10 diciembre 2008

JUAN GELMAN ESCRIBE CONTRA “LOS ORGANIZADORES DEL OLVIDO”



“El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración”


El Ministerio de Cultura español promovió el Primer Encuentro Internacional de Memoria Histórica en la Universidad de Salamanca, la misma donde Miguel de Unamuno enfrentó al dirigente franquista Millán de Astray cuando éste entró a los claustros pistola en mano gritando “Viva la muerte, abajo la inteligencia”. En esa reunión, de la que participaron delegaciones de Chile, Argentina, República Dominicana, Portugal y Alemania, el poeta y columnista de Página/12 fue el encargado de realizar la conferencia inaugural sobre “el imperativo moral de la memoria colectiva”.


Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sanguíneos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”. Ha pasado mucho tiempo desde la de-saparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía. No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.

El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. “Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.

“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. “¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.” El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.

“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo. ¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor? ¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola? ¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella? Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.

Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes. La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.

Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.

La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”. La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.

Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.

El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.

¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales? El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”. Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.

Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.

Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación. Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.

En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”. Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

Juan Gelman

Fuente: Página 12






06 diciembre 2008

Manuel Capella recibe el Premio Morosoli 2008



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Manuel recibe hoy a las 19.30 hs., el Premio Morosoli 2008 que entrega la Fundación Lolita Rubial.

Dicha distinción se entrega a distintas personalidades, que con su aporte han contribuido y/o desempeñan un papel trascendente en el desarrollo de una Cultura e Identidad nacional.

El premio ha sido declarado de Interés Cultural por el Ministerio de Educación y Cultura y de Interés Turístico por el Ministerio de Turismo y Deporte. Cuenta con el apoyo y respaldo de todas las Universidades Uruguayas, la Cátedra UNESCO de Derechos Humanos - UDELAR-, la Cátedra UNESCO de Comunicación Social - UCUDAL-, la Asociación de Universidades "Grupo Montevideo" (Asociación de Universidades Públicas del MERCOSUR), la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, y el Instituto Pasteur de Montevideo.

La entrega se llevará a cabo en la Catedral de la ciudad de Minas a las 19.30 hs.





01 diciembre 2008

20 años de lucha contra el SIDA





La presentación hoy de un nuevo informe sobre la situación de los niños y madres afectadas por el VIH/SIDA en el mundo encabezará las actividades en la ONU por el Día Mundial de Lucha contra el SIDA.

Establecido en 1988 durante una Conferencia Mundial de Ministros de Salud celebrada en Londres, la efeméride es recordada con numerosas actividades en todas partes del orbe.

En esta sede de la ONU se prevé la presentación de un informe sobre Niños y Madres afectados por el VIH/SIDA, a cargo del jefe de la sección de VIH/SIDA del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, Jimmy Kolker. Junto a él estarán Bertil Lindblad, jefe del Programa Conjunto de la ONU sobre VIH/SIDA (ONUSIDA) en Nueva York; Andrey Pirogov, director ejecutivo de la oficina de la Organización Mundial de la Salud en esta sede, y el presidente del club de Fútbol Barcelona, Joan Laporta.

La efeméride constituye una ocasión ideal para llamar al mundo a unir esfuerzos para frenar la expansión de esta pandemia, desarrollar actividades preventivas e implementar programas de apoyo y cuidado a personas que viven con la enfermedad.

Con 33 millones de portadores del VIH en el mundo en el 2007, la disminución de nuevas infecciones en unas partes del mundo queda contrarrestada por el incremento en otras regiones.

Un informe de ONUSIDA, divulgado en vísperas de este día mundial, subraya que África Subsahariana se mantiene como el área más afectada por el VIH, ya que allí reside el 67 por ciento de portadores y se produjeron el 72 por ciento de las muertes a nivel mundial el pasado año.

La epidemia mundial se está estabilizando, pero a un nivel inaceptablemente alto, considera este reporte, que puntualiza que fuera de África las infecciones prosiguen en alza en varios Estados. Añade que mientras a nivel mundial el porcentaje de mujeres portadores del VIH prosigue estable, alrededor del 50 por ciento, estas estadísticas muestran un alza en algunas zonas.

