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27 octubre 2011

Argentina: Perpetua para Astiz, el "Tigre" Acosta y otros 10 integrantes de la ESMA



El TOF 5 condenó a doce de los 18 acusados a prisión perpetua. Hubo dos absoluciones. Culpó a los represores por el homicidio de Walsh y de los secuestros y asesinatos del grupo de la Iglesia Santa Cruz.

Lilia Ferreyra empezó la mañana revisando papeles, buscando. Finalmente agarró el original de la copia mecanografiada de la Carta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh. La mujer entró a la sala Auditorium de los Tribunales de Comodoro Py con las hojas guardadas en la cartera, la letra, guardándolo a él, extendiendo en ese espacio así sacralizado su presencia: “El juicio para mí tiene un sentimiento más íntimo”, dijo. “La sensación de que es una respuesta tardía al alegato que Rodolfo escribió en la Carta a la Junta Militar, por eso lo traje: es la respuesta que la Justicia le da a este escrito que tengo en mis manos 34 años más tarde.”


El presidente del Tribunal Oral Federal 5, Daniel Obligado, leyó finalmente, después de dos años de juicio oral y de esperas, de pruebas, testimonios y desgarros, la sentencia del histórico primer juicio a los represores de la Escuela de Mecánica de la Armada. El Tribunal condenó a 12 de los 18 represores a prisión perpetua por privación ilegal de la libertad y tormentos agravados y homicidios. Entre ellos, quedaron los nombres más emblemáticos y algunos de lo de mayor peso dentro de la estructura militar: Jorge el “Tigre” Acosta, jefe operativo del principal centro clandestino de la Marina; Antonio Pernías, Ricardo Cavallo, Jorge Radice, Oscar Montes y Alfredo Astiz, que cuando escuchó la sentencia dejó de esconder la cara, sacó pecho y una escarapela de algún lado para ponérsela en la solapa seguido fijamente por una de las cámaras de la sala. Las 12 perpetuas incluyeron las acusaciones por los homicidios de los 12 integrantes del Grupo de la Iglesia Santa Cruz, entre los que estaban Azucena Villaflor, las primeras Madres de Plaza de Mayo y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Y 6 de las 12 condenas a perpetua sumaron la acusación por la privación ilegal de la libertad, tormentos, robo de bienes y el homicidio de Rodolfo Walsh, en una decisión que implica por primera vez una definición jurídica sobre el asesinato a partir de los testimonios que se recogieron en el juicio y dieron cuenta de la presencia de su cuerpo muerto en la ESMA, pese a la desaparición de sus restos. Acosta, Pernías, Astiz, Radice, Cavallo, Ernesto Weber y Juan Carlos Fotea fueron acusados por su caso.

El fallo aplaudido en el final por sobrevivientes y familiares que se congregaron en dos de las salas de Tribunales, en la calle, en un festival organizado por HIJOS, contuvo otras definiciones importantes. Los jueces Obligado, Ricardo Farías y Germán Castelli condenaron a la pena de prisión perpetua a Oscar Montes por el crimen de María Cristina Lennie, en una resolución que por sus características también es una bisagra: Lennie tomó una pastilla de cianuro en el momento del secuestro. El caso considerado hasta ahora como un supuesto suicidio había entrado al juicio por privación ilegal de la libertad y tormentos. La querella del CELS pidió, en su alegato, un cambio para imputar a los acusados por su homicidio, al considerar que cuando “ella opta por el suicidio no lo hace libremente ni por propia decisión, sino que lo hace forzada por las circunstancias que genera en forma dolosa e ilegal el imputado”, un argumento que terminó plasmado en la sentencia.

La perpetua alcanzó también a Miguel Donda, en su caso por el homicidio de Raymundo Villaflor: una decisión que admite el cambio de calificación en el mismo sentido de Walsh: pese a la ausencia del cuerpo el Tribunal reconoció en el fallo el asesinato a partir de los testimonios de quienes lo vieron muerto en el centro clandestino de los marinos.

Manuel García Tallada y Juan Carlos Fotea recibieron 25 años de prisión. El médico Carlos Capdevilla recibió la pena a 20 años de prisión por 14 privaciones ilegales y tormentos agravados. Juan Antonio Azic, el apropiador de Victoria Donda, fue condenado a 18 años por 3 privaciones ilegales de la libertad y tormentos agravados, entre ellos el de Carlos Lordkipanidse, a quien torturó con su hijo sobre la panza. Y hubo dos absoluciones: Juan Carlos Rolón y Pablo García Velazco, alias Dante, acusado por las víctimas como el jefe del operativo de Rodolfo Walsh. Rolón estaba imputado como parte de la patota del operativo en la Santa Cruz. Anoche no se conocían las razones por las que el tribunal decidió absolverlo, pero seguirá detenido porque está procesado por otros casos de la megacausa. El caso de García Velazco es uno de los más cuestionados por los sobrevivientes. “Dante” tenía un hermano mellizo que está muerto y a quién él le imputa la participación en el operativo de Walsh como parte de su coartada y de la lógica de invisibilización de los represores. Quienes lo conocieron y volvieron a verlo ayer por la mañana cuando pronunció sus últimas palabras estaban furiosos, convencidos de que esa coartada podría permitirle liberarse a los ojos de los jueces. Como Rolón, tampoco saldrá en libertad: continuará detenido por otros procesamientos pendientes.

Finalmente, la sentencia avanzó sobre pedidos planteados por la fiscalía de Mirna Goransky y Pablo Ouviña y dio lugar a otros pedidos que plantearon en los alegatos las querellas integradas por la Secretaría de Derechos Humanos de Nación, el Cels, que sumó a Abuelas de Plaza de Mayo, la agrupación Kaos, Patricia Walsh y Horacio Méndez Carrera y Luis Zamora, en representación de las monjas francesas y el grupo de la Santa Cruz. Algunas de las respuestas fueron tomadas como verdaderas sorpresas. El tribunal ordenó que se abra una investigación sobre el rol que mantuvo durante la dictadura Ramón Arrosa, el primer jefe de la Armada de la democracia. Arrosa, que hizo su carrera de ascenso durante la dictadura, declaró en el juicio como testigo y dijo aquello de que la infiltración de Astiz en el Grupo de la Santa Cruz había sido “exitosa” y que el problema de la Armada había sido no darle cobertura y enviarlo nuevamente a trabajar esta vez a París, donde lo descubrieron los sobrevivientes. Una declaración que en su momento enfureció hasta a sus camaradas de armas, que le reprocharon haberse lavado las manos. Otra decisión fue separar las acusaciones por violencia sexual en la ESMA y derivarlas al juzgado federal numero 12, donde Sergio Torres abrió una causa situándolos como delitos de lesa humanidad. Lo mismo ordenó respecto de los niños secuestrados con sus padres y el funcionamiento de la maternidad clandestina de la ESMA. El tribunal ordenó una medida de protección sobre el Campo de Deportes de la ex ESMA, que aún sigue usando la Marina y sobre el que existen sospechas de que se utilizó para la incineración o entierro de cuerpos.

Otro dato, quizá más inesperado, fue un pedido para que la Corte Suprema de Justicia de la Nación promueva ante los organismos de Justicia internacional la inclusión de la figura del perseguido político en el delito internacional de Genocidio.

La espera


La sentencia se había anunciado para las seis de la tarde, pero se escuchó recién dos interminables horas más tarde. La demora alentó todo tipo de rumores. En los pasillos, los empleados del Tribunal organizaban las filas para acreditaciones que rebalsaban capacidades y presencias. Entre los invitados de los acusados apareció Cecilia Pando, que terminó en un momento en medio de un pasillo espalda con espalda con Myriam Lewin. Un empleado sudaba buscando formas para hacer entrar como acreditados a los cronistas de prensa que llegaron de todo los lugares. Otro decía que todo estaba bien, que iba a ver una sentencia justa. Los jueces, sin embargo, no aparecían. En la sala alguien llegaba con el dato de que no se ponían de acuerdo, que habría solo cuatro perpetuas.

El Tribunal tenía antecedentes que despertaban cierta inquietud desde el comienzo del juicio. Con sólo un integrante distinto, había absuelto a tres de los cinco acusados en el último juicio a los ex jefes de Area. Además, hace cuatro años, no pudo garantizar la seguridad del ex prefecto Héctor Febres, que murió aparentemente envenenado en prisión antes de escuchar la sentencia.

