El voto es a la vez derecho y deber. Yo quiero ejercerlo.... y vos???
Campaña por el voto en el exterior
Esquina por la alegría
"Hoy más que nunca la alegría es un artículo de primera necesidad, tan urgente como el agua o el aire. Pero nadie nos va a regalar ese derecho de todos; .... es preciso pelearlo...."
Eduardo Galeano
Esquina por Verdad y Justicia
Coordinadora Nacional por la Nulidad de la Ley de Caducidad
Nunca más terrorismo de estado
Esquina contra la violencia de género
Esquina contra el bloqueo
Esquina por la libertad de los 5
Esquina contra la pornografía infantil
Esquina Víctor Jara
Esquina contra la vergüenza
Ningún ser humano es ilegal
Hacelos valer
Campaña por nuestros derechos sexuales y reproductivos
Esquina contra la directiva del horror
PIT-CNT
Escritores por la Tierra
Foro social mundial de las migraciones
Esquina por la Paz
Esquina por la aparición de Julio López
Esquina Bertold Bretch
Primero se llevaron a los comunistas pero a mí no me importó porque yo no era. En seguida se llevaron a unos obreros pero a mí no me importó porque yo tampoco era. Después detuvieron a los sindicalistas pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista. Luego apresaron a unos curas pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí pero ya es tarde.
"Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos."
El escritor estadounidense Ray Bradbury, autor de los inquietantes relatos de Crónicas marcianas (1950) y El hombre ilustrado (1951), falleció en Los Ángeles a la edad de 91 años.
Su hija, Alexandra Bradbury, confirmó a medios de prensa locales que el escritor murió este martes en la noche, pero no dio más detalles.
En tanto, el nieto del literato, Danny Karpetian, dijo al sitio web io9.com -especializado en literatura de ciencia ficción- que "si tuviera que hacer alguna declaración, sería lo mucho que le quiero y le extraño".
"Su legado sigue vivo en su obra monumental de libros, cine, televisión y teatro, pero lo más importante, en las mentes y los corazones de cualquiera que lo haya leído, porque la lectura permitía conocerle", aseguró Karpetian.
Considerado como uno de los grandes autores de ciencia ficción -junto al precursor Karel Čapek, Isaac Asimov, Frederick Pohl y Stalislaw Lem-, Bradbury escribió numerosas colecciones de relatos y más de una decena de novelas como la futurista Fahrenheit 451 (1953), prefiguración de una sociedad totalitaria donde los bomberos queman todos los libros.
"La ciencia ficción también es una genial forma de pretender que estás escribiendo sobre el futuro, cuando en realidad estás atacando el pasado reciente y el presente", dijo el escritor en cierta ocasión a The New York Times.
Sin embargo, Bradbury prefería identificar su género como fantástico pues la mayoría de sus historias se desarrollan a partir de leves o radicales variaciones en el orden de la realidad.
Muchos críticos destacan el componente humanista de sus relatos, aun cuando a menudo califican su obra de angustiosa y desconcertante.
Entre sus trabajos más relevantes como guionista está una colaboración con John Huston para llevar a la gran pantalla la novela Moby Dick, de Herman Melville.
Algunas de las invenciones de Ray Bradbury (Waukegan, Ilinois, 1920) fueron adaptadas al cine o la televisión sin mucha suerte (la miniserie basada en Crónicas marcianas, dirigida por Michael Anderson, o El sonido del trueno, en 2005), aunque es recordada la versión cinematográfica de Fahrenheit 451, realizada en 1966 por el francés François Truffaut.
"Libre es el que es capaz todavía de elegir la defensa de su dignidad en un mundo donde, quieras o no, en algún momento tendrás que tomar partido entre los indignos y los indignados." - Eduardo Galeano
Vivimos para trabajar, ¿qué error hemos cometido?
La economía está al servicio de la industria militar que es el nombre artístico de la industria criminal.
¿El prójimo es el enemigo?
Sí, somos una civilización de soledades que se encuentran y desencuentran continuamente sin reconocerse. Ese es nuestro drama, un mundo organizado para el desvínculo, donde el otro es siempre una amenaza y nunca una promesa.
El miedo nos domina.
Es el pretexto para que esta industria pueda prosperar, porque necesita guerras y enemigos, y si no existen hay que inventarlos. Fíjese en el caso de Nelson Mandela.
El mundo celebra el día que nació.
Pues ha figurado en la lista de enemigos peligrosos para la seguridad de EE.UU. hasta el 2008. Durante 60 años el africano más prestigioso fue un terrorista para el país dominante. ¿Cómo vamos a creer en todo lo que nos cuentan sobre las amenazas terroristas?
¿Somos un gran rebaño de borregos?
Por todos lados aparecen símbolos asombrosos de resistencia y de vida. Lo mejor que tiene la vida es la capacidad de sorpresa.
Sin embargo, vamos tras la seguridad.
Vivimos en un mundo inseguro, no sólo porque podemos ser robados, asaltados... Los coches matan más que las drogas, y el aire que respiramos y los pesticidas nos exterminan. Sólo si nos articulamos para defendernos de un sistema que es enemigo de la naturaleza y de la gente podremos hallar espacios de seguridad.
¿Qué nos hace libres?
Los desafíos que uno enfrenta cada día son los que te abren una rendija para elegir entre la dignidad y la obediencia. Libre es el que es capaz todavía de elegir la defensa de su dignidad en un mundo donde, quieras o no, en algún momento tendrás que tomar partido entre los indignos y los indignados.
Desde niños nos adoctrinan hasta el punto de que nos parece normal lo anormal.
Que el presidente Obama recibiera el premio Nobel de la Paz con un discurso de homenaje a la guerra "justa y necesaria contra el mal" ilustra lo que usted dice.
¿Qué semilla se puede plantar para que la gente sospeche?
Hay que ver al revés las historias que los diarios nos cuentan para poder entenderlas al derecho: Iraq invade EE.UU. porque sus arsenales de armas de destrucción masiva son un peligro para la humanidad. Lo que es verdad, pero este fue el pretexto de los americanos para invadir Iraq y matar a una cantidad ingente de civiles.
¿Cómo averiguar si uno está vivo o es un muerto viviente?
Habrá que preguntarse hasta qué punto soy capaz de amar y de elegir entre la dignidad y la indignidad, de decir no, de desobedecer. Capaz de caminar con tus propias piernas, pensar con tu propia cabeza y sentir con el propio corazón en lugar de resignarte a pensar lo que te dicen.
...
La mayoría trabaja a contracorazón y termina viviendo una vida que no es la suya por las necesidades materiales, y eso es lo que hace que algunos no se den cuenta de que murieron hace muchos años, la última vez que fueron capaces de decir no.
¿Es una utopía un mundo en el que la gente haga lo que le gusta?
Como dice el patriarca del cine argentino, Fernando Birri, la utopía sirve para caminar. A mí me gusta mucho ver el universo por el ojo de la cerradura.
¿Desde lo pequeño?
Sí, para no confundir la grandeza con lo grandote, una de las confusiones del mundo actual. La grandeza no está en los hechos espectaculares, está en la vida cotidiana.
Hay que endulzarla.
En el manicomio general, los franceses dictaron una ley que era un acto de cordura: ya que tenemos máquinas capaces, tengamos 35 horas de trabajo semanal, pero duró 10 años. ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que producir angustia y desempleo?
El 99% de las especies del planeta no viven para trabajar, y no les va tan mal.
Nosotros nos hemos especializado en ser instrumentos de nuestros instrumentos, y somos los únicos capaces de destinar nuestros mejores recursos al exterminio loco. Cada minuto el mundo destina tres millones de dólares a gastos militares y mueren 15 niños de enfermedades curables. ¿Qué clase de especie es esta que dice ser la racional?
¿Qué faceta humana nos destruye?
El conformismo, la aceptación de la realidad como un destino y no como un desafío que nos invita al cambio, a resistir, a rebelarnos, a imaginar en lugar de vivir el futuro como una penitencia inevitable.
Y eso hay que hacerlo en compañía.
Sí, en solidaridad, que es un sentimiento horizontal. La caridad es vertical y no me gusta. Hay un viejo proverbio africano que dice que el que da está siempre por encima de la mano que recibe. De hecho, nuestros antepasados sobrevivieron porque supieron repartir la comida y defenderse juntos.
Pese a ello, somos tan destructivos...
Me imagino un juicio universal a la condición humana de las plantas y los animales, apuntándonos con sus patitas y con sus ramitas y preguntándonos: ¿qué han hecho del mundo?, ¿por qué nos mataron? Qué terrible confusión creernos dueños de la naturaleza.´
¿Cáncer terminal, paro cardíaco o inyección letal? Treinta y nueve años después de la muerte de Pablo Neruda, el periodista español Mario Amorós desgrana en un nuevo libro los misterios de la muerte del poeta chileno sobre la que se ciernen las sombras de la dictadura.
“En el libro yo pregunto si Neruda pudo haber sido asesinado, pero no respondo a ello”, dice a Efe Amorós sobre el libro “Sombras sobre Isla Negra. La misteriosa muerte de Pablo Neruda”, que él mismo presentó en la capital chilena.
El Premio Nobel de Literatura en 1971 falleció en una clínica privada de Santiago doce días después del golpe de Estado de Augusto Pinochet, el 23 de septiembre de 1973, debido oficialmente a un avanzado cáncer de próstata, según consta tanto en el certificado como en el acta de defunción.
Sin embargo su tercera mujer, Matilde Urrutia, sostuvo durante los doce años que le sobrevivió que al autor de “Cancionero general” “no le mató el cáncer”, sino que su fallecimiento se debió a un paro cardíaco.
“Es muy sorprendente descubrir cómo Matilde Urrutia no dio crédito a que la causa de muerte fuera el cáncer. Habló simplemente de un paro cardíaco. (Aun así), ella jamás denunció que su marido hubiera sido asesinado“, recalca Amorós.
Esa versión es la que defiende Manuel Araya, antiguo chófer de Neruda que actualmente vive en la localidad costera de San Antonio, y que en 2011, en una entrevista a la revista mexicana Proceso, insistió en que Neruda fue asesinado por agentes del régimen.
Su hipótesis recuerda al caso del expresidente Eduardo Frei Montalva (1964-1970), que falleció en 1982 en la misma clínica, la Santa María, cuando encabezaba una incipiente oposición al régimen.
Oficialmente, su muerte se debió a una septicemia, pero desde 2009 la Justicia investiga si en realidad se debió a un homicidio por envenenamiento.
En el caso de Neruda, fue la denuncia del chófer lo que dio lugar a que el Partido Comunista, en el que Neruda militó, presentara en mayo de 2011 una querella que fue admitida por la Justicia, con lo que se abrió así una investigación sobre su muerte.
En esa indagatoria, el juez Mario Carroza se ha topado con que ninguno de los tres centros hospitalarios en que Neruda fue atendido durante 1973 conservan sus informes médicos, pese a que la ley obliga a mantenerlos durante 40 años, dice Amorós.
“La tesis del libro es que la muerte de Pablo Neruda es una muerte envuelta en el misterio. Hay una infinidad de interrogantes sobre si pudo ser asesinado, como sostiene su chófer e investiga ahora el juez Mario Carroza, o si es una muerte natural”, señala.