Entre los jóvenes africanos, por ejemplo, la tendencia es que la prevalencia del VIH es notablemente más alta entre las mujeres que entre los hombres. Ese reporte precisa que en el orbe el número de niños menores de 15 años que vive con el virus aumentó de 1,6 millones en 2001 a dos millones en 2007.

Según los especialistas de ONUSIDA, en casi todas las regiones fuera de África Subsahariana el VIH afecta de forma desproporcionada a las personas que usan drogas inyectables, a los hombres que mantienen sexo con otros hombres y a los profesionales del sexo.

Expertos en esta sede reiteraron que el desafío mundial de esta pandemia es valorar los progresos alcanzados, identificar los obstáculos y renovar el compromiso para frenar esta enfermedad, que cobró otras dos millones de vidas en 2007.

Este es el vigésimo año de celebración del Día Mundial de Lucha contra el SIDA.

Fuente: PL






30 noviembre 2008

El Macu, La bufanda y Los hermanos








Por esta parte del globo, a las brujas y duendes que deambulan por la noche escandinava, se les escuchó comentar que allá en el Sur el Macu parió un nuevo libro.

Y se confirmó la buena nueva.

Allá por Montevideo, mi hermanito mayor, Atilio Duncan Pérez da Cunha, a quien la mayoría de los habitantes conocen como Macunaíma, estuvo de parto y como todo padre orgulloso de su hijo, lo presentará en sociedad el próximo martes 2 de diciembre. La Sala Zitarrosa, abrirá sus puertas a las 20 horas para que este poeta del rock y sus consecuencias, comprometido con su época y su sociedad, presente ante los vecinos de San Felipe y Santiago su creación más reciente: La bufanda del aviador. El Macu no estará solo ante tan importante velada; un gran número de hermanos lo estarán arropando y compartiendo los nervios y las emociones del estreno. Será una noche mágica cargada de encuentros y reencuentros, y en la que no estarán ausentes los duendes del Darno y del Flaco.

En la noche del martes, por delante de la luna que ilumina Gotemburgo, veremos pasar la silueta de un avión con la bufanda de su piloto flameando al viento y será como el guiño de complicidad que tenemos los hermanos para acortar distancias.

Si antes de entrar a la Zitarrosa, miran la luna montevideana, verán la silueta de una bruja que lleva como equipaje en su escoba, frasquitos llenos de éxito, buena suerte y muchísimo cariño. Y con un poco de suerte, algún duende le susurrará al oído del Macu que lo quiero, que allí estoy para acompañarlo y para compartir su alegría, y que estoy orgullosa de mi hermanito mayor.

Ahhh…….. y no se olviden de entregarle el abrazo apretadito que le mando.

Brujita






El PCU y la resistencia a la dictadura





Gerardo Caetano: Hay una "inflación cultural y política" del rol de los tupamaros en la historia reciente, y se desdeña el papel de los comunistas.

Entrevista de Ernesto Tulbovitz

Existe una "inflación cultural y política" del peso que tuvo el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) en la historia reciente, que contrasta con el desconocimiento del rol que tuvo el Partido Comunista del Uruguay (PCU), afirmó el historiador e investigador del Instituto de Ciencia Política Gerardo Caetano. De hecho, consideró que junto con la Iglesia Católica el PCU fue el mayor "bastión" de resistencia a la dictadura (1973-1985). Lo que sigue es un resumen de la entrevista que Caetano mantuvo con Búsqueda.

—Luego de revisar los archivos de Inteligencia Policial, usted afirmó que uno de los objetivos de la dictadura era destruir al PCU. ¿Cuál es la base de esa afirmación?

—Cuando puedan consultarse en forma amplia los archivos de la represión —lo que espero que ocurra pronto y en forma sistemática, consistente y con plenas garantías para todos— se podrá confirmar a cabalidad eso. Como es sabido, las dictaduras de la Seguridad Nacional en América Latina estaban inspiradas en un profundo anticomunismo. Ello formaba parte de un posicionamiento global en el marco de la Guerra Fría y sus prolongaciones en la región, en el que la lógica de combate focalizaba la idea genérica del enemigo hacia una noción vaga de "comunismo", categoría en la que por cierto entraba de todo. Por cierto que los represores uruguayos, por ejemplo, discernían con claridad entre "tupamaros" y "comunistas", pero su obsesión anticomunista los hacía ver comunistas en todo lo que "oliera" a izquierda. Por ejemplo, los militares uruguayos creyeron todo el tiempo que Seregni era un "comunista" oculto. Y por cierto, entre los objetivos no sólo políticos sino también ideológicos de la dictadura uruguaya estuvo la de destruir para siempre a la "izquierda" en general, con particular énfasis en aquellos que tan genéricamente llamaban "comunistas".