A las ocho de la noche, todos los que tenían que estar estaban ahí. Las Abuelas de Plaza de Mayo Estela Carlotto, Rosa Roisinblit, Nora Cortiñas y Laura Conte, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora; el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde y su segundo, Luis Alem; el diputado Julio Piumato, el presidente del CELS, Horacio Verbitsky. Cecilia de Vincenti, la hija de Azucena Villaflor. Ana María, Mabel y Esther, las hijas de Esther Carega del grupo de la Santa Cruz. Lilia Ferreyra y Jorge Pinedo, el ex marido de Patricia Walsh. Los sobrevivientes: Graciela Daleo, Carlos Lordkipanidse. Las sobrinas de Léonie Duquet que llegaron por primera vez a Argentina desde Francia para escuchar la sentencia. Su prima, sor Geneviève Jeanningros, vestida de religiosa, acompañada por el embajador de Francia Jean Pierre Asvazadourian. “Mucho de emoción”, decía Geneviève. “Tengo admiración por la Argentina, de su valentía de hacer estos juicios, de una democracia que puede estar fundada sobre la justicia: estuve el año pasado y presencié la manifestación del 24 de marzo, vi todos esos jóvenes que para mí es una inmensa esperanza para la Argentina y todos los 30 mil desaparecidos son como sus semillas, para el día de hoy, de mañana”.

Algo de eso apareció en la sala en ese momento. Adolfo Mango, de la Santa Cruz, y María Adela Antokoletz, que estuvieron día a día ocupando las sillas de los interminables días de audiencia, repartieron unas imágenes con las fotos de los doce de la Santa Cruz. Con la cara de Walsh. Las imágenes eran como estampas. A las 20.07, cuando entraron los marinos esposados a la sala, los familiares miraban detrás de un vidrio. Con los puños en alto, la V de la victoria en las manos y las manos alzadas con las estampas hicieron de fondo de los flashes. Cuando todo terminó, y el tribunal dijo lo que dijo, la sala volvió a cantar su himno: 30 mil compañeros detenidos desaparecidos, presentes. Ahora y siempre!

Alejandra Dandan

Fuente: Página 12

07 junio 2011

Causa Esma: El pedido de perpetua



Piden perpetua para 15 de los 18 imputados

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) pidió condena a prisión perpetua para 15 de los 18 imputados por los crímenes en la Escuela Mecánica de la Armada: Jorge “Tigre” Acosta, Alfredo Astiz, Ricardo Cavallo, Juan Carlos Fotea, Julio César Coronel, Manuel García Tallada, Pablo García Velasco, Alberto González, Oscar Montes, Antonio Pernías, Jorge Carlos Radice, Juan Carlos Rolón, Néstor Savio, Raúl Enrique Scheller y Ernesto Frimón Weber. Solicitaron, en cambio, 25 años de prisión para el ayudante mayor de la Prefectura Juan Antonio Azic, Adolfo Miguel Donda y el médico Carlos Antonio Capdevilla.

El alegato –que demostró la responsabilidad de los 18 procesados en crímenes de lesa humanidad en la ESMA– incluyó un pedido para que el Tribunal Oral Federal 5 remitiera las declaraciones por violencia de género al juzgado de primera instancia para que se investigaran como delitos autónomos.

El CELS consideró que los abusos y la violencia de género fueron “prácticas sistemáticas” en la ESMA y deben ser considerados delitos de lesa humanidad. Los abogados Carolina Varsky, Gerardo Fernández y Daiana Fusca fundamentaron el pedido en la enumeración de los casos y en fallos como el del Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, donde la Justicia condenó a prisión perpetua al ex subjefe de la Base Aérea Gregorio Molina, por homicidio agravado, violaciones reiteradas, privación de la libertad y tormentos agravados.

Fuente: Página 12

12 mayo 2011

Argentina: Tras la huella de las religiosas francesas

Léonie Duquet y Alice Domon



El abogado Horacio Méndez Carrera alegará mañana en el juicio sobre la ESMA. Cuenta los datos que aportó el proceso oral. La reconstrucción de los secuestros y el cautiverio en el centro clandestino y la relación de las monjas francesas con las Ligas Agrarias y el obispo Novak.

Horacio Méndez Carrera dice que hace veinticinco años le pidieron tres cosas: que identifique la forma en la que desaparecieron las monjas francesas; que encuentre a los autores y el modo de condenarlos. También dice que si entonces le hubiesen dicho que iban a pasar 25 años para la condena, aquellos que le encargaron la búsqueda todavía estarían buscando abogados. Hoy será finalmente el encargado de reconstruir en un alegato –en la audiencia por los crímenes de la ESMA– la historia de Léonie Duquet y Alice Domon. De recoger los nuevos elementos que sobre esa historia aportó el histórico juicio oral que se acerca a la etapa final y en el que por primera vez los testigos reconstruyeron no sólo el padecimiento de las religiosas en el centro de exterminio, sino también por qué se convirtieron en blanco de los grupos de tareas.

“Se sigue diciendo que las dos religiosas fueron secuestradas por la solicitada y yo estoy seguro de que eso no fue así”, dice Méndez Carrera sobre el trabajo de recolección del dinero que llevó adelante el grupo de familiares de desaparecidos desde la Iglesia de la Santa Cruz para publicar la primera solicitada con la lista de desaparecidos. Para el abogado, la razón de la desaparición de las monjas se remonta a Perugorría, el pueblo correntino donde Alice Domon empezó a trabajar con las Ligas Agrarias. Alice después se trasladó a Buenos Aires, donde se vinculó con el obispado de Quilmes para buscar, al comienzo, a los desaparecidos correntinos. Ahí empezó a atender a las víctimas, a los familiares, a los más pobres de los pobres, a “armar grupitos”, dice Méndez Carrera, y enviarlos a la “casita” que Léonie tenía en Ramos Mejía. “Para los marinos esa casita de Léonie era un aguantadero: el lugar donde ellas les daban de comer a los más pobres y les daban algo de dinero.”

Los alegatos de ESMA empezaron la semana pasada con la reconstrucción de lo que sucedió con el grupo de las doce víctimas de la Iglesia de la Santa Cruz, secuestradas el 8 y 10 de diciembre de 1977, en vísperas de la publicación de la solicitada. Méndez Carrera y Luis Zamora completarán hoy ese alegato, profundizando en cuatro víctimas, entre ellas, las dos religiosas francesas de la Orden de las Misiones Extranjeras. En el transcurso de los dieciséis meses de audiencias, distintos testimonios permitieron reconstruir la vida de ellas. Declararon hermanos, familiares, religiosas y también militantes de Corrientes. Esos testimonios –muchos de los cuales no se escucharon en el Juicio a las Juntas, el primer momento en el que se juzgaron estos crímenes para condenar solamente a los jefes militares– iluminaron el día a día de las dos. El de Alice, dueña de la historia tal vez más conocida, y de Léonie, que, por ejemplo, el día del secuestro dejó arriba de la mesa de su casa el dinero necesario como para un pasaje de avión a Francia. Un dinero que los marinos no tocaron porque –según las hipótesis– no debían despertar sospechas en el barrio: Léonie tenía que recorrer quince metros entre la puerta de su casa y la calle, y si se daba cuenta de que la estaban secuestrando en ese trayecto podía poner en alerta a los vecinos, que la conocían muy bien, en un barrio en el que estaba desde hacía siete años.

La historia

Alice trabajó con las Ligas hasta marzo de 1977. “Las Ligas Agrarias eran un movimiento importantísimo en una Argentina feudal –dice Méndez Carrera–, donde estaban los barones del tabaco que explotaban a los pobres tabacaleros de una forma infame, los mataban de hambre, y toda esa economía se hacía con una producción muy artesanal, el que no tenía un tractor recurría al arado a mano, había hambre y la situación era espantosa porque los chicos si se enfermaban se morían, no de hambre pero sí por las enfermedades.”

Durante su estadía en Perugorría, Alice viajó a Francia para un encuentro de la orden. El capítulo se hizo en 1975, y en ese momento pidió ser relevada de los votos de la congregación. Méndez Carrera se detuvo bastante en ese dato durante la entrevista con Página/12 porque –en su hipótesis– es un dato que usaron los marinos para secularizarlas, para quitarles la estampa de religiosas y mencionarlas como “mujeres” y hacerlas entrar, de alguna manera, en el grupo de los enemigos a exterminar. Lo que él sostiene sobre ese momento, e intentó demostrarlo durante el juicio, es que pese a la renuncia, ellas no dejaron de ser monjas. Que en Francia hubo un cisma dentro de la congregación, que con ellas renunciaron otras quince religiosas y que cuando Alice volvió, se instaló en el mismo lugar de Perugorría donde estaba y mantuvo encuentros regulares con la jefa de su congregación.

