Mostrando las entradas con la etiqueta Berlín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Berlín. Mostrar todas las entradas

13 febrero 2010

La verdad salió a la luz



De pronto todo salió a la luz. Lo que nunca se dijo apareció en todos los medios de información. Los problemas graves que tiene la Iglesia Católica alemana con el comportamiento sexual de sus sacerdotes y frailes. Ha sido el tema de tapa de los principales medios de comunicación, día tras día. El Die Zeit y el Spiegel –los dos semanarios de información más leídos en Alemania– le dedicaron al tema el estudio central de esta semana. El primero titula en la tapa: “El peligro satánico”, y el subtítulo es: “¿Por qué los hombres de la Iglesia se convierten en culpables?”. Y en la bajada se señala: “Desde que fueron denunciados los casos de abuso sexual cometidos por sacerdotes católicos en el Colegio Canisius de Berlín, toda Alemania está preocupada: ¿Cómo se reconoce a los culpables? ¿Cómo se protege a los niños?”. Por su parte. Der Spiegel muestra en tapa a un sacerdote que lleva las manos en sus partes pudendas por encima de la sotana. El título de esa tapa es: “Los santos transparentes”, y como subtítulo: “La Iglesia Católica y el sexo”. Y el estudio del estado actual de la ética católica en colegios e instituciones lleva la frase: “Vergüenza y miedo. La Iglesia Católica ha sido estremecida por una serie de casos de abuso sexual. Y esto no solamente en las escuelas de jesuitas. Casi cien eclesiásticos en la denuncia de violaciones sexuales, en los últimos años. Luego de décadas de silencio, se ha quebrado ahora el muro del silencio”.

Todo se inció con la denuncia de lo ocurrido en el colegio Canisius de Berlín. Ese día, el 2 de febrero último, el diario Frankfurter Rundschau tituló: “Vergüenza enmudecida”, “Casos de abuso sexual en el Colegio Canisius de Berlín sacude a la Iglesia Católica. Más víctimas se presentan en otras escuelas”. Y ahí comenzó la discusión que va dejando en claro cómo las autoridades católicas han tratado de guardar silencio y esconder los graves hechos anteriores. Y eso que la misma Iglesia había sido sacudida por las denuncias de los abusos cometidos por sacerdotes y frailes en Irlanda, en Canadá, en Australia y en Estados Unidos.

En Irlanda se conoció en 2009 el Informe Ryan, que descubre y denuncia el abuso sexual masivo, sufrido desde 1930 por niños irlandeses internados en escuelas católicas. Miles de víctimas recibieron una indemnización de por lo menos 1,3 mil millón de euros. La Iglesia Católica irlandesa se mostró dispuesta a pagar una cuarta parte de esa suma y el resto fue puesto por el gobierno irlandés. Medio año después, dos obispos de Dublín renuncian a sus cargos. Lo mismo hacen varios diáconos y sacerdotes luego de que una investigación demostrara que hubo más de 300 casos de abuso sexual contra niños.

Con respecto a Canadá, en 2008 la Iglesia Católica reconoce que el sacerdote Charles Sylvestre violó a 47 adolescentes, según su propia confesión pública. El papa Ratzinger se disculpa ante los pueblos originarios, ya que las niñas pertenecían a una escuela de esa religión para “reeducación” de los descendientes de antiguos habitantes. El gobierno canadiense paga 2000 millones de dólares a las víctimas y la Iglesia Católica participa con 79 millones.

En Australia, en 2008 se publica la investigación Mullighan, donde se denuncia el abuso sexual de centenares de menores de edad por parte de sacerdotes católicos. Fueron condenados 107 curas. Se cree que las cifras de las víctimas ascienden a miles. La Iglesia Católica se disculpó por los hechos. Ya en 2004, en Estados Unidos, fueron acusados 4400 sacerdotes por abuso sexual, número que en 2005 ascendió a 5000. La Iglesia Católica pagó, a raíz de esto, dos mil millones de dólares a las víctimas. El obispado de Los Angeles lo hizo por 600 millones de dólares. Todos estos hechos vergonzosos provocaron la renuncia del obispo de Boston, cardenal Bernard Law, acusado de proteger a los curas causantes de las violaciones. Sebastian Gehrmann, un sociólogo que estudia el problema, señala que esto ha provocado la bancarrota de varias diócesis de Estados Unidos, especialmente de la de Boston. Y que en 23 países existen denuncias de agresiones de clérigos hacia monjas, de niños sordomudos en Italia, menores de edad en Austria y niños en Polonia. Y agrega que la lista desgraciadamente es mucho más larga.