—Desde 1985 se han escrito decenas de libros, muchos autobiográficos, y se han hecho películas que refieren a una "gesta" sobre el MLN. Sobre la base de lo que usted afirma, ¿cree que existe un relato histórico en el cual los tupamaros son los únicos o los más grandes protagonistas de la historia de la izquierda?

—Ha habido y todavía hay, aunque creo que en declive, una suerte de "inflación" cultural y política en torno al peso histórico del MLN en la historia uruguaya más o menos reciente. Y ello se correlaciona con la omisión o la subvaloración de otros protagonismos, por cierto no sólo en la izquierda. Por cierto que ello tiene más que ver con la lucha política que con evaluaciones históricas sustentadas en acumulaciones de investigaciones fuertes. Si miramos en ese territorio vago pero reconocible de las izquierdas, contrasta en verdad y mucho lo que ocurre por ejemplo en la tan disímil recuperación de las memorias del MLN y del PCU.

—¿Por qué piensa que esto es así?

—En primer lugar, los tupamaros han hablado más de su historia, la han tratado de recuperar y proyectar en clave de "gesta", como usted dice. Los comunistas, en contrapartida, en general no hablan de su historia, a veces pareciera que hasta la desconocen. Aunque obviamente hay honrosas excepciones, la asimetría de testimonios es gigantesca. Y ello tiene que ver mucho con el valor que unos y otros otorgan al relato, a la construcción de historias y de épica como instrumento de la lucha política, al balance entre el peso de las ideas y el de las peripecias humanas. El sesgo excesivamente ideologizante del discurso y de la praxis del PCU, esa noción casi teleológica de que la aventura de los comunistas uruguayos era apenas el engranaje local de una peripecia universal casi inevitable, llevó a los comunistas a pensarse sobre todo como formando parte de "una historia de ideas", cuando en realidad formaban parte de una muy costosa y luchada "historia de ideas y de hombres".

—En función de su lectura, ¿percibe que se desdeña el rol del PCU en la historia reciente?

—En efecto, así lo creo. Y mirar en clave histórica y sin prejuicios de índole alguna el rol efectivo del PCU en los últimos 50 años de la vida del país, muy especialmente durante los años de la dictadura, permite registrar esto con claridad. Nunca hay que borrar huellas, la exigencia de memoria y verdad tiene que ser una máxima universal, válida para todo y para todos, aunque duela. Toda historia colectiva es una trama de claros y oscuros. Por cierto que el PCU los tiene y grandes, tanto en su trayectoria local como en su acción y en su visión internacional, en donde el seguidismo con la URSS fue muy firme (recordemos por ejemplo su actitud hace 40 años cuando la invasión soviética a Checoeslovaquia). Pero también en su trayectoria radica una historia cargada de aportes muy valiosos y rescatables. Y también analizando los archivos podrá confirmarse que, en el marco de una resistencia antidictatorial sin duda plural y en la que los protagonismos fueron muchos y no admiten visiones monopolistas o excluyentes, el bastión de mayor peso en la resistencia a lo largo de todo el período fue el PCU. Y el segundo me animaría a decir que fue la Iglesia Católica, en tanto refugio de perseguidos y ámbito hospitalario para acciones y búsquedas alternativas. Y no es casual que así haya sido. En medio de una represión muy agobiante y efectiva en su lógica comisarial, sobre todo en los años más duros (entre el '75 y el '80), era lógico que instituciones tan diferentes pero con el continente común de redes organizativas sólidas, pudieran ser las más efectivas en las acciones de resistencia. Curiosamente esas historias no tan tenido tanta suerte épica como otras. Sin duda que allí hay una ausencia.

—Dos semanas atrás usted habló en un homenaje a Rodney Arismendi. ¿Qué valoración hace de su papel en la historia nacional?