“Perugorría era el corazón de la orden –dice el abogado–. Tan es así que cuando venía la superiora pasaba un mes ahí, se instalaba con ellas, miraba todo.”

En ese pueblo, Alice replicó el compromiso de su primer tiempo en Buenos Aires. Ella era especialista en catequesis para discapacitados. Cuando llegó de Francia, trabajó en la diócesis de Morón, donde atendió al hijo discapacitado del represor Jorge Videla. “El carisma de estas mujeres las llevaba a vivir como los más desamparados –sigue Méndez Carrera–. Antes de irse a Perugorría, ella estuvo en Villa Lugano cinco años y se instaló cerca del basurero, el lugar más próximo al basurero, porque ahí estaban las familias más desamparadas, las que vivían y comían basura.”

Para marzo de 1977, la dictadura había matado a un integrante de las Ligas, había desaparecido a otros, había secuestrado y otros estaban en vísperas de serlo. “O sea que fue un desastre –dice el abogado–. Y en ese marco, a ella le dicen que si no se va, van a seguir desapareciendo familias, así es que ella se viene a Buenos Aires para tratar de hacer gestiones, ayudar a las familia de allá, a las que estaban desaparecidas y a procurar la liberad de los otros y así fue como se vincula con Novak.”

El obispo Jorge Novak, de Quilmes, tenía una oficina de Justicia y Paz. Caty, el apodo con el que llamaban a Alice, “escuchaba y tomaba nota de todas aquellas personas con hijos desaparecidos y no sólo eso, sino que brindaba ayuda: aparte de apoyo espiritual estaba en el apoyo material que era tratar de brindarles el sustento para vivir. Ellas les daban plata y los acompañaban a hacer trámites para saber qué había pasado con esas personas”.

Uno de los testimonios que apuntalaron esa hipótesis en el juicio fue el de la superiora provincial Evelina Irma Lamartine: dos veces mencionó la palabra “conexión” entre Alice y Léonie, y Méndez Carrera asegura que recién entonces comprendió el hilo conductor de sus historias, dejó de preguntarse por un compromiso político más orgánico y entender lo que ahora define como el “carisma” de las dos. “Lamartine dijo que había una conexión con la casita de Léonie –explica Méndez Carrera–. Caty le llevaba esos grupitos a Léonie, ahí los alimentaban, porque había un problema de hambre, además. En lo de Léonie hacían una especie de parada, se organizaban. Alice preparaba recursos de hábeas corpus en el obispado y acompañaba a la gente a hacer las presentaciones o lo que fuera. Entonces, esa conexión que había entre Léonie y Alice era muy íntima. Alice se fue a vivir a lo de Léonie seis meses antes de ser secuestradas, vivían juntas y se querían profundamente.”

Léonie vivía en una casa con techo de chapa, al lado de una capilla de Ramos Mejía. Asistía al cura en las misas, era maestra de maestros de catequesis, y fundamental en el barrio. A Alice la secuestraron el 8 de diciembre en la Santa Cruz. Evelina le dijo a Léonie en ese momento que se fuera. Las tres habían estado detenidas tiempo antes en una de las redadas en Plaza de Mayo, con ellas también había estado otra de las compañeras, Ivonne Pierron, que luego salió del país en un avión de la Embajada de Francia. Léonie dijo que no, que no se iría, convencida de que Alice iba a salir en libertad. Y se iba a quedar a esperarla. El sábado siguiente, el día 10 de diciembre, el mismo día en que secuestraban a Azucena Villaflor en Avellaneda, también la secuestraron a ella.

La ESMA

El Tigre Acosta era el jefe de inteligencia de la ESMA. O en palabras de una de las testigos, “el director ejecutivo”. En las últimas audiencias habló y luego de horas, mencionó a las monjas, pero no las llamó monjas sino “mujeres”. Dijo que la ESMA durante la semana del secuestro estuvo cerrada. Y aunque admitió la infiltración de Alfredo Astiz y hasta la suya, intentó decir que ese secuestro no fue de la ESMA sino de otros. Que él el 10 de diciembre estaba soplando la torta de cumpleaños de su hija en Puerto Belgrano. “Una tomada de pelo –dice el abogado–, una parodia. Todos los datos que recogimos nos sirven para decir que ese tipo no estuvo en Puerto Belgrano, sino en Buenos Aires y si hubiese estado allá lo mismo sería responsable. Inventan cualquier cosa para justificarse, porque es la primera vez que están sentados en el banco de los acusados con una sentencia a punto de caer sobre sus cabezas, por homicidio a prisión perpetua, por hechos gravísimos, cometidos contra un grupo de civiles inermes, pero curiosamente este grupo de civiles inermes con sus pañuelos blancos los derrotó, porque si estos señores están ahí sentados es por el espíritu de lucha inquebrantable de todas estas mujeres.”

–¿Qué se sabe hoy del secuestro de Léonie?

–Del secuestro participan cuatro personas. Entre ellas, el Loco Suárez. Había sido teniente de la Marina, trabajaba en una empresa multinacional, trabajó en la Ford y la Coca-Cola de Córdoba. Era amante del rugby y de la caza mayor. Los sábados y domingos se dedicaba a ir a la ESMA a participar de operativos especiales. Y el Loco Suárez es el hilo conductor que nos permite llegar perfectamente a la ESMA, porque no era bombero, no era del Ejército: los sábados y domingos estaba ahí, porque el tipo lo hacía por deporte: así como cazaba elefantes en el Africa, salía a cazar monjas acá, es lo mismo.

–¿Cuál es la reconstrucción de lo que sucedió con ellas en el interior de la ESMA?

–Hicieron dos recorridos distintos: Caty estuvo en el sótano. Léonie en Capuchita, desde el sábado 10 hasta el domingo estuvo bien. Una de las testigos la ve rezando y diciendo: “Creo que mi hermana está acá también”. Cometieron la crueldad de separarlas, aunque luego las juntan para la foto. Las dos padecieron las torturas. Una testigo, Graciela García, contó que cuando a ella le aplicaron la picana en la vagina tuvo una gran infección, quiere decir que era común picanear a las mujeres en esa zona y tal es así que después la ven a Alice que no podía caminar. O sea que las destrozaron en la picana, aparte de haberle reventado la boca, el ojo, dejarle moretones en toda la cara, en los brazos, porque les pegaban y ellas se protegían, por eso tenían azules los brazos. Por las fechas que dio Acosta, y los datos de la causa, se supone que las trasladaron pocos días más tarde en el vuelo de la muerte del 14 de diciembre, en un avión manejado por los pilotos detenidos el martes. También se sabe que adentro de la ESMA Caty estuvo separada de Azucena. Pero que las dos, del mismo modo, preguntaban a todos los que veían por lo mismo: cuál es tu nombre. Les pedían los datos convencidas de que iban a salir. Alice además preguntó una y otra vez por el chico rubio, por cómo estaba, convencida de que entre los secuestrados también estaba Astiz.

Alejandra Dandan

Fuente: Página 12

11 diciembre 2010

Argentina: Presentan el libro de poesía, "Si Hamlet duda le daremos muerte"




“Hay que reconquistar el espacio ganado por el terror”

Medio centenar de poetas, muchos de ellos hijos de desaparecidos, leerán sus poemas en el lugar donde funcionó la ESMA. Se autoproclaman “heridos por la derrota, nunca obnubilados por ella” y proponen además un debate sobre el compromiso de las últimas generaciones.

Los detectives salvajes escupen un manojo de versos hilvanados con la potencia descanonizada del decir. Un puñado de poetas de distintos pelajes estéticos –que desmienten rotundamente con sus poemas eso de que, de noche, todos los gatos son pardos–, se autoproclaman “mestizos, plagiarios, menores, literales, inevitablemente huérfanos y olvidados; heridos por la derrota, nunca obnubilados por ella”, en uno de los prólogos de Si Hamlet duda le daremos muerte (Libros de la Talita Dorada), escrito por Julián Axat y Juan Aiub. Esta antología que nació para hablar “del margen de la poesía y no de su centro” despliega en un mismo plano 52 voces nacidas a la vera de los años ’70, en una línea que se expande hacia los ’80 y se cierra, por ahora, en 1990, al incluir, enhorabuena, a Camilo Blajaquis, el seudónimo de César González, el benjamín de los detectives. Los hermana, en el sentido pleno de la palabra, la invisibilidad que padecen frente a las voces de unos pocos poetas jóvenes que dominan el mercado. Los conecta, además, una herida que no deja de sangrar: la dictadura militar. Y se presentan en sociedad hoy a la 19 en el Espacio Cultural Nuestros Hijos, donde funcionó la ex Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, sigla y edificio que anuda lo que fue el núcleo duro de la actividad represiva y el terrorismo de Estado. En ese espacio que parece que habla no bien se traspasa el umbral de la Avenida del Libertador, leerán sus poemas Emiliano Bustos, Carlos Juárez Aldazábal, Alejandra Szir, Nicolás Prividera, Inés Aprea, Dafne Pidemunt, Alberto Elías, Leandro Barret, Fernando Alfón y Juan Pablo Bertazza, entre otros.