“En ese último caso, desde mi punto de vista, habría sido inducido por el terrible sufrimiento que supuso para él el golpe de Estado”, añade el autor, que ha escrito varios volúmenes dedicados a Chile, entre ellos, “Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario”.
En este nuevo libro recorre el último año de vida del poeta desde su regreso a Chile como embajador en Francia en noviembre de 1972 hasta su muerte y entierro. Además, el último capítulo repasa la vida de su viuda Matilde Urrutia hasta su deceso, en 1985.
De todo el relato, los hechos clave se concentran en los dos últimos días de vida del poeta, aunque sus principales testigos, Matilde Urrutia y Manuel Araya, difieren en sus relatos.
Según la versión de Araya, el 23 de septiembre, Pablo Neruda les pidió a Urrutia y a él que viajaran a Isla Negra para recoger algunas pertenencias de la casa que poseían en esa apacible localidad del litoral chileno, a unos 100 kilómetros de Santiago.
Neruda y su mujer se disponían a partir al exilio en México tras recibir una invitación a través del entonces embajador de ese país, Gonzalo Martínez Corbalá.
Cuando estaban en Isla Negra, “recibieron una llamada de Pablo Neruda, que les alertó de que le habían colocado una misteriosa inyección en el estómago“, relata Amorós.
Al retornar a Santiago, encontraron a Neruda con fiebre. Un médico pidió entonces a Araya que saliera a buscar un medicamento fuera y en ese momento fue detenido y conducido al Estadio Nacional, donde fue torturado.
En cambio, Urrutia siempre afirmó que el viaje a Isla Negra se produjo un día antes, el 22 de septiembre, y que al regresar a la capital encontraron a Neruda muy alterado y afectado por las noticias sobre la sangrienta represión del régimen.
En ese momento, según contó en sus memorias, llamó a una enfermera y le colocaron una inyección, un tranquilizante, que le sumió en un sueño del que nunca más despertó. Tras pasar un día en estado de coma, el gran poeta falleció en la noche del día 23.
“Hay contradicciones en los dos relatos, principalmente en el de Araya“, admite Amorós.
Esas contradicciones alimentan las dudas, y esas dudas, según este periodista, “hay que despejarla con la exhumación” de los restos del poeta, que hoy descansan frente al mar, en Isla Negra, junto a los de Matilde Urrutia.
El autor de Ardiente paciencia ganó recientemente el Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta Casamérica gracias a Los días del arcoíris, una novela que aborda un tema y un tiempo histórico que siguen resultando incómodos para parte de la sociedad chilena: el período final de la dictadura pinochetista, con el dolor a flor de piel por los hijos perdidos.
“Shakespeare es el más actual de los escritores internacionales”
El autor de Los días del arcoíris sostiene que “el proceso de la brutalidad dictatorial, de la represión, está formulado en Macbeth”. Su flamante novela refleja el clima del plebiscito de 1988, cuando el triunfo del “No” representó el epílogo de la dictadura de Pinochet.
Un trip sentimental. Esa es la práctica que consuma Antonio Skármeta cada vez que regresa a Buenos Aires. Como un andariego que pasea por los escenarios naturales de su infancia, el tour incluye escalas en la casa de la calle Mendoza, donde vivió con sus padres entre 1949 y 1951; la escuela pública del barrio, la Casto Munita; la estación de tren y las barrancas de Belgrano, paisaje de sus travesuras infantiles. “Si voy al mediodía, entro a la confitería de la estación parar comer buena pizza”, cuenta el escritor chileno mientras desayuna en un hotel de Recoleta y lamenta que en esta ocasión no pudo cumplir su trip sentimental. La agenda de entrevistas por el IV Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica, que el escritor ganó con Los días del arcoíris, no es apta para enfermos cardíacos ni autores noctámbulos. A las nueve de la mañana, pincha el jamón con indisimulada rabia, lo enrosca frenéticamente alrededor del tenedor y en un santiamén lo mastica como si fuera lo último que comerá en esta jornada agitada. “Yo me bajo del avión en Ezeiza, siento el aroma de esta ciudad y sucumbo a una atmósfera de fascinación. No lo puedo negar: tengo una sintonía, una química con esta ciudad, fuera de todo límite”, admite el escritor a Página/12.
Skármeta reconoce que Buenos Aires se agiganta en la retina de su memoria. No le importa el tamaño de esa desmesura endulzada por lo afectivo. “Como no vivo en esta ciudad y no estoy pendiente de los problemas y tensiones que puede haber en la vida cotidiana, la idealizo bastante. La vida de barrio es una institución de este país: tú eres de la pandilla del barrio, donde se produce algo muy bonito, muy entrañable, que llamo la ‘socialización de mi intimidad’. Eso me marcó mucho en mi vida, en mi afán de comunicar y sentirme con los otros. Y me viene de mi experiencia en el barrio de Belgrano”. Apenas queda algo de café cuando subraya enfáticamente que el Martín Fierro se lo sabe de memoria. Acá, en esta ciudad, aunque en otro barrio, casi 60 años después, recita: “No hallé ni rastro de rancho:/ ¡sólo estaba la tapera!/ ¡Por cristo si aquello era/ pa enlutar el corazón!/ ¡yo juré en esa ocasión/ ser más malo que una fiera!”. Hace una pausa como si midiera el impacto de esos versos y exclama:
– Mira lo que dice ahora: “Quién no sentirá lo mesmo/ cuando ansí padece tanto/ Puedo asigurar que el llanto/ como una mujer largué: ¡ay, mi Dios: si me quedé/ más triste que jueves santo!”.
– Si lo dejo se recita todo el libro...
(Se ríe.) – Siento mucha simpatía por el protagonista; hasta en sus momentos más bruscos, hay una calidad de las imágenes y de la expresión notables. Cuando enseñé literatura, lo leí con una mirada crítica, pero me sigue gustando muchísimo. Está lleno de dichos sabios...
De la editorial Planeta le avisan que en unos segundos tendrá una breve entrevista radial. Antes de que le pasen el teléfono, el escritor chileno, por esas peripecias antojadizas de las palabras, se acuerda de otro “sabio”. Cuando se exilió en Berlín, en 1973, tenía la sensación de que estaba a punto de perder el equilibrio. “El médico me miró y me dijo: ‘Hijo, usted está angustiado, yo no tengo nada que hacer...’ Y me mandó a un terapeuta.” Su voz se va alejando; espera que lo saluden del programa y comiencen las preguntas. En Los días del arcoíris se aproxima a un momento que no vivió porque aún estaba en Alemania. La novela refleja el clima del plebiscito de 1988. El triunfo del “No” representó el epílogo de la dictadura de Augusto Pinochet. Narrada desde la perspectiva de Nico, un joven estudiante que presencia el secuestro de su padre, profesor de filosofía, durante una clase, y desde un narrador en tercera que alterna y acompaña al resto de los personajes –especialmente al publicista Adrián Bettini, que orquesta la campaña por el “No”–, la novela reconstruye, en el ring de la ficción, la efervescencia previa a la derrota de la dictadura.
Pese al rechazo “pasivo” hacia la dictadura, muchos creían que Pinochet cometería fraude. A esa conjetura había que sumarle el factor “desánimo”, hábito a la dictadura, desesperanza confundida con tedio y toneladas de escepticismo que impedían configurar un horizonte de libertad. Lejos de ser neutralizado, el abono del miedo fertilizaba por goteo. El terrorismo de Estado sumaba sin cesar nuevas víctimas. El publicista de la novela tiene que convencer a través del “No” de que lo que está en juego es la dignidad de un pueblo. Un momento casi “surrealista” estalla cuando aparece en escena Raúl Alarcón, alias Florcita Motuda, con una canción para la campaña. Sobre la música de Danubio azul de Johann Strauss, ante la mirada estupefacta del publicista, canta: “Se empieza a escuchar el ‘No’, el ‘No’/ en todo el paí, ‘No’, ‘no’/ cantan los de allá, ‘No’, ‘no’/ también los de acá, ‘No’, ‘no’...”. El personaje y la canción existen; no son invenciones de Skármeta. Basta con revolver en esa especie de baúl de objetos milagrosos que es YouTube y entregarse a la escucha de esta melodía pegajosa que pronto se convirtió en un hit.
“Shakespeare es el más actual de los escritores internacionales”, afirma Skármeta, ya liberado de la entrevista radial, ahora picoteando las sobras del desayuno. “Cuando lo lees, entiendes lo que es un clásico por la penetración que tiene en la esencia de las conductas, en la psicología de los seres humanos. Todo el proceso de la brutalidad dictatorial, de la represión, está formulado en Macbeth; el dolor de los hijos perdidos es una de las fuerzas que late en Los días del arcoíris –compara–. Lo notable de Shakespeare es que siendo un autor trágico también es un comediante brillante. Por muy dura que sea la experiencia que narra, hay un gusto por buscar imágenes histriónicas que iluminen lo que quiere decir.”
– En su novela, ¿Shakespeare aparece como un modo de resistir al pinochetismo, que secuestra al padre del protagonista, o como una válvula de escape para poder seguir viviendo?
– Válvula de escape, no. En el personaje de Nico proyecto algo que pasó en mi vida, en un tiempo bastante feliz, durante mi adolescencia, cuando tuve un profesor de inglés, Roberto Parada, que además era actor; un actor voluminoso que tenía un tremendo vozarrón y no ahorraba histrionismo. Fue profesor de inglés en el colegio público, donde hice la secundaria. A él está dedicada la novela. Le tengo mucho afecto por la brillante y generosa actuación que tuvo haciendo de Pablo Neruda en mi película Ardiente paciencia, que es anterior a Il Postino; una película de bajo presupuesto que se filmó en Portugal como si fuera en Chile. Y por último, hay un episodio en la vida de Roberto Parada muy trágico: su hijo, que estaba activo en la investigación por la violación de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, fue secuestrado y asesinado. Lo cual le causó un dolor inmenso.
– Entonces, en ese contexto previo al plebiscito, Shakespeare permitía resistir.
– Sí; hay un episodio significativo en Los días del arcoíris. Un profesor es asesinado y en el colegio se realiza la ceremonia fúnebre. Nico recita un texto de Shakespeare, unos versos de Julio César, el discurso de Marco Antonio. Y Marco Antonio dice que si fuera Brutus, si pudiera hablar, si tuviera la lengua de un orador, en ese mismo momento clamaría y haría que hasta las mismas piedras de Roma se levantaran en rebelión. Nico lo dice en inglés y sabe que nadie entiende. Pero agrega que mejor no lo traduce, porque si lo hace lo meten preso. La novela va matizando estas sombras y las combina con la luz del camino hacia la libertad.
– La campaña del “No” y los textos de las canciones que están en su novela suenan muy verosímiles. ¿Se parecen a cómo fue en verdad esa campaña?