—Fue el gran referente en la construcción de ese momento central en la historia del PCU. Tal vez por eso mismo su figura aún hoy genera polémicas. Realmente no creo que su aporte como teórico sea su contribución más importante. No creo en verdad que allí haya sido un renovador. Tampoco en su visión internacional sobre el rol de la URSS, en la que fue un ortodoxo. Sí lo veo como uno de los dirigentes políticos uruguayos más talentosos y exitosos entre la década de los cincuenta y su muerte, ocurrida tan simbólicamente en diciembre de 1989, cuando "su mundo" se caía con el Muro de Berlín pero el PCU obtenía con "Democracia Avanzada" la mejor votación de su historia, con casi un 10% del electorado.

—¿Por qué usted, que en forma explícita ha rechazado propuestas de involucramiento en la política partidaria y que nunca fue comunista, se detiene hoy en este tema?

—Como historiador de la política, me interesa mucho el tema de las tradiciones cívicas, sobre todo de aquellas opacadas, confundidas o dispersas. Por eso es que ahora estoy trabajando con pasión y mucho interés en el estudio del legado persistente de "los batllismos" (en plural) o del "wilsonismo". Es ese mismo interés y esa vocación los que me llevan a interesarme también en esa tradición olvidada de los "innombrables" comunistas. He visto una documentación abrumadora que prueba el peso histórico de su legado. Pero puedo decirle que esa recuperación de la memoria comunista también me parece válida en términos netamente ciudadanos, sin espíritu alguno de bandería o de partidismo, que nada tienen que ver con mis empeños como investigador.






Ser migrante ante la crisis



Ben Heine

Matteo Dean



¿Qué significa hoy, en el mundo de la crisis económica globalizada, ser migrante? Significa ser el blanco, el objetivo, el sujeto sobre el cual tratar de descargar las consecuencias más apremiantes de la crisis económica, es decir los despidos masivos, la falta de empleos, la reducción salarial. Significa ser las primeras víctimas de la tentativa de descargar encima de los migrantes, justamente en el momento en el que el mundo celebra la elección del hijo de un migrante a la presidencia de Estados Unidos, el precio de una economía global inestable, de mercados financieros que supieron y pudieron eludir las reglas escritas por sus propios jugadores, de un estado del bienestar –en donde aún queda– incapaz de ofrecer respuestas a millones de precarios, permanentemente en la búsqueda de un rédito entre trabajo a destajo, despedidas y erosión de las garantías adquiridas en el pasado. De tal manera que la competición se traslada hacia abajo: los migrantes nos convertimos en los adversarios en la búsqueda de un trabajo y en algunos casos sujetos de peligro público. Claro está: no es la primera vez ni la última será que la individuación del enemigo, del peligro, se ubique en la figura de los migrantes. Sin duda la política y la información han jugado y siguen proponiéndolo un papel fundamental en este sentido. Sin embargo el verdadero nudo a resolver es que alimentar y volver a proponer este juego encuentra, en la crisis, aún mayor terreno en el que establecerse. Y entonces hoy, a la par con el establecerse de nuevas herramientas represivas y descriptivas del “peligro extranjero”, sobre todo en los países más ricos, se presenta una nueva apremiante problemática. Si bien es cierto que miles son los migrantes que tendrán que volver a su tierra de origen, tal como lo demuestra la reciente realidad que finalmente cumple con lo que por meses los gobiernos negaron, también es muy acertado afirmar que muchos migrantes –¿la mayoría?– no se irán a ningún lado. Quiérase porque decidan aguantar las vacas magras y no volver a arriesgar su aún precaria permanencia en el país receptor, quiérase porque muchos son los migrantes que ya están insertados cultural, económica, social e inclusive políticamente en la sociedad de acogida.