La luz de la palabra

Emiliano Bustos –gran poeta hijo de un poeta gigante de nombre Miguel Angel, desaparecido por la dictadura– rebobina el carretel de sus recuerdos para dar con un momento que quedó, para siempre, en su retina. “En el acto de entrega de la ex ESMA, hace seis años, vi a Néstor Kirchner caminar por la vereda, y lo seguí junto a mucha otra gente –cuenta Bustos a Página/12–. Luego quise escuchar los discursos desde adentro. Y mientras los escuchaba, recordaba las marchas de los últimos años de la dictadura; el avance de los familiares por Avenida de Mayo, tan milimétricamente cerca de toda la negación posible. Por eso entiendo que la memoria tenga sus monumentos, desde una baldosa hasta la ex ESMA. Personalmente me cuesta leer en ese lugar. Para mí la ESMA siempre fue otra cosa, pero la historia quiso dibujar un espacio de lectura ahí adentro, y hay que ocuparlo.” Los poetas intuyen que es difícil leer en la ex ESMA. Que tal vez los fantasmas de la memoria en los espacios vacíos se amplifican. Y duele más. Alberto Elías sugiere que leer en esa caja de resonancia del pasado-presente implica “llevar un poco de luz, a través de la poesía y de las distintas voces que formamos parte de esta antología, a un lugar que en un momento fue puras sombras”.

La venta de papel picado

En el saludablemente polémico “segundo” prólogo de Si Hamlet duda...”, titulado “Papel picado, Kerouac y Hamlet”, Bustos despeja la maleza de la vacilación cuando arranca con una anécdota. “¡Les vendimos papel picado!”, dijo un poeta de la llamada “generación del ’90” a la salida de unas jornadas sobre poesía argentina, en un centro cultural dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Bustos arroja preguntas a lo largo y ancho de ese texto; son preguntas dirigidas a un blanco preciso –aunque no mencione los nombres y apellidos correspondientes– que buscan perforar la epidermis de la tribu de críticos y poetas de los ’90. “¿Exitosos por vender papel picado? Por qué no –anota Bustos con la cuchilla de la ironía afiladísima–. Los poetas y los críticos, ¿no compran papel picado?”. Pero va por más cuando contrapone “épocas”. “¿Los setenta podían vender papel picado? Urondo, Santoro, Walsh, ¿vendían papel picado? –interroga Bustos, levantando la vara del debate que plantea–. Los lectores, ¿compraban papel picado? Y el poeta o crítico que compra papel picado, ¿qué hace?, ¿lo devuelve transformado?” Casi no queda resquicio para la duda, pero el remate, seguramente –sería lo esperado o deseable–, traerá mucha tela para cortar en blogs, revistas de poesía y suplementos culturales. “La venta de papel picado en la literatura argentina es un hecho y merece estudio.”

Se sabe que todas las generaciones de poetas han tenido sus fantasmas y sus padres. “Nosotros, poetas más o menos jóvenes pero actuales, padecimos la muerte de muchos padres y el posterior ocultamiento de cuerpos, lugares, obras”, subraya Bustos en su prólogo. “Como defensa no fue un mal ataque darles voz a los fantasmas. Pero, claro, el tiempo pasado entre fantasmas puede volverse demasiado real. Y entonces hay que dejar la duda, desmalezar, avanzar y largar peso. Pero largar peso –aclara– no es perder historia. Es criticar, discutir.” Bustos advierte que los ’90, precisamente, no se discutieron. ¿Por qué no se polemizó antes, “en tiempo presente”? “Me parece que a esta altura del partido se puede decir que la poesía de los ’90 es un fenómeno fundamentalmente exitoso –responde–. Ya a fines de los ’90, Arturo Carrera, un previsor, me hablaba de ‘estos chicos tan exitosos’. Hay merecimientos, claro, pero asimismo abruma el formato cerrado de esos merecimientos. Salvo excepciones, y a pesar de lo viejo que ya es todo eso, no veo voluntad en críticos y poetas de escaparle a esa lógica eminentemente ‘ganancial’.”


Algunos de los poetas participantes de la antología.
Foto: Carlos Aprea


Una nueva forma de lo político

“Ir a la ex ESMA es para mi generación como una peregrinación a la Meca –confirma Julián Axat–. Si a eso le agregamos que muchos de nosotros somos hijos de desaparecidos, es enfrentarnos con el agujero de mudez y fantasmas que aún nos susurran. Pero además, implica la necesidad de llevar allí una palabra-antorcha, la gesta común de una nueva forma de lo político dentro de lo poético.” El poeta y coordinador de la colección Los Detectives Salvajes –nombre que tomó prestado de una de las novelas emblemáticas de Roberto Bolaño–, que viene rescatando, desde 2007, la poesía inédita, escondida y silenciada por efecto del terrorismo de Estado –pero también publica poetas actuales, “los perdidos, menores, decadentes o mal paridos por el neoliberalismo poético”– explica la importancia que tiene el personaje shakespeariano que da título a la flamante antología. “Hamlet es el arquetipo para los que habiendo nacido en los ’70, los Hijos ya no biológicos sino literales, sufrimos el acoso del padre-espectro, también político-literario. La mejor manera de retomar esa voz sin imitarla es ir a bucear al lugar por antonomasia de su desaparición: la ex ESMA como enclave para repensar la transferencia generacional de la poesía y la política.”

¿Qué “dice” ese ecléctico margen constituido por 52 voces respecto de la memoria y el pasado? “La poesía siempre nace descentrada”, destaca Axat. “El problema es cuando aparece un seductor Mefistófeles que unge camarillas de poetas que consagran estilos. El registro poético ‘visible’ se centra y obtura como pequeño espacio reproductor de una voz dedicada a intercambiar dones al que muy pocos acceden. Me refiero a la derrota de la poesía que durante los ’90 consistió en reescribir a los abuelos de la poesía, pero bajo temáticas tales como el garche, la apatía, el de-sencanto, el ocio, el desencuentro, el spleen”, cuestiona el poeta. La antología Si Hamlet duda..., agrega Axat, “habla de nosotros y de nuestro pasado sin revolotear con la presencia de un padre poético desaparecido”. En los pliegues de cada una de las propuestas estéticas se percibe un mínimo denominador común. “Tratamos de triturar influencias sin caer en un panfleto –admite–, engendrar un virus que logre expandir la épica hacia las nuevas generaciones. La poesía, hecha por todos, irreverencia, profanación, polémica. La poesía, como la política, haciendo la guerra por otros medios.”

Los bordes de las heridas

¿Quiénes son estos 52 poetas que hoy leerán en un edificio que estuvo al servicio de la muerte? Las líneas no alcanzan para dar cuenta de cada una de estas voces que piden pista. Pero la mirada lectora captó, al azar, una seguidilla de versos que tal vez trazan mejor algunas coordenadas para configurar el “quién es quién” que la mera anécdota biográfica. “Mirar la muerte de reojo/en un espejo debidamente/colocado”, se lee en uno de los poemas del platense Andrés Szychowski, nacido en 1976. “Nadie puede medir el dolor./Lo sé y sin embargo uso el cuaderno/para eso”, escribe Alejandra Szir, nacida en 1971. Hay una muchacha cuyos versos tienen una energía arrolladora. Esa poeta, Dafne Pidemunt (1977), dice: “Roto el cordón umbilical/ningún juego es posible”. Aires nuevos para respirar trae Camilo Blajaquis, nacido en 1990: “La igualdad está lejos, pero el futuro viene/lento... pero viene/”. Otra muchacha, mendocina ella, nacida en 1979, Eliana Drajer, entrega una poesía de altos voltajes calóricos en “Puerto Quebrado” (ver aparte). “Aquí, en esta absurda ceremonia, no puedo hablar/ –se lee en uno de los poemas de Diego Roel (1980)–. Necesito una palabra nueva, una expresión más leve/. Un verbo que ilumine la noche del lenguaje.”

