a la comunidad toda y no a un señor o varios señores que viven en Miami.

Volveremos siempre hasta lograr que la historia y la cultura superen el egoísta derecho de la mera propiedad privada de un lugar pleno de sueños y esperanzas. Y antes del viaje a las tierras de Rodolfo, las fantasías de la realidad nos llevaron a presenciar un acto de profunda cultura. En una fábrica de Neuquén. Sí, como en aquellas décadas del pasado obrero de los anarquistas. Estos tenían presentes siempre tres deberes: trabajo, cultura y familia. Y no olvidar, los sábados a la noche, el conjunto filodramático de las Sociedades de Oficios Varios. En Neuquén fue, como no podía ser de otra manera, en Zanon, la fábrica de porcelanas. Hoy llamada Fasinpat, Fábrica Sin Patrones. Sin patrones, como tendría que ser en una sociedad racional. Los obreros hicieron un alto en el trabajo para el espectáculo, pero las máquinas siguieron funcionando, como lo adelantó el obrero que habló en la presentación: “Vamos a abrir este espacio de la cultura con el ruido de las máquinas, es decir, de la música del trabajo para demostrar que esta fábrica abandonada por sus ex dueños seguirá funcionando siempre, y mucho mejor, por cierto, en manos de los obreros”.

Y de repente entran en el amplio galpón seres vestidos de negro en altos zancos. Son los artistas del Teatro de la Calle, que representan la obra Estalla el silencio. Los seres en negro, en zancos y con armas desde arriba, y los jóvenes que luchan por un mundo mejor, de blanco, con libros y volantes. Aparece, también, el amor, en un balcón, con una Julieta que espera y un Romeo que la mira desde abajo con flores y la rodea de versos. Pero de pronto, por el balcón se asoman dos caricaturas uniformadas, siniestras. Uno ordena y el otro obedece a gritos. Se inicia así ya, en el escenario, el fin de la juventud y su amor. Ese fin es patético. Emociona hasta la extenuación total. Los movimientos de la desesperación, de la tortura, la más cobardes de las ferocidades y cobardías. El terror uniformado como método del poder absoluto. La muerte contra la vida y el amor. Un ballet trágico, desconsolador. Pero por la calle ancha aparece una mujer con la cabeza cubierta con un pañuelo blanco. Y levanta un enorme retrato de Julieta, ya desaparecida.

Fin. La emoción sólo permite el silencio. Los actores no salen a agradecer, queda sólo allí la Madre, elevando infinitamente el retrato de su hija.

Ni Chéjov habría podido mostrar así la “muerte argentina”. La desaparición y su “obediencia debida”.

Los obreros se mantuvieron de pie, los demás espectadores no hicieron ningún movimiento. Nadie se movió. Hasta las máquinas parecieron guardar silencio.

De inmediato, el representante de los obreros de Fasinpat habló diciendo que jamás abandonarán esos talleres, donde la voz de las asambleas ha triunfado hasta ahora sobre todos los subterfugios de los ex patrones y de la cobardía de políticos y jueces que recurren al tiempo y al papeleo burocrático para no definirse.

Como vemos, la Patagonia continúa siendo rebelde y busca otros caminos. Por ejemplo la fiesta de los cincuenta años de la biblioteca popular de Cutral-Có. Fuimos a saludar al querido centro de lectores jóvenes que quieren saber más para que el paisaje no les sea robado y la sabiduría les traiga aquella noble igualdad que se canta en el himno.

Y como si fuera poco, la exposición neuquina de la organización H.I.J.O.S., sí, los hijos, pura juventud hoy de sus padres desaparecidos. Exposición de dibujos, carteles, filmes, teatro, música. Todo bajo el título Justicia con vos. Todo para que los jueces no le den la espalda a la verdad, en los juicios que se están llevando contra esas figuras cavernarias de los represores de La Escuelita.

Y volviendo ya para acá, en la Santa Rosa de nuestras pampas criollas, los escritores pampeanos reunidos en largas hornadas: poesía, relatos, novelas, ensayos, todo con el olor a lluvia, a campo y a sol pleno. Nuestras pampas tienen sus relatores. Vale la pena escucharlos, mientras los pocos ombúes que quedan nos observan serios e impertérritos.

Regreso a Neuquén: de pronto una columna interminable, ruidosa y entusiasta rodea la casa de gobierno. Son los trabajadores de la provincia que luchan por sus derechos. Coros de protesta. Me invitan a hablar y comienzo diciendo: “Hoy he visto regresar la Patagonia Rebelde”.

El viajero regresa del Sur con la maleta más llena que nunca. Desensillamos. Miramos hacia el Sur. Hay allá como unos relámpagos que nos informan que allí la vida no se rinde.

Fuente: Página 12






25 octubre 2008

Los héroes y la carroña




Entierro de un obrero durante los criminales fusilamientos de
aproximadamente 1500 obreros en la Patagonia en 1921.


Osvaldo Bayer
Desde Puerto Santa Cruz


Sí, fue todo realidad. Una semana, desde Puerto Santa Cruz hasta Jaramillo en plena Patagonia. Una a una fuimos marcando definitivamente las tumbas masivas de los peones rurales fusilados por el Ejército Argentino en aquel l921 de sangre. En una democracia, gobernaba Yrigoyen. Lo hicimos 87 años después. Tumba por tumba. Con una placa en la que, en todas, figuraba la frase “A los muertos por la livertá”. Sí, justo la frase que leí en la cruz que se hallaba en la tumba masiva de la estancia San José. Livertá, así, con v corta y acento, sin d. Escrita por un peón libertario, aquellos que creían que alguna vez iban a tocar el cielo con las manos para conseguir la igualdad en libertad.