Miremos pues a la Unión Europea, en la que toda legislación migratoria siempre se ha centrado en interpretar a los flujos migratorios como a oleadas de mano de obra barata. Con la crisis actual, miles son los migrantes que están siendo despedidos y alejados de sus puestos de trabajo. ¿Qué hacer en estos casos? Algunos gobiernos se han planteado la expulsión inmediata de los miles de trabajadores nuevos desempleados. Protestan entonces los industriales europeos porque mañana –habrá un fin a esta crisis, esperan– cómo se podrá volver a contratar a esos miles de trabajadores ya calificados y preparados. No fuera suficiente, y más importante aún, lo mencionado arriba: habrá quienes no querrán irse. Por años criticamos a la perversión legal que amarra el permiso de legal estancia al contrato laboral. Así han sobrevivido millones de migrantes durante años, estableciendo sus redes sociales, enviando sus hijos a las escuelas del país receptor, en fin, construyendo vidas y sueños en el territorio de acogida. ¿Querrán moverse estas personas? Creemos que no. Y si así habrá de ser, nos encontraremos con millones de nuevos desempleados, sujetos a expulsión y que –esperamos nosotros– tendrán que oponer resistencia. Juntos a éstos, los otros, los que llegarán.

Circula una nueva consigna en la Unión Europea: bloquear las nuevas llegadas. Suspender el ingreso legal, los flujos legales y establecidos anualmente por cada país. Detenerlos, suspenderlos, pues no se necesita de nuevas manos migrantes para los trabajos sucios. Y bien, que lo hagan. Si con esto creen resolver el problema... como si hasta ahora el camino migrante hubiera dependido de las leyes europeas. La migración es un fenómeno que va más allá de cualquier ley –más si ésta es con enfoque represivo– que trate de regularla. Y esta crisis que hoy y durante el próximo futuro nos agobia no frenará ciertamente el deseo migrante de una mejor vida. Quizás será justamente el contrario.

¿Qué sucederá entonces? Difícil preverlo. Si es cierto que la crisis en los países del norte se está socialmente –y no sólo– descargando sobre la espalda migrante, lo posible serían una serie de medidas de resistencia que pongan finalmente al descubierto la misma realidad migrante no como una masa de trabajadores privados de identidad y de derechos, sino como un conjunto de sueños, deseos, vidas, proyectos que difícilmente se dejarán borrar del mapa. Es por esto que quizás hoy resulte urgente retomar la consigna que se mencionaba en una anterior entrega a este espacio (La Jornada, 15 de noviembre de 2008): no seremos nosotros quienes pagaremos la crisis. Y no sólo eso. La aparente derrota del neoliberalismo y la real crisis económica pueden estar abriendo espacios en los cuales los señores debilitados del poder globalizado se encuentren necesitados con volver a escribir las reglas del juego. De ser así, por parte migrante –y en general por parte de todos los que abajo estamos– debería ser urgente abrir los espacios para una redefinición colectiva y horizontal de las normas que cambien de signo las actuales leyes represivas.

Fuente: La Jornada






El que encarnó a la “pequeña gente”





A LOS 71 AÑOS, MURIO ULISES DUMONT, UN ACTOR DE ENORME TALENTO

Trabajó profusamente en cine y TV, pero sobre tablas demostró una rara sensibilidad, que le permitía pasar de personajes costumbristas a otros oscuros, de rebordes inquietantes. Con Dumont se va un rostro célebre de la gran actuación argentina.

Hilda Cabrera

No era sencillo saber a quién dirigía Ulises Dumont la broma cuando en una entrevista confesaba que en sus comienzos en el teatro –y comparándose con los colegas– se veía a sí mismo como un renacuajo. ¿Esperaba que le dijeran que no, que seguramente no era así? Por las dudas, y para no quedar en falta, se evitaba cualquier comentario. Lo cierto es que Dumont sabía ironizar, y eso era suficiente para ponerse en alerta y dialogar con cautela. Esa misma expresión se le escuchó en una nota hecha por esta cronista, junto a Mabel Manzotti y el director Víctor García Peralta, cuando estaba a punto de estrenar En Pampa y la vía. Dumont se había retrasado, y entonces el comentario era que se había ido de pesca. Y fue así: aterrizó con su equipo.