– Sí, aunque debo aclarar que Los días del arcoíris es una novela; por lo tanto es una ficción. Pero los elementos tomados de la vida real son numerosos, a pesar de algunas deformaciones que hice porque quería expresar una ambigüedad muy dolorosa que hubo en esos años. Se hablaba de la democratización de Chile bajo la conducción del dictador y se comenzaban a abrir espacios de libertad; pero al mismo tiempo la represión seguía siendo tan intensa y brutal como cuando Pinochet dio el golpe. A 15 años de ocurridos los acontecimientos, había un terrorismo de Estado sistemático. En la campaña del “No”, para entusiasmar a los chilenos, para que perdieran el miedo y votaran contra el dictador, hubo actos imaginativos propios del surrealismo. Hay un personaje que se llama Florcita Motuda, que participó en la presentación de mi novela, que inventó un vals basado en Danubio azul de Strauss, con una letra muy sencilla. Esta canción prendió en la gente joven; fue un hit al cual se le atribuye el poder de haber contribuido a cambiar la historia.
Otra de las canciones/himno de la campaña del “No” decía: “vamos a decir que no/ oh, oh, oh”. “Ese ‘oh’, ‘oh’, ‘oh’, ese timbrecito, marcó todo el carácter de una visión de futuro –plantea Skármeta–. Era una propuesta de alegría, una incitación a salir del estancamiento anímico, a ejercitar esa imaginación que logró desplazar a Pinochet y abrir el camino a la democracia. Esto prueba, a mi modo de ver, que la unión de los artistas con la gente tiene el poder de provocar cambios libertarios”.
– ¿Gracias a los artistas y publicistas ganó el “No”?
– Sí, los artistas encontraron el lenguaje. Muchos chilenos tenían un “No” pasivo en sus corazones. Cuando se abrió la perspectiva de un plebiscito, el dictador pensó que no iba a perder. Algo de razón tenía porque más de un 40 por ciento votó que “Sí” a la continuidad de Pinochet. La derecha siempre ha tenido una fuerte presencia; pero ese poema que fue la campaña del “No” tuvo el mérito de que les mostró a los indecisos, que habían sentido el dolor de su pueblo, pero que temían la perspectiva de un futuro sin Pinochet, que la alternativa era entre la dictadura y la libertad. Los artistas y los publicistas encontraron el lenguaje adecuado y el humor tuvo mucho que ver...
– Bettini, el publicista que en su novela está a cargo de esa campaña, ¿existió?
– Bettini es un combo de los muchos publicistas que estuvieron muy activos. ¿Sabes lo que pasó en Chile, que explica el carácter poético que tuvo esa campaña?
– No-
– Yo hice un montaje de diez minutos de la campaña; lo muestro para que la gente vea cuánta poesía, gracia y drama había. Después del golpe, mucha gente democrática fue desplazada de sus trabajos y se fue al exilio. Otros talentos que se quedaron, siendo muchos de ellos de izquierda, entraron a trabajar en empresas publicitarias para sobrevivir. El golpe trajo aparejado la venta del país; la publicidad reinó sin tapujos. Y estos publicistas con alma de artista mantuvieron su corazón con la democracia. En el momento en que fueron convocados para trabajar por el “No”, utilizaron su talento artístico y las técnicas que habían aprendido en la práctica publicitaria para revertir el desánimo. Y esto resultó mortal para la dictadura.
– Un personaje siniestro de Los días del arcoíris es el ministro del Interior, que pronto se prueba el ropaje de la democracia para adaptarse a los nuevos tiempos. En un diálogo hacia el final de la novela, niega la posibilidad de que lo puedan meter preso a Pinochet y dice: “A mi general no me lo tocan ni con el pétalo de una dama”. ¿Persiste esta añoranza por Pinochet como la que expresa este personaje?
– La totalidad de las instituciones y las personas que pertenecen al mundo de la derecha, empresarios y familias de raigambre aristocrática o seudoaristocrática, están muy sinceramente reintegrados en las reglas democráticas y aprecian la democracia como un bien superior. Hay una minoría de escasa significación política que siente añoranza por Pinochet, con un discurso muy duro que suele reprimir; pero a veces con una copa de más sueltan algunas impertinencias. Acá se le escapó una impertinencia a un embajador (Miguel Otero), el año pasado, cuando dijo que la mayoría de los chilenos no habían sufrido la dictadura. Pero esta minoría, afortunadamente, no es influyente en el país.
El escritor sueco recibe el Premio Arcebispo Juan de San Clemente por "El chino" (Kinesen)
Cuenta que en 1971 viajó por primera vez a África para ver el mundo "desde fuera de la perspectiva que da Europa y para entender la condición humana". Una realidad no siempre agradable que, desde entonces, no ha dejado de narrar en sus obras. Afable y menos huraño que el inspector Wallander que le dio a conocer en España, el escritor sueco Henning Mankell visitó ayer Santiago de Compostela para recoger el XV Premio Literario Arcebispo Juan de San Clemente, por su novela El chino.
El certamen tiene la peculiaridad de que el jurado está formado únicamente por alumnos del Instituto Rosalía de Castro, que convoca el galardón. Mankell, que reside a caballo entre Mozambique donde dirige la compañía nacional de teatro y Suecia, durante su visita fugaz a Galicia se mostró "sorprendido" por poder "expresarse" en portugués y que "todo el mundo" le entienda. "Eso demuestra que el mundo es muy pequeño", zanjó.
Abrumado quizás por el éxito mundial del inspector de Ystad, Mankell parece haber perdido todo el interés por seguir alumbrando novelas policiacas. "Nunca cometeré la tontería de resucitar a Wallander, para eso creé a su hija". Y para intranquilidad de sus fans, añade: "Todavía tengo mucho que contar sobre ellos, aunque no sé si llegaré a escribirlo algún día".
Proyectos no le faltan. El más inmediato, un documental sobre la vida de Ingmar Bergman, su suegro, cuyo estreno se prevé para 2012. "Pensé que debía escribir sobre él, porque me interesaba contar cuál fue el precio que debió pagar por hacer su trabajo y el precio que tuvo que pagar su familia". Escribir la historia no parece haberle supuesto ningún problema, la dificultad radica en elegir ahora al actor que protagonice a Bergman y a su hija, "mi mujer", cuenta entre risas.
África en el corazón
Mankell escruta a su interlocutor mientras habla en un portugués fluido: "Hay que tratar de hablar en la lengua del país en el que se está", defiende. Pero recupera el gesto adusto cuando se refiere a la situación que se vive en África, un continente que "precisa ayuda". "Se debe prestar atención a lo que nos dicen los africanos y conseguir volver a la situación previa al colonialismo", reclama. Le preocupa también que los nuevos emigrantes chinos se estén comportando en el continente negro como "nuevos colonizadores". "China reclama su posición en el mundo y es normal. También India pide paso, pero las actitudes colonizadoras que percibo, me asustan".
Fiel retratista de la sociedad sueca actual, Mankell descarta sin embargo que los problemas estén sólo a miles de kilómetros. "Se encuentran también aquí, en el centro de Europa, en Lampedusa. Ahí tenemos un gran problema que resolver y la Europa que permite que mueran sus inmigrantes no es la que yo quiero ver. En este llamado primer mundo, existen muchas posibilidades para ayudar a otros continentes". Propone medidas: "Muchos de los problemas de África se resolverían si se les concediera un papel más activo a las mujeres. Ellas son mucho mejores en todo y no se dedican a declarar guerras", remacha.
Mankell tampoco evita hablar de la revuelta que vive el mundo árabe. "Egipto no puede volver atrás, los cambios que se están viviendo son muy importantes y vivo los acontecimientos derivados de las protestas con mucha alegría", explica. "Como intelectual, es importante que participe en manifestaciones y que me comprometa con determinadas causas. Es mi responsabilidad". La misma obligación impuesta que le causó heridas cuando el Ejército israelí asaltó la flotilla que se dirigía a Gaza.
A 100 años de su muerte, Mark Twain ha vuelto a provocar una polémica. Mejor dicho, la desató la editorial NewSouth de Montgomery, Alabama: publicará en febrero próximo una versión de Las aventuras de Huckleberry Finn expurgada de dos palabras, “injun” y “nigger”. Las reemplazarán “indio” y “esclavo”, respectivamente. El Dr. Alan Gribben, de la Universidad de Auburn, es el autor de la tachadura que justificó así: son términos que el pueblo estadounidense empleaba con una fuerte carga de desprecio racista “y el lector de hoy no los acepta”. Esto último, a saber.
Es verdad que sobre todo “nigger”, que aparece 219 veces en Huckleberry Finn, es tal vez el peor insulto de la lengua inglesa y se asestaba –y todavía se asesta– a los afroamericanos y, por extensión, a un ser abyecto. No es menos cierto que Mark Twain reproduce el lenguaje y el ambiente de un pueblo de Mississippi de mediados del siglo XIX. Como él mismo dijo: “La diferencia entre una palabra casi justa y la palabra justa no es una pequeña cuestión; es como la diferencia entre una luciérnaga y la luz eléctrica”.
Hay otros ejemplos de grandes autores corregidos post mortem. La sobrina de Flaubert eliminó las malas palabras de las cartas de su tío antes de editarlas. Huelga decir que una correspondencia privada no es lo mismo que un texto literario, pero la señora pudo obviar fácilmente su sobresalto o rechazo no publicándola, en vez de tergiversar el carácter del autor de Madame Bovary. Ni hablar de lo que le hicieron a Nietzsche: su hermana Elisabeth convirtió en un libro “inédito” las notas que el filósofo había dejado inconclusas antes de su pasmo mental.
Ernest Hemingway afirmó que “toda la literatura estadounidense moderna procede de un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn... Nada hubo antes. Nada tan bueno ha habido después”. Se comprende la irritación causada por los maquillajes del Dr. Gribben.
“El libro trata directamente del racismo y corregir los insultos racistas no lo mejora”, adujo el crítico Elon James White (www.salon.com, 4-1-11). Su colega Alexandra Peti se indignó: “La palabra (nigger) es horrible, pero indispensable en este libro. Quitarla sería como titular ‘2084’ la novela (de Orwell) 1984 porque ya no vivimos los tiempos del gobierno Reagan” (www.washingtonpost.com, 4-1-11).
En los ’80 del siglo XIX la Biblioteca Pública de Brooklyn había negado sus estanterías a Huckleberry Finn por “su ordinariez, falsedad y prácticas dañinas”. No corrió suerte mejor mucho después: en el decenio 1990-1999 la novela figuraba en el quinto lugar de la lista de los cien libros prohibidos o censurados establecida por la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. Sex, de Madonna, ocupaba el decimooctavo (www.ala.org). En consecuencia, tampoco era acogido en la currícula de numerosos establecimientos de enseñanza. Se supone que el Dr. Gribben y la editorial NewSouth se basaron en razones de sensibilidad social, no de venta del libro, para corregir a Mark Twain.
La Dra. Sarah Churchwell, catedrática de Literatura y cultura estadounidenses de la Universidad británica East Anglia, presentó el problema desde el ángulo opuesto: la culpa del destierro de Huckleberry Finn de los programas escolares es de los educadores, no del lenguaje del libro. “No se puede decir ‘modificaré a Dickens para que sea compatible con mi método de enseñanza’. Los libros de Twain no sólo son documentos literarios, son documentos históricos, y esta expresión es totémica, pues codifica toda la violencia de la esclavitud.”