Luego de la denuncia ocurrida por los sucesos en el colegio Canisius, se originó en Alemania una ola de denuncias de ex alumnos de escuelas religiosas. Por las mismas, se hallan acusados de abuso de niños y adolescentes por lo menos 94 sacerdotes y laicos católicos. Tanto es así que se tiene en Alemania el temor de que se produzca un verdadero terremoto de denuncias, como ocurrió en Estados Unidos e Irlanda. El Spiegel se pregunta: “En esos dos países salieron a la luz diez mil casos de abusos sexuales. ¿Alemania alcanzará también esas cifras?”. En el Die Zeit, los autores del estudio señalan: “En enero de 2002 fue acusado el cura John Geoghan en Boston de haber abusado sexualmente de 130 niños durante sus treinta años de sacerdote. Pero no fueron los hechos que llevaron a la condena de ese cura a diez años de prisión los que levantaron la furia de la población contra la Iglesia Católica, sino que la jerarquía eclesiástica supiese muy bien de las fechorías del cura Geoghan pero, en vez de separar al cura de la comunidad, pagase a las familias cuyos niños habían sido abusados por él sumas importantes de dinero para que guardaran silencio, y trasladaran al autor de esos hechos criminales a otras comunidades católicas sin advertirles a éstas quién era el sacerdote que llegaba”. Una especie de método para “no levantar la perdiz”. Fue así que durante esos años, 4392 sacerdotes norteamericanos cometieron delitos por abuso de menores. Pero la Iglesia Católica norteamericana siguió con su táctica de pagar dinero a las víctimas y trasladar a los curas en vez de buscar soluciones por medio del estudio profundo del origen de esos delitos.

En las investigaciones que mencionamos se llega a la conlusión de que no hay acción más pérfida que la violación o el abuso sexual de menores. Y que todo esto no se soluciona con la condena de los autores de tales violaciones ni con el pago de indemnizaciones a las víctimas. Se anuncia que a partir del 22 de este mes la Conferencia de Obispos Católicos Alemanes se dedicará al tema de violaciones y abusos. Evidentemente se tendrá que ir al fondo de la cuestión. Y en eso está en claro que, quiérase o no, deberá comenzar el debate acerca del voto de castidad de los sacerdotes. Alemania misma tiene el ejemplo: los pastores de la Iglesia Evangélica luterana pueden casarse y tener hijos. Los sacerdotes católicos, no, deben ser “castos” desde que nacen hasta que mueren. Veamos pues entonces las estadísticas, comparemos. Los cristianos de la línea luterana no tienen ni por asomo los delitos que ensombrecen a la Iglesia Católica.

En primer lugar, las jerarquías católicas deberían recurrir a la experiencia del ser humano y a la ciencia. Hacer cursos con psicólogos, con médicos, sí, hasta con poetas, acerca de palabras como amor, cuerpo humano, hijos. Y de allí, al estudio de todos los complejos y hasta enfermedades mentales que se originan con las prohibiciones, llamados “pecados” por el catolicismo. Preguntarse desde cuándo y quién impuso lo de la llamada “castidad” y aquello de que sólo el hombre, como sacerdote, puede ser representante de Dios en la Tierra. No es así. La mujer es parte de la vida, fundamental, y no sólo está para rezar del lado de enfrente del altar sino para actuar y acompañar.

La Iglesia Católica –ya desde antes de la elección del alemán Ratzinger, como Papa– está en declinación. Se nota en el reducidísimo número de aspirantes a sacerdotes que se presentan por año y en el número de iglesias que van cerrando en sus ciudades, por falta de fieles y de sacerdotes. Pasan a ser museos, salones de exposiciones, restaurantes y hasta salones de baile.

Creemos que les ha llegado el momento, a quienes manejan esa inmensa corporación mundial religiosa, de pensar otras metas. No prometer paraísos en otras vidas sino llevar la verdadera religión de la bondad y la justicia aquí, en la Tierra. Seguir el camino de esos obispos Angelelli y De Nevares, a quienes conocí a fondo, y eran pura sinceridad y llevaban la palabra solidaridad en los labios y la cumplían todos los días a toda hora, igual que aquellos padres palotinos, aquel padre Mugica, y ese padre Antonio Puigjané, a quien visité tantas veces en la cárcel injusta, pero que siempre salía para extender la mano y marcar el surco.

Se hace necesaria una organización verdaderamente cristiana que ayude con la varita mágica de los comedores infantiles, con la creación de fuentes de trabajo, de procurar un techo digno para todas las familias. Juntar lo bueno del cristianismo con lo bueno del socialismo. No hay mejor paraíso que el que se puede crear en la propia Tierra y no dejarse llevar por fantasías que han ayudado a mantenerse en el poder a un sistema injusto, apoyado por las armas, las guerras y la explotación del hombre por el hombre. Y no continuar con todos esos pavos reales disfrazados que fueron a saludar a dictadores y dieron misas a los desaparecedores.