Estremece Gabriela Milone, nacida en la provincia de San Luis, en 1979, cuando arranca uno de sus poemas con una pregunta: “¿Mamá, me extrañás?”. A falta de espacio, hay que tajear, con perdón de los poetas, los textos. “La cajita de cristal fue tu vientre, mamá –sigue Milone–. Hoy duele la lengua/infante a destiempo,/y lo que queda es el mundo,/santuario de todas las quiebras,/infierno de cada latido/y de la sangre/en el sabor de una fe/.” Golpea, con todo su arsenal, Nicolás Prividera, el director y guionista del film M: “He visto/a las mejores cabezas de mi generación/destruidas por la estupidez./Jóvenes repitiendo viejos/gestos frívolos, entregados/al mercado como antes a la expulsión de los mercaderes/, en tiempos en que los poetas/profesan/la displicencia a cambio/de un lugar en la Academia (...)”. Eric Schierloh (1981) arremete con otro ropaje: “(...) el lagarto les habla a sus ancestros/bajo los últimos rayos del sol/y después lame/escamas de escarcha”.

Inés Aprea, nacida en La Plata en 1985, se pregunta en uno de sus poemas: “¿Será preciso hablar en el idioma de los padres? ¿Será un pecado capital hablar en la lengua trunca de los padres? ¿Repetir por pereza? ¿Imitar por soberbia?”. ¿Cómo vive Aprea la previa de la lectura en la ex ESMA? “Como acto físico, significa reconquistar el espacio ganado por el terror, por el dolor, por la tortura –subraya–. Como acto poético, implica recuperar el espacio ganado por el silencio, por el grito, por el llanto. Recuperar la palabra. En lo personal, estar presente ahí significa dar testimonio de esa recuperación. Porque la poesía es también testimonio de un tiempo, y este tiempo es propicio para la justicia, para el reencuentro, para la búsqueda colectiva. Todavía no hemos revertido la derrota de la dictadura, la derrota de los noventa con su “fin de la historia” a caballo. Pero empezamos a andar, y esta antología da cuenta de eso; estas voces empiezan a romper el silencio, a coser con palabras los bordes de las heridas. Por eso, que la ESMA se llene de nuestras voces es un hecho saludable. Lo celebro con mucho entusiasmo”.

El entusiasmo es compartido por Alejandra Szir, más allá de la carga emocional que el lugar tiene en sí mismo. “Siento que la poesía se impuso al terror de Estado; que haber recuperado los centros de detención para convertirlos en museo o en lugares para desarrollar tareas creativas es una conquista de nuestro pueblo.” El rosarino Leandro Barret (1977) elige una cita de Giorgio Agamben, como epígrafe de uno de sus poemas titulado “Hécuba”, que acaso cifre lo que se proponen los 52 poetas incluidos en la antología. “La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene.”

Silvina Friera

Fuente: Página 12


27 noviembre 2010

Causa ESMA: Testimonio de Cecilia De Vicenti, hija de Azucena Villaflor


“Papá murió de tristeza, esperando.”
Cecilia De Vicenti


La desaparición de su hijo Néstor transformó inesperadamente a Azucena en una militante de la búsqueda. Su hija contó cómo se había infiltrado Alfredo Astiz entre esas mujeres desesperadas y cómo organizó su secuestro y desaparición.

Una de las querellas le preguntó qué era eso que se había olvidado de contar. Algo que tenía que ver con su padre. Cecilia de Vincenti entonces lo explicó. Era sobre una vez en la que se puso a cocinar como lo venía haciendo desde el secuestro de su madre, pero que se le ocurrió hacer todos los bifes que había en la casa. Su padre se enojó mucho pero mucho mucho, explicó. Y le dijo: “Si viene tu mamá, ¡decime qué le vas a dar de comer!”.

Cecilia se había sentado por primera vez en la silla de la sala de audiencias de los Tribunales Federales de Comodoro Py para declarar en el juicio por los crímenes de la ESMA. Estaba ahí para hablar del secuestro de su madre, Azucena Villaflor, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, ante el Tribunal Oral Federal Nº 5, que investiga los crímenes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Hasta ese momento, había pasado uno de los militantes de las Ligas Agrarias, el espacio de trabajo político de la zona de Corrientes al que se sumó la monja francesa Alice Domon.

Cecilia contó después una parte de la historia de su madre, esa que empezó el 30 de noviembre de 1976 con el secuestro de su hermano Néstor. Un grupo de tareas lo secuestró en la casa. Llegaron y lo esperaron porque sólo estaba su mujer. Se llevaron a los dos después de golpearlos, y todavía estaban con vida. Néstor solía llamar todos los días a Azucena o visitarla. Ese día no lo hizo. “Mi mamá se empezó a preocupar.” Un vecino les contó, otro poco lo hizo la dueña del lugar que alquilaban: “Mi mamá a partir de ese momento empezó a estar llorosa y triste, pero a pesar de eso hizo todo: empezó a ir a las comisarías, hospitales, logró que un abogado le firmara un hábeas corpus: la vida de mi mamá cambia, su actividad empezó a ser ir a lugares donde les decían que iban a tener novedades”.


Azucena Villaflor con su hijo


Para el mes de abril se encontró con un grupo de madres y de personas en la Vicaría Castrense. Marcos Zucker estaba muy triste. “Y mi mamá dijo públicamente que deberían encontrarse en la Plaza de Mayo, que era el lugar donde tenía que presentarle a Videla un petitorio para que les dijeran qué estaba pasando con cada uno de los hijos.”

Como una fecha que no se borra ni se cambia, Cecilia repitió la fecha del 30 de abril: era sábado, dijo, catorce mujeres se reunieron en la Plaza de Mayo. “Ahí se dan cuenta de que un sábado no tenía sentido, que debían verse un día de semana; una de las madres dijo que viernes no porque era día de brujas y a partir de ahí se instauró los jueves: todos los jueves se instalaron en la Plaza de Mayo.”

Cecilia iba a la escuela secundaria. En la plaza había cada vez más madres. Alguna vez, ella se encontró con alguna en su casa. Entre ellas, María del Rosario Cerrutti y Nora Cortiñas, charlando y preparando actividades.

“Hasta ese momento mi mamá era un ama de casa que se ocupaba de sus hijos y del marido. Siempre preparaba la comida al mediodía, o la encontrabas cebando mate a la tarde y ayudando con las tareas escolares y extraescolares, pero a partir de ese momento al mediodía me dejaba la comida preparada y salía a tener su actividad. Iban a muchas iglesias a hablar, me acuerdo de Novak en Quilmes.”

Alrededor de octubre, en la iglesia San Nicolás de Bari, le presentaron a Alfredo Astiz como Gustavo Niño. “Le dice que tenía un hermano mellizo desaparecido, que se llamaba Horacio y que su mamá no podía venir a Buenos Aires porque estaba muy enferma.” A partir de ahí, “Astiz se infiltra en las madres, gana cariño porque tiene más o menos la edad de Néstor y de los hijos de las madres, lo cuidaban, le decían que no se expusiera, que los varones mejor era que no vayan, que mejor era ser madre, que a las madres no les va a pasar nada”.

Como lo contó tiempo atrás María del Rosario Cerrutti, un día, mientras preparaban una actividad, Astiz no tenía dónde quedarse a dormir. “Mi mamá le dice a mi papá si se podía quedar en casa porque la actividad era al otro día temprano.” Carmelo dijo que no. De ninguna manera. Que Azucena entraba y salía de la casa, pero que en la casa había una hija adolescente, que no se podía quedar ningún varón.

Cecilia no sabe si fue mejor o peor. Peor, porque si Astiz se hubiese quedado ahora podría reconocerlo. Pero por otro lado cree que así fue mejor: “Haber dormido con un torturador en la casa debe ser terrible”.


Azucena fue una de las madres marcadas por Alfredo Astiz,
camuflado como Gustavo Niño.


En la sala se había sentado Ricardo Cavallo en la línea de acusados. En el piso de arriba, donde suele acomodarse orondamente la flotilla de camaradas, alguien intentaba buscarlo con la vista poco más tarde. ¿Está Ricki?, preguntó. ¿Y, lo ves? ¿Saluda? Esperá, le decía una mujer: esperá que se ponga los lentes.