Es notorio que Mark Twain no fuera racista. Al revés. Apoyó a la naciente Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color, la primera organización defensora de los derechos civiles de EE.UU. nacida en 1881, y al Instituto Tuskegee de Alabama, fundado para “perfeccionar la vida intelectual, moral y religiosa de los afroamericanos”. Juntó personalmente buena parte de los fondos que permitieron el establecimiento en Yale de la primera Facultad de Derecho para estudiantes de ese sector social explicando a los posibles donantes: “Hemos pisoteado la humanidad de estas personas y la vergüenza es nuestra, no de ellas, y debemos pagar por eso”. Así pensaba de los “nigger” Mark Twain.
El Instituto Tuskegee celebró sus bodas de plata en el Carnegie Hall y The New York Times publicó la crónica del acto al día siguiente, 23 de enero de 1906. Además del “populacho” –dice el diario– había mujeres, como la esposa de John D. Rockefeller, “resplandecientes de joyas”. Mark Twain copresidió la mesa y su discurso fue gracioso, pero también explicaba: “Todos decimos malas palabras, damas incluidas, pero el pecado no es la palabra, sino el espíritu de que está imbuida. Cuando una dama irritada dice ‘¡Oh!’, el espíritu del vocablo dice ‘maldición` y de esa manera será registrado”. Ni que hubiera previsto la existencia del Dr. Gribben y su voluntad de enmendarle la plana.
El escritor Daniel Chavarría fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura 2010, anuncio que se dio a conocer este viernes 17 de diciembre en el Centro Cultural Dulce María Loynaz de La Habana.
El Premio Nacional de Literatura es el más importante premio literario que se otorga en el país; fundado en 1982, se otorga cada año por el Instituto Cubano del Libro del Ministerio de Cultura como testimonio de público reconocimiento a la obra de aquellos escritores que hayan enriquecido el legado de la cultura cubana en general y de su literatura en particular, con el aporte de una obra literaria trascendente.
El Jurado de esta edición, presidido por Ambrosio Fornet, Premio Nacional de Literatura 2009, e integrado además por Emilia Gallego, Enrique Saínz, Arturo Arango y Leonardo Sarría, luego de valorar las catorce propuestas presentadas por instituciones literarias del país, y de realizar varias rondas de votaciones, acordó, por unanimidad, otorgar el Premio al reconocido escritor cubano, nacido en San José de Mayo, Uruguay, en 1933, y fundamentó su decisión en “…la deslumbrante riqueza imaginativa y de lenguaje que caracteriza la vasta obra narrativa de Chavarría, obra que, además, ha sido capital en la renovación de la novela policial en el ámbito hispanoamericano.”
Autor de textos como El ojo de Cibeles, Joy, El rojo en la pluma del loro, Adiós muchachos, Príapo, Una pica en Flandes, Viudas de sangre, entre otros Chavarría ha obtenido diversos premios y reconocimientos como el Dashiell Hammett, en 1992, Premio Edgar Allan Poe, en New York, 2002; Premio Casa de las Américas, 2000 y Alejo Carpentier, en 2004.
Radicado en Cuba desde 1969, se ha desempeñado como profesor de Latín, Griego y Literaturas Clásicas en la Universidad de La Habana y ha tenido a su cargo la traducción de literatura alemana para el Instituto Cubano del Libro.
Tantos años residiendo en la Isla han hecho que el Chava, como le llaman sus amigos, se reconozca a sí mismo como “un escritor cubano nacido en Uruguay”. En septiembre de este año en entrevista con La Jiribilla se refirió a su identificación con Cuba al aseverar: “He vivido aquí más tiempo que en ninguna otra parte y me siento orgulloso de poder asegurar como Henry Reeve que un hombre no es del sitio donde nació ni de aquellos en que vivió, sino del lugar en que elige morir”.
Un mes antes, en un encuentro con los integrantes de la Asociación de Hermanos Saíz, Chavarría recordaba las razones que lo impulsaron a quedarse en nuestro país y afirmaba: “reconozco que la Revolución cubana me conmovió, pues se convirtió en el altar de toda esperanza y justicia. Cuba era el único país que se enfrentaba en la región al imperialismo abiertamente”.
El Premio Nacional de Literatura será entregado en ceremonia pública prevista para el 11 de febrero de 2011, como parte del programa de actividades de la XX Feria Internacional del Libro de La Habana.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, recibió en septiembre pasado el premio Stig Dagerman, uno de los más prestigiosos galardones literarios de Suecia, en reconocimiento a su incansable lucha en defensa de los más desfavorecidos. El jurado manifestó que el premio se le concedía por estar “siempre y de forma inquebrantable del lado de los condenados”. En este artículo, y como homenaje, Gustavo Duch convoca varias voces que describen algunas de las singulares facetas de Eduardo Galeano.
Este pasado mes de agosto Eduardo Galeano escribía un artículo titulado ‘Grandes inventos de la humanidad’ donde nos contaba… -fíjense- sobre el paraguas, las puertas giratorias o el semáforo. Añadiré a la lista, con su permiso, otra gran invención: un artilugio que a modo de red enlaza y conecta a muchas personas de cualquier lugar. Y no me refiero al nacimiento de internet –que cumple una misión parecida- sino a un sistema de comunicación mucho más viejo. Una tremenda telaraña invisible, unos latidos de tam-tam, unas señales de humo, que rebotan mensajes, avisos, saludos de una persona a otra y de ésta a una tercera, y así sucesivamente para ensamblar, sin saber cómo -que tampoco hace falta- a las mujeres mutiladas por el machismo con las mujeres que resisten en territorios militarizados; al campesinado asiático acorralado por una multinacional con el campesinado latinoamericano enjaulado por la misma multinacional; a pensadores privados de libertad de expresión con personas encadenadas por el sistema capitalista sin libertades de ningún tipo; a indígenas cobijados bajo las alas de la Madre Tierra con reskatadores de pueblos abandonados, sin antecesores… Una invención sin inventor y sin patentes que reúne a las gentes que luchan por transformar el mundo desde el compromiso y la solidaridad.
Desde una esquinita del invento en cuestión, y ante la invitación de la organización de UNIVERSO GALEANO, en Calella de la Costa (Catalunya) donde pasó varios años de su vida desterrada, mi colaboración –pensé- debía ser recoger y ensartar palabras de cariño y reconocimiento de algunas personas de esta red de lucha y creatividad, en diferentes lugares del continente americano… la tierra que pisan los escritos de Galeano.
Y accioné el artilugio:
Galeano, la persona
Desde Brasil -y claro- desde el Movimiento Sin Tierra y La Vía Campesina Latinoamericana, Joao Pedro Stedile, nos describe al escribidor Galeano.
«Galeano es un personaje raro y cariñoso para todos nosotros y nosotras que hacemos la lucha social en Latinoamérica. Raro, porque parece ser un brujo, que adivina nuestros pensamientos colectivos y los pone en el papel. Además, sin consultarnos. Y los pone de forma clara. Sin rodeos. Como un rio grande que anda orgulloso hacia el mar. Sin las vueltitas de los ríos chiquitos que se desarrollan en las academias…
«Cariñoso, porque aparte de su sabiduría, no se olvido del futbol. Y no hay nada más colectivo, social y cultural para nosotros que un partido de futbol. En especial los bien jugados».
Resulta pues, que la mezcla de rarura y cariño, como dice Stedile, «engendra una obra que es, en cierta forma, un diario colectivo de las luchas y esperanzas del pueblo latinoamericano». Galeano es un pensador colectivo.
Galeano también es, «un hombre común, un contador de memorias que no obedecen y que se merecen». «Un hombre –que en palabras de la antropóloga dominicana Fátima Portorreal, locamente encariñada de las realidades campesinas- descoloniza las señales y los vocablos, para aspirar a la igualdad de todos los seres humanos contradiciendo las palabras del padre, todas asumidas desde la reflexión occidental de la historia moderna y los grandes meta relatos».
«Un hombre –continúa Fátima- que no asume ya las representaciones sociales que colocan a las mujeres en los escenarios de la servidumbre, opresión y la exclusión. Un hombre que reniega del poder y de los falsos profetas de la libertad que se escudan en la prioridad del mercado, las nuevas tecnologías y los diálogos sordos. Un hombre, que lejos de querer construir identidades universales, se decide y redecide en cada circunstancia, sin que nadie sepa, ni le impongan cuál es su lugar, ni cuáles serán los diálogos… que abrirán la puerta a los abrazos».
Galeano en el Ambiente
Eduardo aparece en medio de muchas luchas, en medio –también- de la defensa del medio ambiente. El testimonio lo traen Tatiana Roa, ambientalista colombiana, que dice la hicieron así –ecologista popular y ecologista política- su papá y su mamá. Ambos le enseñaron a amar la tierra, los paisajes, los caminos de piedra, a respetar las manos fuertes y la sonrisa humilde de la gente campesina, a nadar en los ríos, a gozar de un lindo atardecer, a disfrutar las ricas comidas campesinas, a respetar la vida. Esa forma de ser, de pensar, de hacer, se complementó, cuenta Tatiana, cuando «siendo aún una adolescente mis manos acogieron por primera vez ‘Las venas abiertas de América Latina’ de Eduardo Galeano. Una puerta se abrió y con ella la posibilidad de comprender que nuestras tragedias tenían historia y estaban ligadas a los mezquinos intereses que se posaban sobre un continente tan extremadamente rico. Nuestra pobreza, como bien nos decía en Las Venas, ha sido resultado de la riqueza de nuestra Pacha Mama».
«Así conocí a Galeano, luego vendrían otros, Memorias del Fuego, El libro de los abrazos, El fútbol a sol y sombra, La Palabras andantes, Úselo y tírelo y me preguntaba cómo podía ir con tanta facilidad de un tema a otro: política, amor, fútbol, ecologismo. Al final lo comprendí, las cosas no están sueltas, no están desarticuladas. La invitación de Galeano ha sido clara. Para comprender esta América India, se requieren muchos lentes, muchas miradas y muchos ángulos. Nada más claro para asumir el trabajo y construir alternativas».
Reflexiones del ecologismo que como indica Tatiana articulan causas y efectos. «Este sistema de vida que se ofrece como paraíso –podemos leer en Úselo y tírelo-fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo. Extirpación del comunismo, implantación del consumismo: la operación ha sido un éxito, pero el paciente se está muriendo».
Galeano y la inmigración
Escribe Carlos Marentes sobre la línea que divide un mundo en varios, un entero en parcelas, para así adueñarse de ellas el postor más fuerte. Un saludo redactado al pie de las fronteras que –sabemos- habrá que desalambrar. Desde El Paso, Texas, y desde el interior de las organizaciones campesinas, aquí, formadas por el campesinado inmigrante sin campo. «No sé cuántas veces ha visitado Eduardo Galeano al Imperio. Hace años supe que venía a Nuevo México a platicar en la Universidad de Albuquerque, a menos de 500 kilómetros de la frontera. Pero no coincidimos porque estábamos ocupados con un paro laboral en un campo de chile (pimientos), demandando un aumento a los miserables sueldos de los migrantes jornaleros. Pizcadores de chile que alguna vez fueron campesinos en su tierra, producían su propia comida y fueron desplazados por la agricultura comercial-industrial impuesta por el imperio. Como dicen estos pizcadores: ‘Antes éramos pobres pero teníamos que comer, ahora somos más pobres y además tenemos que comprar la comida…’
«Lo que sí sé –continua Carlos-, es que si Eduardo Galeano estuviera en la frontera de El Paso y Ciudad Juárez, les refregaría en la cara [a los racistas anti-inmigrantes, particularmente a los de Arizona], a manera de advertencia, cómo la historia pudo ser:
Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.