El viaje lo hicimos con representantes del Gobierno y de los Concejos Deliberantes, titulares de organismos culturales, docentes y luchadores por los derechos humanos: todo por iniciativa de Uatre, la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores. Comenzó la histórica y emocionada marcha en Puerto Santa Cruz con la inauguración del monumento a Ramón Outerello, obra de la escultora Ruth Viegener. Ramón Outerello, gallego y anarquista, fue el dirigente que servía de nexo entre las columnas huelguistas: con Antonio Soto, al sur; Albino Argüelles, al centro y don José Font, el gaucho entrerriano, al norte. Outerello fue traído engañado por el Ejército y muerto a tiros en la estancia Bella Vista, en Gobernador Gregores, nombre de la ciudad que antes se denominaba Cañadón León. De Puerto Santa Cruz, en una larga hilera de vehículos, partimos a recorrer las distintas estancias donde están situadas las tumbas masivas que hablan de la injusticia, el terrorismo estatal y la impudicia y perversidad con que fueron fusiladas todas aquellas peonadas que se atrevieron a decir basta a la explotación humillante a que eran sometidos por los dueños de la tierra.

El momento culminante de nuestro viaje hacia la reivindicación histórica de una atrocidad por la cual nunca hubo ninguna autocrítica de los gobiernos radicales ni del comité nacional de ese partido, fue cuando el doctor Dafinotti depositó las cenizas de su abuela y de su madre en la tumba masiva donde yace Albino Argüelles, dirigente obrero de San Julián fusilado por el capitán Elbio Carlos Anaya. Allí, cerca de la estancia María Esther, en la tapera de Casterán, perdieron la vida Argüelles y sus compañeros por el delito de pedir más dignidad. Justo en ese lugar de nuestro viaje se detuvo su nieto, el doctor Dafinotti, médico porteño, y puso las cenizas de quien había sido la compañera de vida de Argüelles y de la hija de ambos. Argüelles, ese luchador social, no llegó a conocer a su hijita porque ella nació en Buenos Aires pocos días antes de su fusilamiento en la Patagonia. Ante la tumba de ese luchador, limpio y valiente, leímos la poesía que él le escribió a su compañera de vida, días antes de ser fusilado.

En esta poesía, Argüelles saludaba la noticia que le había dado su compañera en una carta donde le decía que había nacido la hija de ambos. Argüelles le dice así a su amada compañera:

A ti te queda el consuelo
de nuestro fruto adorado
en cuyo rostro esmaltado
se emitían tus desvelos
teniendo siempre presente
a nuestra hijita en la memoria
que de tus besos la gloria
la cubre constantemente.


Sí, los huelguistas patagónicos fusilados como perros también sabían escribir versos.

En la ciudad de Gobernador Gregores se detuvo nuestra columna en el conocido lugar denominado por la población “El cañadón de los muertos”, ya que allí, en un lugar bien marcado, se encuentran los restos de los peones fusilados. Al regreso, uno de los momentos más significativos. Dimos una clase de Historia en el colegio secundario que hoy, con orgullo, lleva el nombre de José Font, el gaucho que dio su vida para dignificar a sus amigos, los humildes peones de campo. Luego, marcha a Jaramillo, al monumento a ese gaucho pura nobleza y coraje para recordarlo con palabras de elogio y profundo respeto. Y luego, en el viaje de regreso a Gobernador Gregores, una sorpresa: el bautismo de una calle que conduce a una isla cercana con el nombre del autor de la investigación histórica La Patagonia Rebelde, medida tomada por una iniciativa de un edil del Partido Radical, hombre que fue capaz así de ser el primero de proceder a la autocrítica de haber sido un gobierno de ese partido el que ordenó el fusilamiento de trabajadores rurales. Al agradecer el homenaje el autor de La Patagonia Rebelde, señaló: “Agradezco la distinción pero más me hubiera gustado que en vez de mi nombre esta calle llevara el nombre del peón más joven fusilado en las heroicas huelgas del ’21.

Y a los homenajes de ahora se adhirió el arte. En Puerto Santa Cruz y en Pico Truncado se dio Patagonia de Fuego, la cantata de Sergio Castro sobre las huelgas rurales patagónicas. El arte ha sabido ser reflejo de las injusticias y la denuncia con la misma fuerza con que aquellas peonadas cantaban “Hijos del pueblo” antes de morir, y con la frase gaucha de José Font “Facón Grande” que gritó ante sus fusiladores de uniforme: “Así no se mata a un criollo”.

La gira histórica terminó con un acto final en el Monumento al Peón Rural en Pico Truncado. Maestros, ediles, el intendente, representantes de la Federación Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores y Analía Pérez, la anciana hija de Maximiliano Pérez, fusilado en Las Heras en enero de l922.

Una vez más, en la historia triunfa finalmente la ética. Esas tierras sureñas tienen ya sus héroes: los que murieron por la dignidad. Y a sus represores no los recuerda ni una placa ni siquiera en un cuartel. Pasaron para siempre al capítulo de la carroña de la historia.

Fuente: Página 12