En octubre de 1977 un grupo de madres cayó en una emboscada. Las subieron a colectivos y las llevaron detenidas a una comisaría. Les preguntaron una por una quiénes eran y qué estaban haciendo. Todas respondieron que estaban buscando a los hijos desaparecidos. Mientras tanto, una madre avisó a la familia. Carmelo fue a buscar a Azucena y empezó a decirle que se tenía que cuidar. “Mi mamá firmaba todo con su nombre y apellido, ponía la dirección de mi casa, mi papá le decía que se cuidara que tenía otros hijos además de Néstor, pero ella decía que no, que tenía que buscar a Néstor y saber qué había pasado con él.”

El 8 de diciembre se hace el operativo en la Iglesia de Santa Cruz en el que secuestran a Alice Domon pero además a dos de las madres, Esther Careaga y María Ponce de Bianco. El 10 iba a salir la solicitada con la primera lista de nombres, apellidos y DNI de las personas que buscaban. Azucena no dijo nada en su casa: “El viernes fue un día con mucha actividad, a la tarde estuvo con mi tía cebando mate, alrededor de las ocho de la noche llegó Aida Sarti y se puso a conversar con mi mamá”. Cecilia y Azucena la acompañaron después a la esquina de Mitre. “La cara de mi mamá no era la misma, tenía los ojos más salidos, cara de preocupación, ojos llorosos, yo esperaba a las diez de la noche porque empezaba una novela de Migré, y le digo: ‘¿Mamá. qué te pasa, estás rara?’”. “Lo que pasa”, le dijo Azucena, “es que se llevaron a un grupo de madres de la Iglesia Santa Cruz pero no sé cómo contárselo a tu padre. A la mañana, cuando te levantes a cebarle mate antes de que se vaya a trabajar, se lo decís”, le dijo su hija. Al día siguiente, su padre se fue a trabajar, Azucena salió a comprar el diario con la solicitada, compró facturas y volvió a la casa. Golpeó la puerta del cuarto de Cecilia: “Me dijo: ‘Nena. ¿qué querés comer?, ¿carne o pescado?’. Yo le dije pescado, y ella me dijo: ‘Qué suerte, así voy a comprar otro ejemplar del diario porque éste salió borroso’”.

A Azucena la secuestraron cuando cruzaba la avenida Mitre. Un grupo de dos autos y ocho hombres la encerró. Trató de resistirse. Un colectivo de la línea 98 intentó parar para ver qué pasaba, pero apuntándolo le ordenaron seguir de largo. La señora que ayudaba en la casa despertó a Cecilia diciéndole que habían “levantado” a la madre. Ella que no entendía que levantar era lo que era, pensó en cambiarse y salir a Mitre para ver un accidente. Y Elvira le dijo: “Se la llevaron a tu mamá como a tu hermano”.

Cecilia levantó los papelitos con los nombres de los desaparecidos que estaban en la casa. Los guardó en bolsas de comprar y los llevó a casa de una vecina abajo de dos botellas por si llegaban a buscarlos. Entre los papeles estaba el nombre de Horacio y Gustavo Niño.

Carmelo murió antes del retorno de la democracia. Nunca supo qué pasó con Azucena. María del Rosario los visitaba los sábados a la tarde, les contaba novedades y Carmelo se sumó los jueves a las rondas de las Madres. “No podía soportar la vida sin mi mamá –dijo Cecilia–: todos los días creía que iban a venir, que se la habían llevado para darle un susto porque no tenía militancia más que en la búsqueda de saber qué había pasado con sus hijos, así que se muere de tristeza.” Era habitual encontrarlo a las tardes sentado en la puerta de casa, mirando a la avenida Mitre, llorando y esperando que Azucena volviera.

En ese ir y venir del juicio, alguien le preguntó a Cecilia poco más sobre su madre. Le dijo “perdón por la pregunta, pero ¿cómo era su madre?” Era un abogado de la querella. Cecilia contó cómo organizaba en el barrio a los vecinos para conseguir cosas como el gas natural o que cuando desapareció Néstor levantó firmas entre los vecinos para que le ayudaran a decir que era un muchacho trabajador, buen vecino y solidario. “Creo que así fue, que lo que hizo por Néstor lo hubiese hecho por otros: era mujer de armas tomar, que no se iba a quedar quieta.”

Alejandra Dandan

Fuente: Página 12


17 setiembre 2010

Causa ESMA: “La tortura de mi madre sigue”




Daniel Cabezas recordó que su hermano Gustavo permanece desaparecido y dijo que Thelma “todavía sueña” con quienes la secuestraron y la torturaron. Aportó grabaciones de charlas que tuvo con su madre cuando la sacaban de la ESMA para dar notas a la prensa.

Recuperó el casete en 1990, cuando regresó a México a buscar alguna de sus pertenencias. Lo escuchó una sola vez. Tenía grabada una de las conversaciones telefónicas que mantuvo con su madre mientras ella estaba secuestrada en la ESMA. Nunca más volvió a escucharlo. “Me daba mucha vergüenza oírla porque todo era muy complejo, se mezclaban las conversaciones entre madre e hijo y entre los dos que además éramos militantes.” Daniel Cabezas aportó ese material, hasta ahora inédito, en la audiencia del juicio oral sobre los crímenes del principal campo de concentración de los marinos. La voz era de su madre, Thelma Jara de Cabezas, una de las primeras integrantes de la Comisión de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas.

–Hola mamá, ¿cómo estás? –le preguntó ese 3 de diciembre de 1979 él, desde México.

–Muy bien –le dijo ella, hablaba desde la casa de una vecina de su hermana, costurera de un barrio, adonde los represores habían empezado a llevarla en diciembre los sábados a la noche, para dejarla veinticuatro horas. “Yo comprendo que te cueste entender algunas cosas –dijo Thelma–, no pienses que traicioné a nadie, sé que te va a costar entender, pero es mi forma de seguir luchando.” Poco después, iba a decirle que tenía “mucha confianza en estas personas”, que algunos “tenían valores muy grandes” y trataban de ayudarlos. Pero explicó: “Acá hay muchos chicos que pueden correr la misma suerte, con los que estoy conviviendo... muchos chicos a los que puedo volcar todo mi amor, que están como yo... son treinta o cuarenta... hay otros que salieron.”

Daniel le preguntó por la ESMA. “Esto tenés que tratar de no decirlo nunca, ni repetirlo por favor porque entonces se nos viene todo abajo.” Ella le explicó que la habían secuestrado y que dejara de buscarla.

“Decidí aportarlo ahora –explicó Daniel–, porque puedo verlo a la distancia: porque entendí que ella lo que me estaba diciendo era que quería salvarles la vida a esos treinta o cuarenta chicos que había en la Escuela de Mecánica de la Armada que son los nombres que dio en sus primeras declaraciones testimoniales.”

A Thelma Jara de Cabezas la secuestran el 30 de abril de 1979. Una hora después de secuestrarla la estaban torturando en la ESMA. “Cuando llega, le sacan la capucha, las vendas que le habían puesto y la enfrentan con Marcelo, que después con los años supo que era Ricardo Cavallo”, el mismo represor que metros más adelante, como en cada audiencia del juicio, observaba todo a través de su computadora.

Thelma ya era un personaje público. En 1975, uno de sus hijos había empezado a militar en la UES. Thelma juntaba en su casa a los amigos de Gustavo, la mayoría con mayor o menor grado de responsabilidad en Montoneros. El 10 de mayo de 1976 una patota secuestró a Gustavo. Estaba con María Florencia Villagra, a quien mataron a tiros por la espalda. A Gustavo lo llevaron al Batallón 601 de Boulogne. No volvieron a verlo.

Thelma empezó una búsqueda que desembocó en la organización de la Comisión de Familiares de la que fue secretaria. Daniel partió a México.

En 1979 a Thelma la invitaron a una reunión de Montoneros en Roma. “Y ella acepta porque en cada una de los lugares donde iba podía contar lo que estaba sucediendo”, dijo Daniel.

Cuando llegó a la ESMA, la saludó Cavallo. Le pegó una cachetada, la torturaron y le preguntaron por los contactos de Montoneros en Roma. Las torturas se repitieron otras dos veces. Entre cada sesión le pedían que escribiera una carta. La primera, dirigida a su madre y a la Comisión de Familiares, para decirles que no la buscaran porque se había ido a Uruguay. La carta, aportada por su hijo ayer en la causa, fue escrita el 1º de mayo de 1979 y las estampillas señalan todavía la fecha del 2 de mayo con la procedencia de Colonia. Luego de la siguiente tortura la obligaron a escribirle a Videla, entre otros, para decirle que se iba del país porque la estaban buscando los Montoneros.