A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.
Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.
Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en Chile, porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.
Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración…’
«Y les echaría en cara la hipocresía de los expropiadores. Y que es el hambre y la desnudez de los expropiados que cruzan las fronteras, precisamente la que alimenta y viste al imperio.
«Finalmente les informaría que la crisis de la migración, que les hace rajarse las vestiduras porque cruzar la frontera ‘ilegalmente’ es una afrenta al estado de derecho -más bien al estado de derecha-, es la señal que ha llegado la hora de las expropiadas, de los expropiados…»
Galeano, constituyente
«En Montecristi, un pequeño pueblo en la costa ecuatoriana, se elaboró y aprobó la última Constitución de este pequeño país andino. Desde 1830, la vigésima. Un record indiscutible, pero no encomiable.
«Esa Constitución será recordada en el mundo sobre todo por la aprobación de los Derechos de la Naturaleza, de la Pacha Mama. Fue un paso trascendental, impensable y por cierto inaceptable para muchos. Se repitió la historia. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron rechazadas en su tiempo por ser consideradas como un absurdo. El derecho de tener derechos ha exigido siempre un esfuerzo político para cambiar aquellas normas que negaban esos derechos.
«La coyuntura del momento constituyente, la intensidad del debate y el compromiso de un grupo de asambleístas, junto a las luchas desde el mundo indígena en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas, permitieron que finalmente se aceptara esta iniciativa. En el transcurso de este complicado proceso, merece una especial mención los aportes de Eduardo Galeano.
«Cuando Eduardo Galeano conoció lo que se discutía en esa pequeña localidad del mundo global, preparó un artículo vibrante, denominado “La Naturaleza no es muda”. Con dicho texto, Galeano llegaría a consolidar una posición que no parecía prometedora al inicio del proceso constituyente. Las incertidumbres de los constituyentes que apoyaban esta iniciativa eran muchas. Incluso él, Galeano, quien ha roto lanzas por la vida desde siempre, dudaba en difundir su escrito. En una comunicación dirigida a Esperanza Martínez, asesora de la Presidencia de la Asamblea, días antes de la publicación de su artículo, el 18 de abril del 2008, en Brecha, él demostraba su preocupación: “prefiero esperar, para evitar que el artículo tenga vida efímera. Los hechos, a veces imprevisibles, podrían desautorizarlo como expresión de deseos, de poco serviría”.
«Dicho artículo, distribuido entre los y las constituyentes por disposición del presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta, para la sesión número 40 del pleno de la Asamblea, celebrada el 29 de abril del 2008, fue citado en el pleno por más de un asambleísta. Entre otros, por el asambleísta Rafael Esteves, quien, en una intervención memorable, leyó fragmentos del artículo de Galeano: “la Naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino -Ecuador-, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí -Amarás a la Naturaleza, de la que formas parte”.
«La Asamblea Constituyente y luego el pueblo ecuatoriano, aprobaron masivamente la nueva Constitución en un referéndum en septiembre del mismo año. Escucharon, curados de la sordera capitalista, a la Naturaleza».
Así explica Alberto Acosta, economista ecuatoriano, Ministro de Energía y Minas entre enero y junio de 2007, y Presidente de la Asamblea Constituyente y asambleísta desde octubre 2007 hasta julio 2008, la contribución de Galeano a consolidar el derecho a la existencia de los seres humanos, que eso es –aunque haya quien no quiera verlo- lo que está en juego en última instancia.
Foto: Daniel Zanini H.
Galeano, los movimientos campesinos y las palabras
¿Qué significa las palabras de Eduardo Galeano para los y las campesinas del mundo? ¿Para los y las hacedoras de nuestros alimentos?
Significan, dicen, «ESPERANZA, por haber encontrado en ellas fuerza, vida, y reconocimiento a nuestras culturas, a nuestras raíces, a nuestras historias. Historias de Pueblos campesinos masacrados, expoliados, ignorados. Gentes que siempre dieron un valor inmaterial a la palabra PALABRA. Palabra cumplida hablan, y así hacen. Palabras que Eduardo rescató y escribió para que los seres humanos de la modernidad, postmodernidad, la informática o la robótica, pudieran entender que hemos perdido el norte, anclado en la tierra que nos sostiene y nos alimenta». Palabras dictadas, esta vez desde tierras castellanas, donde su autor Jerónimo Aguado Martínez, practica y enseña que alimentar es una responsabilidad no apta para negociantes.
Y que complementa Juana Ferrer, de la Articulación Nacional Campesina en la República Dominicana, con una nueva palabra: «aportamos VIDA en cualquier parte del mundo y Eduardo la trasmite hecha realidad e impregnada de esperanza. Manifiesta la sabiduría popular campesina como un elemento de carácter político, para que resuenen -con sentido crítico- en las cabezas que son capaces de marginar y excluir a tantos nuestros pueblos»
Finalmente, querido Eduardo, una historia real de Ángel Strapazzoni, llegada desde Argentina, desde Santiago del Estero, donde los quebrachos ya no dan sombra, donde la soja y el agronegocio, como un nuevo Rey Azúcar despuebla pueblos y mata naturalezas. Una pequeña historia real hecha ‘cuento galeano’.
«Una tarde paseábamos en camioneta por una huella ajada en los montes y a lo lejos vimos una niña en bicicleta. Aminoré la marcha para no llenarla todita de polvo. Al acercarnos abrimos la ventanilla y le preguntamos, ¿falta mucho para ese lugar?… Un silencio milenario surgía del ambiente y de su mirada. Miraba la niña atrás el camino andado y miraba adelante, el por andar… y luego de una eternidad de pausas llenas, nos dio un mensaje interminable: -Falta menos. Nosotras, nosotros quizás seamos esos caminantes, esos constructores: vemos lo recorrido, vemos que nos falta. Vemos que ya falta menos».
“Hay que reconquistar el espacio ganado por el terror”
Medio centenar de poetas, muchos de ellos hijos de desaparecidos, leerán sus poemas en el lugar donde funcionó la ESMA. Se autoproclaman “heridos por la derrota, nunca obnubilados por ella” y proponen además un debate sobre el compromiso de las últimas generaciones.
Los detectives salvajes escupen un manojo de versos hilvanados con la potencia descanonizada del decir. Un puñado de poetas de distintos pelajes estéticos –que desmienten rotundamente con sus poemas eso de que, de noche, todos los gatos son pardos–, se autoproclaman “mestizos, plagiarios, menores, literales, inevitablemente huérfanos y olvidados; heridos por la derrota, nunca obnubilados por ella”, en uno de los prólogos de Si Hamlet duda le daremos muerte (Libros de la Talita Dorada), escrito por Julián Axat y Juan Aiub. Esta antología que nació para hablar “del margen de la poesía y no de su centro” despliega en un mismo plano 52 voces nacidas a la vera de los años ’70, en una línea que se expande hacia los ’80 y se cierra, por ahora, en 1990, al incluir, enhorabuena, a Camilo Blajaquis, el seudónimo de César González, el benjamín de los detectives. Los hermana, en el sentido pleno de la palabra, la invisibilidad que padecen frente a las voces de unos pocos poetas jóvenes que dominan el mercado. Los conecta, además, una herida que no deja de sangrar: la dictadura militar. Y se presentan en sociedad hoy a la 19 en el Espacio Cultural Nuestros Hijos, donde funcionó la ex Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, sigla y edificio que anuda lo que fue el núcleo duro de la actividad represiva y el terrorismo de Estado. En ese espacio que parece que habla no bien se traspasa el umbral de la Avenida del Libertador, leerán sus poemas Emiliano Bustos, Carlos Juárez Aldazábal, Alejandra Szir, Nicolás Prividera, Inés Aprea, Dafne Pidemunt, Alberto Elías, Leandro Barret, Fernando Alfón y Juan Pablo Bertazza, entre otros.
La luz de la palabra
Emiliano Bustos –gran poeta hijo de un poeta gigante de nombre Miguel Angel, desaparecido por la dictadura– rebobina el carretel de sus recuerdos para dar con un momento que quedó, para siempre, en su retina. “En el acto de entrega de la ex ESMA, hace seis años, vi a Néstor Kirchner caminar por la vereda, y lo seguí junto a mucha otra gente –cuenta Bustos a Página/12–. Luego quise escuchar los discursos desde adentro. Y mientras los escuchaba, recordaba las marchas de los últimos años de la dictadura; el avance de los familiares por Avenida de Mayo, tan milimétricamente cerca de toda la negación posible. Por eso entiendo que la memoria tenga sus monumentos, desde una baldosa hasta la ex ESMA. Personalmente me cuesta leer en ese lugar. Para mí la ESMA siempre fue otra cosa, pero la historia quiso dibujar un espacio de lectura ahí adentro, y hay que ocuparlo.” Los poetas intuyen que es difícil leer en la ex ESMA. Que tal vez los fantasmas de la memoria en los espacios vacíos se amplifican. Y duele más. Alberto Elías sugiere que leer en esa caja de resonancia del pasado-presente implica “llevar un poco de luz, a través de la poesía y de las distintas voces que formamos parte de esta antología, a un lugar que en un momento fue puras sombras”.
La venta de papel picado
En el saludablemente polémico “segundo” prólogo de Si Hamlet duda...”, titulado “Papel picado, Kerouac y Hamlet”, Bustos despeja la maleza de la vacilación cuando arranca con una anécdota. “¡Les vendimos papel picado!”, dijo un poeta de la llamada “generación del ’90” a la salida de unas jornadas sobre poesía argentina, en un centro cultural dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Bustos arroja preguntas a lo largo y ancho de ese texto; son preguntas dirigidas a un blanco preciso –aunque no mencione los nombres y apellidos correspondientes– que buscan perforar la epidermis de la tribu de críticos y poetas de los ’90. “¿Exitosos por vender papel picado? Por qué no –anota Bustos con la cuchilla de la ironía afiladísima–. Los poetas y los críticos, ¿no compran papel picado?”. Pero va por más cuando contrapone “épocas”. “¿Los setenta podían vender papel picado? Urondo, Santoro, Walsh, ¿vendían papel picado? –interroga Bustos, levantando la vara del debate que plantea–. Los lectores, ¿compraban papel picado? Y el poeta o crítico que compra papel picado, ¿qué hace?, ¿lo devuelve transformado?” Casi no queda resquicio para la duda, pero el remate, seguramente –sería lo esperado o deseable–, traerá mucha tela para cortar en blogs, revistas de poesía y suplementos culturales. “La venta de papel picado en la literatura argentina es un hecho y merece estudio.”