Esperemos que en los próximos concilios comience a debatirse en serio el verdadero rol de la Iglesia en la sociedad. Jesús actuó aquí, en la Tierra, e hizo saber sus enseñanzas a sus discípulos. Y por eso perdió la vida como tantos que siguieron sus verdaderas huellas por la verdadera paz eterna. Aquella que busca hacer desaparecer las violencias de una sociedad, siempre originadas en las injusticias sociales.

Osvaldo Bayer

Fuente: Página 12


01 febrero 2010

Escándalo por abusos sexuales en el colegio jesuíta de Berlín





El rector destapa decenas de casos en los años setenta y ochenta. Uno de sus autores dice que la orden y el Vaticano lo sabían.

La fiscalía de Berlín ha iniciado una investigación contra desconocidos por abusos sexuales a menores, después de que el rector del reputado colegio jesuita de la ciudad informara de que se produjeron tales casos, en una carta remitida a 600 ex alumnos de la institución. Los hechos se produjeron en los años setenta y ochenta en el Colegio Canisio de educación secundaria, uno de los tres centros de enseñanza secundaria que los jesuitas tienen en Alemania. Sus autores fueron dos sacerdotes, profesores de religión y educación física, ninguno de los cuales trabaja actualmente en el centro.

Uno de los ex profesores niega los cargos, mientras que el otro, de 65 años y residente en Chile, se declara profundamente arrepentido y afirma haber confesado sus delitos ante la orden y el Vaticano ya en 1991, según informes de prensa.

Desde que la fiscal Ursula Raue asumiera el caso hace unos días, el número de ex alumnos que declaran haber sido víctimas de los dos sacerdotes ha pasado de 3 a 22. Se trata de alumnos que entre los años 1975 y 1983 tenían entre 13 y 16 años de edad. "No tenemos noticias de penetraciones", declaró la fiscal.

Algunos ex alumnos han explicado que fueron objeto de abusos sexuales en los sótanos del colegio, que lleva el nombre de San Pedro Canisio (Pieter Kanijs), un jesuita holandés "martillo de herejes" del siglo XVI. El colegio está emplazado en el centro de Berlín, en la que fuera sede berlinesa del Consorcio Krupp, un estrecho aliado industrial de Hitler.

Un grupo de siete alumnos escribieron en 1981 una carta al colegio y al obispado notificando los abusos, sin que hubiera respuesta, explicó el viernes un ex alumno al diario Berliner Morgenpost, que citaba "decenios de abusos" y de "por lo menos dos" sacerdotes implicados.

El rector del colegio, Klaus Mertes, ha puntualizado que los desmanes se produjeron en un plazo de ocho años, no durante decenios, y que no hay más de dos ex profesores implicados. Otro ex alumno ha calificado de "secreto a voces", la práctica de abusos sexuales en el colegio en aquella época. Mientras tanto, otros dos colegios jesuitas alemanes, uno en Hamburgo y otro en la Selva Negra, por los que podrían haber pasado los profesores de Berlín, podrían haber sido también escenario de casos de pederastia. Al haber pasado más de diez años desde la mayoría de edad de las presuntas víctimas, todos estos casos habrían prescrito como delitos.

"La Iglesia padece homofobia, se silencia la homosexualidad, los clérigos con esa inclinación se sienten inseguros de si con una adecuada actitud hacia su sexualidad podrían ser aceptados", ha dicho el rector del colegio. El Provincial de los jesuitas de Alemania, Stefan Dartmann, ha expresado la "pena y vergüenza" que le suscitan los crímenes de sus compañeros.

Rafael Poch

Fuente: La Vanguardia

11 noviembre 2009

Un nuevo principio



Foto: Archivo


Berlín, la segunda ciudad donde viví más en mis 82 años. Después de Buenos Aires ha sido, sí, mi residencia alemana cuando había dejado de ser capital. Viví en el barrio reo de Kreutzberg. Increíble por sus personajes, por sus lugares de encuentro, por sus seres en búsqueda de nuevos ideales que los alejara de ese capitalismo hipócrita y de ese comunismo con muros y servicios secretos contra toda racionalidad. La primera vez la recorrí como estudiante, allá por los años ‘50. Con todos los problemas aún de una ciudad destruida. Las mujeres unas tras otras alcanzándose ladrillos para limpiar las calles, mientras sus hijos las miraban sin comprender ese juego que les habían dejado los hombres después de la guerra perdida. La reconstrucción. Luego la viví como periodista invitado de urgencia en 1961 porque se me iba a explicar “una medida extraordinaria que iba a tomar el gobierno de la parte comunista”. Y asistí esa madrugada desde el hotel en la Unter den Linden al paso de infinitos camiones a toda velocidad con cuadrillas de obreros: iban a construir un muro para dividir la ciudad en dos. ¿Cómo? Me imaginé Buenos Aires dividida a través de un muro a lo largo de la calle Rivadavia. Sí, nos dice el informante. La única manera de poder realizar el comunismo en la Alemania Oriental era aislar a ese Berlín capitalista que estaba en el centro, justo en el centro de lo que quería ser la mejor nación socialista del bloque soviético.