“Ahí empieza la campaña contra mi madre para desprestigiar a los organismos y frenar lo que se estaba denunciando.” Daniel habló varias veces de esa campaña, una operación que con el paso del tiempo terminó mostrando además la relación de la dictadura con la prensa. La obligaron a dar un reportaje. La sentaron un día de agosto en la confitería Selquet ante un reportero de la revista Para Ti. La habían llevado a una peluquería, le habían comprado ropa y la habían hecho ensayar lo que debía decir. Thelma se sentó, empezó a hablar frente a un grabador y mencionó a su hijo desaparecido. En ese momento –recordó Daniel–, el fotógrafo de la revista, Tito La Penna, le apagó el grabador al reportero. “¡No te das cuenta de lo que está diciendo!”

Pero el operativo prensa había empezado poco antes. Un día la pararon en la Panamericana, ante unos carteles que simulaban ser escenas de Uruguay para una foto. Como no sirvieron, Cavallo la llevó a repetir las tomas a Uruguay. Viajó otras dos veces, y en medio de la visita al país de la comisión de la OEA la sentaron frente a dos periodistas de The News World, un periódico de la secta Moon. El traductor era un marino del Centro Piloto de París. La nota fue reproducida por Télam y varios diarios la repitieron. “Hoy se habla de golpe cívico-militar –dijo Daniel–: tanto Télam como Clarín y La Nación eran socios de la dictadura.” Tenían sus agentes, agregó, “Chiche Gelblung, Mirtha Legrand, Joaquín Morales Solá defendían todo lo que la dictadura decía a través de sus equipos.”

Thelma empezó a salir de la ESMA para ir a la casa de su hermana. Daniel empezó a comunicarse y grabó tres de esas conversaciones. Dos con su tía, una con su madre. En el primer diálogo con su tía hablaban de un encuentro que Daniel quería tener con su madre y de “los amigos”, el modo de omitir el nombre de los represores.

–¿Puedo verla?

–Eso es lo que pasa –le dice la tía–, porque parece ser que las garantías serían para acá.

–¿Está “con los amigos”?

–No, está sola.

–¿Esperan en la puerta?

–No, ya no, vienen por ejemplo y la buscan a las 24 horas.

–¿Está ahí?

–Sí.

–¿Por qué no me habla? ¿Los vecinos no saben que está?

–Exactamente.

Luego se produce la charla con la madre. El le pregunta por Para Ti. Ella dice que está “todo acomodado”. Repite que “no sé cuándo voy a estar en total libertad... aunque te cueste entenderlo, aunque sea poco lo que te puedo trasmitir... vos tenés que dejar de hacer cosas en el exterior”. Y luego, cuando ella le dice que algunos militares son “maravillosos”, él intenta convencerla de que lo que le está pasando a ella les pasó a otros que ahora están afuera y hacen denuncias. Sí, le dice ella, pero adversas. Y vuelve a decirle que deje de hacer denuncias en el exterior.

Si me lo permite, pidió Daniel al final, “la tortura de mi madre comenzó el 10 de mayo de 1976 y sigue hasta hoy, porque mi hermano sigue desaparecido: ella todavía sueña con esa gente”.

Thelma Jara de Cabezas está con presión arterial alta y dilatación en la aorta, por eso no va a ir a declarar.

Alejandra Dandan

Fuente: Página 12


11 setiembre 2010

Argentina: Ojos que ven


El Tribunal Oral Federal Nro 5 prohibió que las cámaras –de foto o video– registren el juicio que se les sigue a los responsables de la ESMA durante la dictadura por crímenes de lesa humanidad. Pero la memoria tiene sus estrategias y desde la agrupación Hij@s y la Universidad de Buenos Aires se hizo una convocatoria para que el registro gráfico de esas audiencias históricas lo hicieran a pulso estudiantes del Instituto de Arte.

“Vengan a dibujar en los juicios a los genocidas en los tribunales de Comodoro Py. No se los puede filmar, no se los puede fotografiar, pero se los puede dibujar. Los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado durante la última dictadura cívico-militar están siendo juzgados porque las heridas han agraviado a la humanidad”, expresa la convocatoria que el Departamento de Artes Visuales del IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte) y la organización Hij@s lanzaron en mayo pasado. Desde entonces, el Tribunal Oral Federal (TOF) Nº 5, donde están siendo juzgados los represores responsables de la ESMA, cuenta entre su público a los alumnos y alumnas del IUNA que ponen el cuerpo en las audiencias y se dedican a registrar a través del dibujo lo que no puede dejar grabado la tecnología.

“En estos juicios podemos escuchar a las víctimas y a los victimarios, y verlos. La palabra en vivo que describe los hechos aberrantes supera y conmueve más que la palabra escrita. Ir a ver los juicios para convertirlos en obras expresivas nos parece una lección de militancia por la vida. Por eso alentamos a todos a participar con sus armas vitales de comunicación, sensibilidad y estética”, afirma Julio Flores, decano del Departamento de Artes Visuales del IUNA, al referirse a la iniciativa abordada como un trabajo constante por la plena vigencia de la Memoria y la Justicia junto a los estudiantes.

La Sala de Audiencias del TOF Nº 5 está ubicada en el subsuelo del edificio de Comodoro Py 2002, en Retiro. LasI12 compartió allí con alumnos del IUNA e integrantes de Hij@s una jornada del juicio, en la que lo ocurrido en la ESMA resurgió con enorme crudeza en los relatos de los sobrevivientes que hablan mirando a los ojos a quienes han sido sus verdugos.

El público, ubicado detrás de una mampara de vidrio, sólo ve sus espaldas, los dibujantes y los familiares también. De frente sólo es posible observar a los tres integrantes del tribunal y al testigo querellante. En la jornada están presentes como imputados el ex oficial de la Armada e integrante del GT3 (Grupo de Tareas 3) Juan Carlos Rolón; y Ricardo Miguel Cavallo, ex teniente de fragata y parte del mismo grupo de tareas; dos de los 18 represores que están siendo juzgados en la causa ESMA. Las y los dibujantes vuelven una y otra vez a las distintas imágenes que es posible captar en la sala; entre el público varios pañuelos blancos identifican la presencia de Madres; sobrevivientes y militantes solidarios con los querellantes presencian la audiencia; y familiares de desaparecidos asisten con la esperanza de saber algo más sobre los suyos o ver de cerca a quienes han sido los responsables del dolor que no cesa.

Eva Cuevas (21), una de las alumnas del IUNA, dibuja a Andrés Castillo, el primer testigo del día, un militante bancario secuestrado por los marinos en mayo de 1977 y liberado en 1979. Pasó casi dos años en el sector conocido como Capucha, donde reemplazaron su nombre por el número 313. Eva no quiere perder palabra y a la vez intenta trasladar al papel cada una de las expresiones del sobreviviente.

Durante el receso, las estudiantes del IUNA, Eva Cuevas y Anabella Linzalata Raso, junto a Gisella Pícolo, coordinadora de Artes Visuales, cambian impresiones acerca del juicio. Eva no tiene familiares desaparecidos, pero siempre estuvo cerca de la agrupación Hij@s y se siente muy apoyada por ellos cuando va a dibujar en los juicios. “Es fuertísimo para mí presenciar los testimonios y ver a los represores, pero los chicos de Hij@s nos acompañan y nos contienen, en los descansos tomamos mate y salimos de la sala para conversar y relajarnos un poco. Dibujamos lo que elegimos. Yo me volqué siempre a dibujar situaciones de abrazos entre familiares, es libre.”

Anabella, de alguna manera, disfruta de la oportunidad que le dio la iniciativa: “Poder tener un modelo con historia cobra un valor extraordinario y genera emociones muy especiales. Estoy dibujando a una de las Madres de espaldas y también su reflejo de frente en los vidrios que nos separan de los abogados. En estas jornadas te das cuenta de cuánto sabíamos de las víctimas –a veces de manera estereotipada– y qué poco de los represores. Aquí los vemos en carne y hueso; y en todos sus matices, hay tantos como en la pintura...”.

Liliana Demaio, rectora del IUNA, sub-raya que el programa se enmarca en una política que lleva adelante la Universidad iniciada con la realización de homenajes a alumnos y profesores desaparecidos de la institución. “Tenemos una comisión de Inclusión y Derechos Humanos en la que discutimos y elaboramos políticas al interior de las cátedras y a nivel artístico para incrementar la visibilidad de los derechos humanos. La idea es reunir en un libro los trabajos de quienes dibujan durante las audiencias.”