Se sabe que todas las generaciones de poetas han tenido sus fantasmas y sus padres. “Nosotros, poetas más o menos jóvenes pero actuales, padecimos la muerte de muchos padres y el posterior ocultamiento de cuerpos, lugares, obras”, subraya Bustos en su prólogo. “Como defensa no fue un mal ataque darles voz a los fantasmas. Pero, claro, el tiempo pasado entre fantasmas puede volverse demasiado real. Y entonces hay que dejar la duda, desmalezar, avanzar y largar peso. Pero largar peso –aclara– no es perder historia. Es criticar, discutir.” Bustos advierte que los ’90, precisamente, no se discutieron. ¿Por qué no se polemizó antes, “en tiempo presente”? “Me parece que a esta altura del partido se puede decir que la poesía de los ’90 es un fenómeno fundamentalmente exitoso –responde–. Ya a fines de los ’90, Arturo Carrera, un previsor, me hablaba de ‘estos chicos tan exitosos’. Hay merecimientos, claro, pero asimismo abruma el formato cerrado de esos merecimientos. Salvo excepciones, y a pesar de lo viejo que ya es todo eso, no veo voluntad en críticos y poetas de escaparle a esa lógica eminentemente ‘ganancial’.”
Algunos de los poetas participantes de la antología. Foto: Carlos Aprea
Una nueva forma de lo político
“Ir a la ex ESMA es para mi generación como una peregrinación a la Meca –confirma Julián Axat–. Si a eso le agregamos que muchos de nosotros somos hijos de desaparecidos, es enfrentarnos con el agujero de mudez y fantasmas que aún nos susurran. Pero además, implica la necesidad de llevar allí una palabra-antorcha, la gesta común de una nueva forma de lo político dentro de lo poético.” El poeta y coordinador de la colección Los Detectives Salvajes –nombre que tomó prestado de una de las novelas emblemáticas de Roberto Bolaño–, que viene rescatando, desde 2007, la poesía inédita, escondida y silenciada por efecto del terrorismo de Estado –pero también publica poetas actuales, “los perdidos, menores, decadentes o mal paridos por el neoliberalismo poético”– explica la importancia que tiene el personaje shakespeariano que da título a la flamante antología. “Hamlet es el arquetipo para los que habiendo nacido en los ’70, los Hijos ya no biológicos sino literales, sufrimos el acoso del padre-espectro, también político-literario. La mejor manera de retomar esa voz sin imitarla es ir a bucear al lugar por antonomasia de su desaparición: la ex ESMA como enclave para repensar la transferencia generacional de la poesía y la política.”
¿Qué “dice” ese ecléctico margen constituido por 52 voces respecto de la memoria y el pasado? “La poesía siempre nace descentrada”, destaca Axat. “El problema es cuando aparece un seductor Mefistófeles que unge camarillas de poetas que consagran estilos. El registro poético ‘visible’ se centra y obtura como pequeño espacio reproductor de una voz dedicada a intercambiar dones al que muy pocos acceden. Me refiero a la derrota de la poesía que durante los ’90 consistió en reescribir a los abuelos de la poesía, pero bajo temáticas tales como el garche, la apatía, el de-sencanto, el ocio, el desencuentro, el spleen”, cuestiona el poeta. La antología Si Hamlet duda..., agrega Axat, “habla de nosotros y de nuestro pasado sin revolotear con la presencia de un padre poético desaparecido”. En los pliegues de cada una de las propuestas estéticas se percibe un mínimo denominador común. “Tratamos de triturar influencias sin caer en un panfleto –admite–, engendrar un virus que logre expandir la épica hacia las nuevas generaciones. La poesía, hecha por todos, irreverencia, profanación, polémica. La poesía, como la política, haciendo la guerra por otros medios.”
Los bordes de las heridas
¿Quiénes son estos 52 poetas que hoy leerán en un edificio que estuvo al servicio de la muerte? Las líneas no alcanzan para dar cuenta de cada una de estas voces que piden pista. Pero la mirada lectora captó, al azar, una seguidilla de versos que tal vez trazan mejor algunas coordenadas para configurar el “quién es quién” que la mera anécdota biográfica. “Mirar la muerte de reojo/en un espejo debidamente/colocado”, se lee en uno de los poemas del platense Andrés Szychowski, nacido en 1976. “Nadie puede medir el dolor./Lo sé y sin embargo uso el cuaderno/para eso”, escribe Alejandra Szir, nacida en 1971. Hay una muchacha cuyos versos tienen una energía arrolladora. Esa poeta, Dafne Pidemunt (1977), dice: “Roto el cordón umbilical/ningún juego es posible”. Aires nuevos para respirar trae Camilo Blajaquis, nacido en 1990: “La igualdad está lejos, pero el futuro viene/lento... pero viene/”. Otra muchacha, mendocina ella, nacida en 1979, Eliana Drajer, entrega una poesía de altos voltajes calóricos en “Puerto Quebrado” (ver aparte). “Aquí, en esta absurda ceremonia, no puedo hablar/ –se lee en uno de los poemas de Diego Roel (1980)–. Necesito una palabra nueva, una expresión más leve/. Un verbo que ilumine la noche del lenguaje.”
Estremece Gabriela Milone, nacida en la provincia de San Luis, en 1979, cuando arranca uno de sus poemas con una pregunta: “¿Mamá, me extrañás?”. A falta de espacio, hay que tajear, con perdón de los poetas, los textos. “La cajita de cristal fue tu vientre, mamá –sigue Milone–. Hoy duele la lengua/infante a destiempo,/y lo que queda es el mundo,/santuario de todas las quiebras,/infierno de cada latido/y de la sangre/en el sabor de una fe/.” Golpea, con todo su arsenal, Nicolás Prividera, el director y guionista del film M: “He visto/a las mejores cabezas de mi generación/destruidas por la estupidez./Jóvenes repitiendo viejos/gestos frívolos, entregados/al mercado como antes a la expulsión de los mercaderes/, en tiempos en que los poetas/profesan/la displicencia a cambio/de un lugar en la Academia (...)”. Eric Schierloh (1981) arremete con otro ropaje: “(...) el lagarto les habla a sus ancestros/bajo los últimos rayos del sol/y después lame/escamas de escarcha”.
Inés Aprea, nacida en La Plata en 1985, se pregunta en uno de sus poemas: “¿Será preciso hablar en el idioma de los padres? ¿Será un pecado capital hablar en la lengua trunca de los padres? ¿Repetir por pereza? ¿Imitar por soberbia?”. ¿Cómo vive Aprea la previa de la lectura en la ex ESMA? “Como acto físico, significa reconquistar el espacio ganado por el terror, por el dolor, por la tortura –subraya–. Como acto poético, implica recuperar el espacio ganado por el silencio, por el grito, por el llanto. Recuperar la palabra. En lo personal, estar presente ahí significa dar testimonio de esa recuperación. Porque la poesía es también testimonio de un tiempo, y este tiempo es propicio para la justicia, para el reencuentro, para la búsqueda colectiva. Todavía no hemos revertido la derrota de la dictadura, la derrota de los noventa con su “fin de la historia” a caballo. Pero empezamos a andar, y esta antología da cuenta de eso; estas voces empiezan a romper el silencio, a coser con palabras los bordes de las heridas. Por eso, que la ESMA se llene de nuestras voces es un hecho saludable. Lo celebro con mucho entusiasmo”.
El entusiasmo es compartido por Alejandra Szir, más allá de la carga emocional que el lugar tiene en sí mismo. “Siento que la poesía se impuso al terror de Estado; que haber recuperado los centros de detención para convertirlos en museo o en lugares para desarrollar tareas creativas es una conquista de nuestro pueblo.” El rosarino Leandro Barret (1977) elige una cita de Giorgio Agamben, como epígrafe de uno de sus poemas titulado “Hécuba”, que acaso cifre lo que se proponen los 52 poetas incluidos en la antología. “La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene.”
Esperé hasta el último turno para hablar, porque ayer al desayuno no sabía nada de lo que aprendí en el resto del día. Soy un conversador empedernido y estos torneos son monólogos implacables en los que está vedado el placer de las interpelaciones y las réplicas. Uno toma notas, pide la palabra, espera, y cuando le llega el turno ya los otros han dicho lo que uno iba a decir. Mi compatriota Augusto Ramírez me había dicho en el avión que es fácil saber cuándo alguien se ha vuelto viejo porque todo lo que dice lo ilustra con una anécdota. Si es así, le dije, yo nací ya viejo, y todos mis libros son seniles. Una prueba de eso lo son estas notas.
La primera sorpresa nos la dio el presidente Lacalle con la revelación de que el nombre de América Latina no es francés. Siempre creí que sí lo era, pero por más que lo pienso no he logrado recordar de dónde lo aprendí y, en todo caso, no podría probarlo. Bolívar no lo usó. Él decía América, sin adjetivos, antes de que los norteamericanos se apoderaran del nombre para ellos solos. Pero, en cambio, comprimió Bolívar en cinco palabras el caos de nuestra identidad para definirnos en la Carta de Jamaica: somos un pequeño género humano. Es decir, incluyó todo lo que se queda por fuera en las otras definiciones: los orígenes múltiples, las lenguas indígenas nuestras y las lenguas indígenas europeas: el español, el portugués, el inglés, el francés, el holandés.
Por los años cuarenta se despertaron en Ámsterdam con la noticia disparatada de que Holanda estaba participando en un torneo mundial de béisbol -que es un deporte ajeno a los holandeses- y era que Curazao estaba a punto de ganar el campeonato mundial de Centroamérica y el Caribe. A propósito del Caribe, creo que su área está mal determinada, porque en realidad no debería ser geográfica sino cultural. Debería empezar en el sur de los Estados Unidos y extenderse hasta el norte de Brasil. La América Central, que suponemos del Pacífico, no tiene mucho de él y su cultura es del Caribe. Este reclamo legítimo tendría por lo menos la ventaja de que Faulkner y todos los grandes escritores del sur de los Estados Unidos entrarían a formar parte de la congregación del realismo mágico. También por los años cuarenta, Giovanni Papini declaró que América Latina no había aportado nada a la humanidad, ni siquiera un santo, como si le pareciera poca cosa. Se equivocó, pues ya teníamos a santa Rosa de Lima, pero no la contó, quizás por ser mujer. Su afirmación ilustraba muy bien la idea que siempre han tenido de nosotros los europeos: todo lo que no se parece a ellos les parece un error y hacen todo por corregirlo a su manera, como los Estados Unidos. Simón Bolívar, desesperado con tantos consejos e imposiciones, dijo: "Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media".
Nadie padeció como él la presión de una Europa que ya era vieja en relación con el sistema que debía escoger, monarquía o república. Mucho se ha escrito sobre sus sueños de ceñir una corona. La verdad es que entonces, aun después de las revoluciones norteamericana y francesa, la monarquía no era algo tan anacrónico como nos parece a los republicanos de hoy. Bolívar lo entendió así y creía que el sistema no importaba si había de servir para el sueño de una América independiente y unida. Es decir, como él decía, el Estado más grande, rico y poderoso del mundo. Ya éramos víctimas de la guerra entre los dogmas que aún nos atormentan, como nos lo recordó ayer Sergio Ramírez: caen unos y surgen otros, aunque sólo sean una coartada, como las elecciones en las democracias.