Y luego 1989, en mi departamento de la calle Fidicin, en Kreutzberg, que mantuve, porque todavía trabajaba seis meses del año en Alemania para luego poder vivir los otros seis meses en la Argentina después de la dictadura. Sí, ese 1989, con la explosión humana que derrotó el Muro. Los distintos barrios de Berlín pudieron volver a verse la cara, abrazarse, gozarse.

Es que el error había sido de Stalin. Cuando aceptó la proposición aliada de cambiar territorio alemán, que ellos habían conquistado en el Este alemán, por la mitad de Berlín, que había sido ocupada por los rusos. El tener la mitad de Berlín le dio a Occidente la oportunidad de hacer de ese Berlín occidental la joya del Occidente. La vidriera del capitalismo consumista. Invirtieron, dieron toda clase de libertades. En cambio, para hacer el socialismo, los pueblos del Este, arrasados por los ejércitos nazis, debían trabajar, trabajar, trabajar. Y claro, cuando no había muro, podían ver eso otro: la sociedad de consumo, el poder moverse por todo el mundo, pasar sus vacaciones en las Canarias, las Baleares o, si podían, en el Caribe. Y comenzó la emigración. Y los hombres de Moscú creyeron que la solución era separar todo con un muro, con alambres de púa y ametralladoras. En medio de la ciudad. Ahí ya se patentizó el fracaso. Llegar a la Igualdad sin Libertad. Cuando lo racional es: la Igualdad sólo se puede conseguir en Libertad. Ya lo sabían nuestros hombres de la Asamblea del año 1813 cuando aprobaron ese Himno que cantamos hoy: “Ved en trono a la noble Igualdad; Libertad, Libertad, Libertad”.

Cuando viví mi exilio argentino en Berlín, veía el Muro todos los días. Visitaba a mi amigo, el poeta Stefan Hermlin, que vivía en el sector de la Alemania comunista. Era un socialista convencido y me decía que nunca se iba a ir de ese Berlín porque él podía con su crítica constructiva hacer dar pasos adelante a quienes querían lograr un verdadero socialismo. Me acuerdo de su tristeza cuando surgió el Muro. Es como si hubiera sufrido una batalla final. Me dijo: “Si al ser humano no lo podemos convencer con las ideas de hacer un mundo en igualdad, menos lo vamos a convencer con un muro”. Años después falleció sin ver el triunfo de sus ideales. Está enterrado en un cementerio berlinés a pocos metros de la tumba del filósofo Hegel, y a pasos de donde descansa para siempre Bertolt Brecht.

El ruido que hacían los camiones que pasaban esa madrugada por la Unter den Linden para levantar el Muro de Berlín me pareció la amenaza de algo que se venía abajo definitivamente. Dieciocho años después, todo se vino abajo.

No con muros sino con las ideas, con el convencimiento de que el socialismo, es decir la administración de los bienes en un sentido igualitario, es lo único que puede terminar con la violencia en el mundo, ésa es la enseñanza final de la caída del Muro. Ni la dictadura del proletariado, ni de ninguna otra clase, y menos los dictadores eternos. Sí la movilización, el protagonismo de todos, no la personalidad sino el cambio de los que mandan para que no se crean imprescindibles y ordenen en vez de preguntar e indagar la opinión de las mayorías.

Desde el ‘89 están los alemanes del Este que se convirtieron en escaladores de más bienes y acumulaciones, y aquellos que no olvidan las cosas buenas que había logrado el socialismo, pero que se perdió todo por la falta de debate interno. Eso de aislarse del mundo con muros.

Hoy, el Partido Alemán de la Izquierda –integrado por socialistas y por antiguos comunistas del Este– ocupa el cuarto lugar en las elecciones de la República Federal de Alemania. Tienen representantes en el Bundestag y en todos los parlamentos de los Estados provinciales. Es decir, hay gente que todavía piensa en la realización del socialismo. Pero nunca más pensar en un muro. Eso ha quedado como un trauma. Toman como base que el capitalismo ha tenido todas las oportunidades y todavía no ha solucionado ninguno de los dramas del mundo: las guerras, el hambre, la violencia, el imperialismo del poder económico y armamentista.

La caída del Muro no puede sino significar un nuevo comienzo, una nueva búsqueda, el no conformismo ante el ideal egoísta del consumismo de unos y el hambre de otros. Fracasó una búsqueda, pero la caída del Muro no significa resignación sino tomar el pico y la pala para construir un mundo nuevo. Aprender de la Historia.

Osvaldo Bayer

Fuente: Página 12