Noemi Ciollaro

Fuente: Página 12


27 marzo 2010

Del horror a la memoria





Regreso a las tierras que a uno lo vieron nacer. De allí al primer acto de nuestra realidad: en la ESMA, presentación del libro Historia del Terrorismo de Estado en la Argentina. La inesperada fantasía de la realidad. La historia de toda la crueldad presentada en el antro de la máxima y cobarde ignominia de nuestra historia. Que cometieron las denominadas Fuerzas Armadas. En este caso la marina de guerra, de uniforme azul, camisa blanca y manchas de sangre que nunca podrán borrar. Massera, Astiz y algunos apodados “tigres”, sí, tigres que atacaron a Madres que llevaban como única arma pañuelos blancos en sus cabezas. La ESMA, un antro de perversión absoluta, donde se pisoteó la nobleza humana en todas sus ideas y generosidades. Antes de preguntar “¿Qué nos pasó a los argentinos desde aquellos generosos llamados del 25 de Mayo de 1810?”, me paseo por esos patios. Auschwitz, ESMA. Pienso en esas tres primeras Madres: Azucena, Mary y Esther, tiradas en el suelo durante el invierno, en un calabozo para una sola persona, sin mantas para cubrirse. Y, después, llevadas a un avión de la “gloriosa” marina de guerra argentina y arrojadas con vida al mar. La máxima hazaña de nuestros marinos en su historia contemporánea.

La ESMA. Ahora un ámbito para la cultura, el debate de las ideas, el recuerdo de las acciones a fin de lograr el “Nunca Más” para nuestros hijos, nietos y todas las generaciones que habiten en una tierra que sea sede de la paz eterna y el respeto por la vida.

La lucha de las Madres ha convertido a la ESMA de la más siniestra mazmorra de nuestra historia en una casa del saber y la esperanza. Camino por sus patios. Me encuentro con el Walsh aquel de los fraternos abrazos. Pienso: aquí respiró su último aire de vida. Mataron la mente más clara, la mano más generosa. La esperanza con seis alas. Astiz (en ese nombre está todo dicho. No falta agregar nada a la infamia. Sólo basta pronunciarlo para darnos cuenta y poder definir lo que es la suciedad, lo sucio, la basura).

Dialogo en silencio con Rodolfo frente al casino de oficiales, el lugar maldito de los prisioneros. Me dice que está preparando un coro de ángeles que vendrán a la tierra criolla a devolverles las tierras comunitarias a los pueblos originarios. Le quiero advertir de los peligros, que modere un poco su idealismo, pero no me escucha y me dice que luego bajará con otro coro de ángeles negros que harán la reforma agraria en las pampas que Roca manchó de sangre para siempre... Me quedo mudo, lo veo alejarse, y desde lejos me convence: “Vendrán con música, danza y tambores”, me dice. Espantados pasan en ese instante unos fantasmas con rostros asesinos y uniforme. Oigo que uno dice: “El tipo ése todavía no aprendió nada”.

Me convenció, Rodolfo, sigue siendo el mismo, me digo. Pienso en aquellos que marcaron rumbos y cuyo recuerdo queda para siempre. Y en los destructores, los que quedan en el sótano del Mal, del egoísmo, los torturadores de la sonrisa.

El exilio. Me toca en Córdoba presentar el libro de Norberto Negro La vuelta al mundo en varias vidas. Los nietos de los inmigrantes vuelven a la tierra de los antepasados como exiliados. La melancolía. El comenzar todo de nuevo. O no. El resignar. O no.

Después aprovecho para recorrer las calles que caminó Tosco en el Cordobazo. Puro coraje civil. El honesto por excelencia que quería terminar con el juego de la politiquería y de la humillación. Agustín Tosco. Córdoba tiene para siempre a su Héroe del Pueblo. A su Hijo del Pueblo, como llamaban los libertarios a quienes daban todo por la solidaridad.

Sigo por las calles cordobesas. Me sale al encuentro un grupo de obreros de Fiat-Iveco. Están muy tristes y con bronca. Me relatan el caso del delegado Hernán Puddu. Me dan detalles: La empresa Iveco despidió el año pasado a la totalidad del personal “contratado”, alrededor de 350 obreros. El delegado Puddu consideró que los obreros “contratados” tienen el mismo derecho que los obreros “efectivos”. Comenzó entonces la lucha por la fuente de trabajo. Los despedidos fueron acompañados en las manifestaciones por sus mujeres, que jugaron un papel protagónico. La empresa reaccionó y suspendió a Puddu. La Justicia cordobesa falló a favor del delegado, pero la empresa no lo aceptó. Y no le permitió llevar a cabo sus tareas gremiales. Y aquí ocurre lo increíble. El sindicato no lo defiende a Puddu, lo deja solo. Realidades sindicales argentinas. “Internas”, que le llaman. Y luego, lo impensado: en un congreso de San Luis, el sindicato Smata expulsa a Puddu. Se basan en que Puddu no había firmado la aceptación de los despidos de los “contratados”, pero el sindicato, sí. Se habla de “relaciones carnales” entre el sindicato y la empresa. El secretario general de Smata Córdoba, Omar Dragún, acusa a Puddu de “volver a instalar el caos en la Argentina” y además de estar “vinculado con los derechos humanos”. Los obreros que me hablan me dicen que muchos de los “señores dirigentes sindicales” hoy viven en countries.

Creo vivir una fantasía de la realidad. Que en Córdoba, la ciudad de Agustín Tosco, la ciudad del Cordobazo, ocurran estas cosas, no, no, y murmuro una vez más: “Pero ¿qué nos pasa a los argentinos?” (por otra parte, como detalle imperdible, la empresa apoya al campeonato mundial de fútbol, tal cual se hizo en la dictadura del ’78. Un detalle, apenas, pero para bajar la cabeza).

El delegado Puddu ha recurrido al Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación) y a la Justicia. Mientras tanto, Puddu es apoyado por organizaciones de derechos humanos y también por bibliotecas populares.

Nuevamente pienso: del Cordobazo, del gremio Sitrac-Sitram, a esto. Sí, fantasías de nuestra realidad. Pero realidad al fin. Nos ponemos tristes. La ética también tiene que ser respetada por el sindicalismo entronizado. Debe defender que hombres dignos como Puddu sean protagonistas en la vida gremial. Sólo así se logrará dignidad y no con los enjuagues y las jugarretas seudojudiciales destinadas a mantener las distancias en la sociedad.

Vuelvo a Buenos Aires y me toca ser uno de los oradores que va a defender el proyecto del intelectual argentino Marcelo Fabián Monges –que vive en México– acerca de una propuesta para penalizar el golpe de Estado como delito jurídico internacional y de una convención contra los golpes de Estado. Aquí se ha tenido como ejemplo el golpe de Estado en Honduras donde la OEA y la ONU condenaron ese golpe en una actitud sin precedentes. Y también que, tanto a los golpistas como a sus colaboradores se los detenga cuando salen al exterior y se les haga juicio por delito de lesa humanidad. Nunca más dar refugio a los autores de asesinatos políticos, prisiones por ideología, torturas, crímenes, desapariciones, todo eso engendrado en los golpes militares –casi siempre impulsados por los poderes económicos– que han llevado la tragedia a naciones que convivían en paz y democracia.

De llevarse a la realidad este proyecto de Monges las democracias adquirirían más seguridad en sus instituciones. Sería un primer paso. El ejemplo argentino es clásico. Las Fuerzas Armadas han arrasado el poder democrático catorce veces en su historia terminando con los derechos de todos sus habitantes. La última vez culminó con uno de los métodos criminales más sádicos de la historia de la humanidad. Claro está que golpe es todo aquello que se hace desde el poder militar o desde el poder económico y no las reacciones populares en pos de más justicia social. Aquellos golpes trajeron no sólo la muerte, cárcel o exilio para los que resistieron sino que también sirvieron para cancelar los derechos de reunión, de asociación, de información, de libre expresión y la quema de libros. Por supuesto que esto no quiere decir que el habitante de un país gobernado por una dictadura renuncie a la resistencia esperando la reacción del exterior. No, este proyecto les da más fuerza a todos aquellos que no aceptan órdenes dictatoriales.

Un proyecto que debería debatirse en todas las universidades del país, en los centros culturales y barriales, en organizaciones sindicales y, principalmente, en los partidos políticos, los cuales deberían designar a un responsable para que lo lleve adelante.

Se abre una esperanza para el coro de ángeles que nos prepara Rodolfo.

Osvaldo Bayer

Fuente: Página 12