Un buen ejemplo es Colombia. Basta con que haya elecciones puntuales para legitimar la democracia, pues lo que importa es el rito, sin preocuparse mucho de sus vicios: el clientelismo, la corrupción, el fraude, el comercio de votos. Jaime Bateman, el comandante del M-19, decía: "Un senador no se elige con sesenta mil votos sino con sesenta mil pesos. Hace poco, en Cartagena, me gritó en la calle una vendedora de frutas: "¡Me debes seis mil pesos!". La explicación es que había votado por equivocación por un candidato con un nombre que confundió con el mío, y luego se dio cuenta. ¿Qué podía hacer yo? Le pagué sus seis mil pesos".
El destino de la idea bolivariana de la integración parece cada vez más sembrado de dudas, salvo en las artes y las letras, que avanzan en la integración cultural por su cuenta y riesgo. Nuestro querido Federico Mayor hace bien en preocuparse por el silencio de los intelectuales, pero no por el silencio de los artistas, que al fin y al cabo no son intelectuales sino sentimentales. Se expresan a gritos desde el Río Bravo hasta la Patagonia, en nuestra música, en nuestra pintura, en el teatro y en los bailes, en las novelas y en las telenovelas. Félix B. Cagnet, el padre de las radionovelas, dijo: "Yo parto de la base de que la gente quiere llorar, lo único que hago es darles el pretexto". Son las formas de la expresión popular las más sencillas y ricas del polilingüismo continental. Cuando la integración política y económica se cumplan, y así será, la integración cultural será un hecho irreversible desde tiempo atrás. Inclusive en los Estados Unidos, que se gastan enormes fortunas en penetración cultural, mientras que nosotros, sin gastar un centavo, les estamos cambiando el idioma, la comida, la música, la educación, las formas de vivir, el amor. Es decir, lo más importante de la vida: la cultura.
Una de las grandes alegrías que me llevo de estas dos jornadas sin recreos fue el primer encuentro con mi buen vecino, el ministro Francisco Weffort, que empezó por sorprendernos con su castellano impecable. En cambio, me pregunto si alrededor de esta mesa hay más de dos que hablen el portugués. Bien dijo el presidente De la Madrid que nuestro castellano no se molesta por saltar el Mato Grosso mientras los brasileños, en un esfuerzo nacional por entenderse con nosotros, están creando el portuñol, que quizás será la lengua franca de la América integrada. Pacho Weffort, como le diríamos en Colombia; Pancho, como le diríamos en México, o Paco, como le dirían en cualquiera de las tabernas de España, defiende con razones de peso pesado el Ministerio de la Cultura. Yo me opongo sin éxito, y tal vez por fortuna, a que se instaure en Colombia. Mi argumento principal es que contribuirá a la oficialización y la burocratización de la cultura.
Pero no hay que simplificar. Lo que rechazo es la estructura ministerial, víctima fácil del clientelismo y la manipulación política. Propongo en su lugar un Consejo Nacional de Cultura que no sea gubernamental sino estatal, responsable ante la presidencia de la República y no ante el Congreso, y a salvo de las frecuentes crisis ministeriales, las intrigas palaciegas, las magias negras del presupuesto. Gracias al excelente español de Pacho, y a pesar de mi portuñol vergonzante, terminamos de acuerdo en que no importa cómo sea, siempre que el Estado asuma la grave responsabilidad de preservar y ensanchar los ámbitos de la cultura.
El presidente De la Madrid nos hizo el gran favor de tocar el drama del narcotráfico. Para él los Estados Unidos abastecen a diario entre veinte y treinta millones de drogadictos sin el menor tropiezo, casi a domicilio, como si fuera la leche, el periódico o el pan. Esto sólo es posible con unas mafias más fuertes que las colombianas y una corrupción mayor de las autoridades que en Colombia. El problema del narcotráfico, por supuesto, nos toca a los colombianos muy profundamente. Ya casi somos los únicos culpables del narcotráfico, somos los únicos culpables de que los Estados Unidos tengan ese gran mercado de consumo, por desgracia del cual es tan próspera la industria del narcotráfico en Colombia. Mi impresión es que el tráfico de drogas es un problema que se le salió de las manos a la humanidad. Eso no quiere decir que debamos ser pesimistas y declararnos en derrota, sino que hay que seguir combatiendo el problema a partir de ese punto de vista y no a partir de la fumigación.
Hace poco estuve con un grupo de periodistas norteamericanos en una pequeña meseta que no podía tener más de tres o cuatro hectáreas sembradas de amapolas. Nos hicieron la demostración: fumigación desde helicópteros, fumigación desde aviones. Al tercer paso de helicópteros y aviones, calculamos que aquéllos podían costar ya más de lo que costaba la parcela. Es descorazonador saber que de ninguna manera se combatirá así el narcotráfico. Yo les dije a algunos periodistas norteamericanos que iban con nosotros que esa fumigación debía empezar por la isla de Manhattan y por la alcaldía de Washington. Les reproché también que ellos y el mundo saben cómo es el problema de la droga en Colombia -cómo se siembra, cómo se procesa, cómo se exporta- porque los periodistas colombianos lo hemos investigado, lo hemos publicado, lo hemos divulgado en el mundo. Inclusive, muchos lo han pagado con su vida. En cambio, ningún periodista norteamericano se ha tomado el trabajo de decirnos cómo es el ingreso de la droga hasta los Estados Unidos, y cómo es su distribución y su comercialización interna.
Creo que todos terminamos de acuerdo con la conclusión del ex presidente Lacalle de que la redención de estas Américas está en la educación. A la misma habíamos llegado en el Foro de Reflexión de la Unesco el año pasado, donde acabó de diseñarse la hermosa idea de la "Universidad a distancia". Allí me correspondió sustentar una vez más la idea de la captación precoz de las aptitudes y las vocaciones que tanta falta le hacen al mundo. El fundamento es que si a un niño se le pone frente a un grupo de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno solo, y el deber del Estado sería crear las condiciones para que ese juguete le durara a ese niño. Soy un convencido de que ésa es la fórmula secreta de la felicidad y la longevidad. Que cada quien pueda vivir y hacer sólo lo que le gusta, desde la cuna hasta la tumba. Al mismo tiempo, todos estamos de acuerdo, al parecer, en que debemos estar alerta contra la tendencia del Estado a desentenderse de la educación y encomendarla a los particulares. El argumento en contra es demoledor: la educación privada, buena o mala, es la forma más efectiva de la discriminación social.
Un buen final para una carrera de relevos de cuatro horas, que puede servirnos para disipar las dudas de si en realidad la América Latina existe, que el ex presidente Lacalle y Augusto Ramírez nos lanzaron desde el principio sobre esta mesa como una granada de fragmentación. Pues bien, a juzgar por lo que se ha dicho aquí en estos dos días, no hay la menor duda de que existe. Tal vez su destino edípico sea seguir buscando para siempre su identidad, lo cual será un sino creativo que nos haría distintos ante el mundo. Maltrecha y dispersa, y todavía sin terminar, y siempre en busca de una ética de la vida, la América Latina existe. ¿La prueba? En estos dos días la hemos tenido: pensamos, luego existimos.
Gabriel García Márquez
Discurso pronunciado en Contadora, Panamá, el 28 de marzo de 1995, en el Laboratorio del grupo Contadora, "¿América Latina existe?".
Del libro "Yo no vengo a decir un discurso", Gabriel García Márquez, Editorial Mondadori
La lectura del ritual discurso del reciente premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, trajo a mi memoria el famoso cuento del alacrán que le pidió a una ranita que lo ayudara a cruzar un río. Conociendo sus antecedentes la ranita dudó en hacerle el favor, pero tras un breve diálogo dedujo que no había peligro ya que si el alacrán la picaba se ahogaría él también. En mitad de la travesía el alacrán no pudo con su temperamento y le clavó el aguijón.
El discurso, de una hora de duración, titulado "Elogio de la lectura y la ficción", se refirió naturalmente al tema elegido con la solvencia y convicción de quien ha tenido como eje de su vida el mundo de la creación literaria. Y en tanto la ficción, "invención, cosa fingida", según la Real Academia Española, se nutre de la realidad, es natural que el análisis de la literatura incluya también a su entorno. Y dentro de este como una condición imprescindible, la libertad del creador para expresar libremente "su" visión del mundo. Hasta ahí nada que objetar.
Pero que se utilice esa perspectiva para atacar a gobiernos y a líderes cuya legitimidad ha sido revalidada una y otra vez por sus pueblos, como hizo el escritor en su discurso, es una agresión con efecto contrario y debe reconfortar a los agredidos, por aquello de Don Quijote: "Ladran Sancho, señal de que cabalgamos". Algunos, como la Revolución Cubana, hace más de medio siglo que vienen cabalgando en medio de las condiciones más adversas que imaginarse pueda. No solamente con una jauría de perros rabiosos mordiéndole los talones, bloqueándole todas las posibles escapatorias, sino además con una manada de cuzcos mediáticos bien adiestrados y alimentados, anunciando con sus ladridos el inminente colapso de la presa para ensañarse con sus despojos. Todo ello en vano, como puede apreciarse. Porque la historia no sólo absolverá a Fidel Castro sino que comienza a darle la razón al pueblo cubano, que ha mantenido en alto, en medio de todas las dificultades, los principios de su Revolución. Decir esto no significa desconocer los errores y las desviaciones ocasionales que los cubanos son los primeros en reconocer, y que han tenido la virtud de buscar permanentemente las formas de corregirlas, como están haciendo precisamente en estos días.
Otros como Venezuela, Bolivia o Nicaragua, "pseudodemocracias populistas y payasas", según la despreciativa y grosera visión del nuevo Nobel de Literatura, comienzan a sacudirse las lacras a las que él mismo aludió al referirse a las oligarquías (él no usó esa palabra) que se hicieron con el poder tras la ruptura de los vínculos con la Corona de España.
A los descendientes de esas oligarquías, que se resisten, con la colaboración de intelectuales como Vargas Llosa, a aceptar que la historia ha cambiado, es que combaten, entre otros, Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, con vistas a alcanzar la definitiva independencia.
La historia le ha jugado una mala pasada al escritor hispano-peruano, porque mientras clavaba su aguijón retórico sobre las "pseudodemocracias payasas", las verdaderas democracias capitalistas, del libre mercado, los derechos humanos, la libertad de expresión, bla bla bla, a las que rinde su decidido homenaje, han quedado desnudas en su indigna condición de serviles de un imperio en decadencia, que los desprecia.
Sus fundamentos "ideológicos", sistemáticamente desvirtuados en la práctica, tanto como sus, ellos sí "pseudolíderes", y la triste comparsa mediática a su servicio, han caído sin atenuantes de sus falsos pedestales. Por la simple utilización honrada de la libertad de expresión, de un periodista llamado Julian Assange y una organización llamada Wikileaks, que han logrado demostrar que entre la manipulación y la mentira, la verdad siempre se abrirá paso. Y a los que hay que defender de los poderosos intereses que intentan destruirlos.
La concesión del Premio Cervantes a Ana María Matute es una noticia en verdad magnífica. Se ha premiado a la literatura, a la literatura con mayúscula. Matute es autora de una de las muestras creativas más poderosas y personales de la narrativa escrita en castellano del siglo XX y, gracias a su brío creativo, de lo que llevamos del XXI. Su abundante obra (traducida a más de 30 idiomas), compuesta por 11 novelas, ocho libros de relatos (de la talla de Chéjov, Maupa-ssant o Carson McCullers) y varios títulos de literatura infantil, la han hecho acreedora de los premios más prestigiosos del país. Pero merecía ese broche de oro para coronar esa espléndida trayectoria literaria, tan personal y genuina.
Aunque perteneciente, cronológicamente, a la llamada generación del medio siglo, la escritura de Matute siempre se ha regido por su desapego a las consignas tanto ideológicas como estéticas de la época. Sin embargo, con los miembros más destacados comparte ejes temáticos como la Guerra Civil española, la desolación como paisaje moral de los años de posguerra, la rememoración de la infancia como irreparable pérdida y el descalabro humano reinante en una sociedad en la que los más débiles sucumben a los poderosos.
Escritora sutil y a la vez rotunda, dotada de una sensibilidad realmente exquisita pero también de una fuerza expresiva perturbadora y de una implacable ironía para delatar la crueldad, sus personajes se han caracterizado como seres desprotegidos frente a la rudeza de la realidad, pero rabiosamente animados por una energía casi mística que los escuda de la mezquindad de su entorno. Un halo angélico los envuelve y parece salvarlos, si no de la injusticia, del odio y de la incomprensión, sí de la anestesia sensitiva y anímica que acaba por aniquilar lo único y personal que hay en cada ser humano.
Matute pertenece a esa clase de escritores para quienes la literatura es una manera de ser, vivir y sentir. Es una persona para quien la realidad no es ese entorno exterior, más o menos vasto, más o menos concreto, más o menos mesurable y reconocible, que percibimos la mayor parte de los mortales, si no que es un misterioso, intrincado e inabarcable bosque que sólo se puede recorrer en solitario y del que nadie ha salido siendo el que era antes de entrar en él. Es el precio que hay que pagar a cambio de un conocimiento que nadie ha atinado todavía a demostrar si se trata de recompensa o condena. Un precio que Ana María Matute ha asumido a lo largo de más de 70 años, desde la publicación de Los Abel, su primera novela, el año 1948, hasta ahora mismo.
El Premio Cervantes habla de los poemas, la eternidad del libro y la coyuntura: “Hay una nueva era de golpes de Estado, debemos estar en vigilia permanente”.
En la excepcional rabia del sol de otoño resiste agazapada la tristeza del invierno. Un poeta dueño de todas las sonoridades de la lengua no puede pasar inadvertido. Aunque quiera. Una travesura sorda campea por las pupilas de Juan Gelman. La picardía humedece sus ojos durante unos segundos. “Yo no estoy en la tercera edad, estoy en la cuarta”, afirma con su voz en baja potencia, como si generara un tajo en el tiempo que obliga a callar para escuchar mejor la explicación. “La primera es la niñez; la segunda es la juventud y la madurez, la tercera es la vejez. Pero la cuarta es ‘¡qué bien se te ve!’. Lo que piensan entre paréntesis y no dicen es: ¡Para los años que tenés, pibe!” El poeta que hoy cierra la 62ª edición de la Feria del Libro de Frankfurt –ceremonia de traspaso en la que se entregará a Islandia la categoría de invitado de honor– consigue despejar la maleza de los lugares comunes con el grano de una pequeña ironía de su puño y letra, que le sirve para masticar o digerir la cifra del tiempo.
En cada caminata que emprende –por el pabellón argentino o por el stand editorial–, las bocas de hombres y mujeres, que saben que Gelman cumplió 80 años en mayo pasado, lanzan una seguidilla de elogios y piropos a nuestro Premio Cervantes. Todos arrancan con el “¡qué bien se te ve, Juan!” La cuarta edad –es cierto– le sienta muy bien. La serenidad se dibuja en su rostro cuando habla. Aunque el paisaje de los negocios de la Feria le resulta ajeno –lo contempla y transita como convidado de piedra–, comenta las impresiones inmediatas de la participación argentina en la vidriera mundial del mercado editorial. “Hay que esperar que pase el tiempo a ver qué sucede. Lo que me alegra es que muchas obras de autores argentinos fueron traducidas al alemán; así se abre camino la literatura argentina. ¿Qué va a pasar después? Yo no lo sé”, admite el poeta que tiene uno de sus últimos libros, Mundar, traducido al alemán gracias al programa Sur.
–El modo en que participó la Argentina, haciendo hincapié en la memoria y los derechos humanos con la muestra Ausencias y la antología de escritores desaparecidos, era impensado hace diez años, ¿no?
–Escuché críticas por ahí, pero que corresponden a cosas un poco diferentes. Ausencias, la muestra fotográfica, me parece absolutamente extraordinaria, sin palabras... creo que tenemos el mejor gobierno posible al que podía aspirar la Argentina; ahí están los datos, pero no voy a incurrir en ellos. Hay cosas no resueltas, hay errores que comete el Gobierno, pero al mirar un poco lo que es la oposición, ¡Dios mío!; es una oposición sin programa que lo único que propone es que cualquier medida o proyecto del Gobierno es malo. Me gustaría saber qué proponen porque no veo que haya propuestas. Una buena oposición ayudaría a enriquecer el trabajo del Gobierno, pero tenemos una oposición tonta, destructiva... no, no es tonta: obedece a intereses muy claros.
–Parte de esa oposición que pertenece a la izquierda progresista sostiene que el Gobierno usa la política de los derechos humanos. ¿Qué piensa cuando se plantea este tipo de crítica?
–Esa izquierda tiene que hacer algo, no puede opinar desde el punto de vista de los intereses de la oligarquía o de los ganaderos; tiene que criticar desde aquello que está teóricamente en su campo. Me parece que toda insistencia es poco, todavía no se puede decir que la sociedad en su conjunto haya tomado conciencia de lo que realmente ocurrió. Aunque no se repita la dictadura militar –que yo no lo excluyo–, ninguna sociedad puede caminar con paso firme si no hay una conciencia cívica. Y la falta de memoria debilita la conciencia cívica.
–¿Por qué dice que no excluye que se repita una dictadura militar?
–Me parece que empezamos una nueva era de golpes de Estado –Honduras y Ecuador–, de manera que no veo por qué vamos a estar exentos. No digo que vaya a ocurrir ya ni nada por el estilo. El Ejército cambió un poco, pero los intereses en juego son muy fuertes. Hay que estar en estado de vigilia permanente.
La mirada súbitamente turbia de Juan parece cruzada por ramalazos del pasado. O de un presente que no tiene el menor remilgo de intentar emular –con otros ropajes– las experiencias del terrorismo de Estado de los años ’70. Un vecino en los territorios del dolor se aproxima, luchando contra esa forma de timidez que irrumpe, a veces, cuando se está ante alguien admirado y leído hasta el paroxismo. Fernando, el nieto de Elsa Oesterheld, le pide a Gelman si le puede dedicar la antología bilingüe de poesía, compilada por Daniel Samoilovich. “Ya me firmó Diana Belle-ssi”, le cuenta y le aclara que admira a la poeta y a él. El acento afectivo de la letra de Juan, que se imprime sobre la primera página del libro, se nota a la legua. Cumple el pedido como si en verdad fuera el guiño que estaba esperando; algo que debía suceder. La brevísima interrupción inclina la cancha hacia el terreno de la poesía. Juan dice y repite esa suerte de estribillo que recita cuando se enciende un grabador o le ponen un micrófono: “Ni los premios ni los reconocimientos escriben por uno”.
–¿Pero les sirve a sus libros y a la poesía en general que sea tan premiado?
–El problema de la poesía y el arte en general es que está vinculado con fenómenos sociológicos más complejos. La poesía no es una isla de la realidad. Peor que el poeta que vende poco es la situación de la gente que no puede leer; no sólo por el precio del libro, sino por la situación de pobreza, que me parece más grave que lo otro. La poesía siempre estuvo arrinconada en los catálogos de las editoriales; pero la necesidad de escribir poesía siempre va a existir.
–¿Cómo explica esa necesidad de seguir escribiendo poesía a los 80 años?
–Porque nunca la agarré; la sigo buscando a ver si la agarro alguna vez (risas). La señora es muy huidiza y supongo que ése es el motor. Soy tenaz, a ver si algún día la puedo acostar de espaldas, pero mientras tanto me pone de espaldas ella a mí. Y esto no es coquetería.
–Cuando mira sus libros, ¿cree que alguno envejeció distinto?
–El que envejece distinto a todos mis libros soy yo. No sé qué decirle porque todos obedecen a distintos momentos y esos momentos son importantes para mí. Después, que envejezcan o no... ahí está Cronos que decide.
–Sus libros no son parecidos entre sí; cada obra representa una pequeña ruptura. ¿Esto respondió a un plan, al hecho de no querer repetirse, no escribir en piloto automático siempre el mismo libro?
–No, no creo. Uno escribe en general de pocas cosas, pero en la medida en que el tiempo pasa diría que es como una espiral: lo mismo se ve desde otro lugar; entonces ese otro lugar exige otra expresión. Lo que me mueve a escribir son obsesiones. El otoño que viví en 1960 no es el mismo que estoy viviendo ahora; y no me refiero a la edad, sino a las estaciones. Cuando esa obsesión te acosa, si trazás una coordenada, la obsesión empieza en círculo y la expresión en cero. En la medida en que vas logrando de algún modo la expresión de esa obsesión, la obsesión baja en intensidad y la expresión gana. El peligro es repetirse cuando la obsesión está muerta porque conseguiste un mecanismo. Cuando cierro algo que agotó la obsesión, leo con mucha atención los últimos poemas para que no sean la repetición de la maquinita. Pero no me propongo nada; es imposible proponerse algo con la poesía. Los poemas andan por donde ellos quieren.
–¿Festejamos el Nobel de Literatura el próximo año?
–No creo que me lo puedan dar. Hace 26 años que la Academia Sueca no premiaba a nadie en lengua castellana, un espacio de tiempo muy grande tratándose de la tercera lengua en importancia. Hasta que vuelva a ser premiado un escritor en lengua castellana pueden pasar otros 26 años, como mínimo.
Juan vive la experiencia de silabear el mundo en cada poema que escribe. Ahora mismo desglosa pedacitos de versos que mañana –tal vez– serán un nuevo poemario. “El libro impreso nunca va a desaparecer”, subraya con la convicción de quien ha oído muchos falsos apocalipsis. “Internet no tiene nada que ver con el momento de la escritura, pero sí con la difusión de poemas. Hay grandes dificultades para editar poesía, especialmente para los jóvenes y los que no son best sellers, aunque en general la poesía no lo es”, plantea. “Por Internet se difunden a los grandes poetas; pero también ha favorecido un cierto ejercicio light de la poesía. Muchos creen que escriben un poema y los cuelgan. Y algunos son para colgarlos a ellos. A los poemas me refiero.” (Risas.)