Ayer, a los 71 años y en la Clínica Dupuytren, donde llevaba dos semanas internado, murió Ulises Dumont. Actor de humor travieso, sabía componer como pocos “a la pequeña gente”, a los marginados que –opinó entonces– a veces explotan. Quizá por eso lo fascinaban personajes como los de La Nona y El acompañamiento, que interpretó. Esta atracción le permitió continuar ejercitándose aun en épocas de vacas flacas para el teatro. Como otros grandes, no dudaba de la importancia del unipersonal en tiempos de escasez: “Uno sabe que alguna vez tendrá que agarrar un fierro caliente, pero antes de que eso ocurra, también yo armaría mis valijas, simplemente para protegerme y estar en la resistencia. Los actores tenemos que poner la humanidad sobre el escenario y salvarnos”. Si bien aquella En Pampa y la vía no era obra de un autor nacional, Dumont le puso la garra que mostraba en los prototipos argentinos. Muchos de éstos tan queribles como su kiosquero Sebastián de El acompañamiento, obra de Carlos Gorostiza que se estrenó en Teatro Abierto 1981, dirigida por Alfredo Zemma, donde descolló junto a otro maestro de la actuación, el “Negro” Carlos Carella. Supo ser también el maduro profesor en contrapunto generacional con un joven Antonio, actuado por Darío Grandinetti, en una obra que desconcertó al público y a los censores. Era Yepeto, de Roberto Co-ssa, un estreno de 1987 en el Teatro Lorange, y un personaje del cual no se despegó, puesto que fue también su papel en la versión para cine del realizador Eduardo Calcagno. Sólo que, pasado el tiempo, el director lo presentó con un tinte más irónico, cercano a la postura de un poeta porteño algo cascarrabias.

Cuando un actor de tan rara especie se va, sólo queda a quien lo conoció a través de sus trabajos recordar por lo menos algunos, mejores o peores, premiados o no, aunque es necesario reconocer que en todos mostró una solidez que no dio lugar a la indiferencia. Así fue que se lo vio atreviéndose con una controvertida figura de la historia en El último virrey, obra crítica de Juan Carlos Cernadas Lamadrid. Allí se propuso transmitir la ficticia fragilidad de un Cisneros jaqueado por patriotas e ingleses, perseguido por su mujer y por un pertinaz resfrío, acaso consecuencia de esa llovizna de mayo que nos han vendido en las láminas escolares. Su actuación era siempre superior, fuera en una comedia o un drama, o en un relato como aquél donde predominaban el grotesco o la sátira.

Esas intensidades atrajeron al público y a sus directores, como al mismo Gorostiza, asombrado como autor cuando en una reunión doméstica le escuchó dialogar con Carella sobre una persona que había conocido en un bodegón y aspiraba a ser artista. Ese era justamente el personaje que se aproximaba al Tuco de El acompañamiento, la obra que el dramaturgo pensaba ofrecerles sin haberles adelantado el tema. En circunstancias como ésa, Dumont se asemejaba a esos genios escurridizos que parecen no saber pero captan todo. De esa materia singular, aunque oscura, fue su trabajo en Rápido nocturno, aire de foxtrot, pieza de Mauricio Kartun que dirigió Laura Yusem. Otra obra de personajes grises y sin futuro, donde compuso al guardabarreras Cardone, untuoso con la amante casada que protagonizaba Alicia Zanca, pero de interior violento. Un personaje de la cultura popular que recreó con admirable plasticidad.

Hábil para crear atmósferas inusuales, este artista que se inició en el teatro siendo adolescente y conformó un grupo junto a otros actores y actrices en un club de barrio, integró elencos de piezas famosas, como Arlequín, servidor de dos patrones; El hombre elefante y la recordada Gris de ausencia, de Cossa. De este autor protagonizó La Nona, en 1977 y bajo la dirección de Gorostiza, que a su vez lo convocó para una pieza suya, A propósito del tiempo, donde su papel era el de un viejo amigo que incide en la aparentemente tranquila convivencia de un matrimonio. Entonces sus compañeros de elenco eran Cipe Lincovsky y Juan Carlos Gené, y la puesta, de Javier Margulis y Rubens Correa. En escena jugó a liberarse de traumas y apasionarse locamente al asumir el rol de un tal Ernesto Kovacs, un médico psicoanalista obligado a exorcizar a una excitada mujer de doble personalidad, compuesta por Luisa Kuliok. En esta obra, Sabor a Freud, de José Pablo Feinmann, el actor se multiplicaba en roles bien diferentes transparentando frustraciones y mostrando alguna que otra catarsis a través de escenas cómicas o de gran desconsuelo.

Lo verdadero es que Dumont, en cualquiera de sus composiciones (e incluso en trabajos televisivos como en Compromiso o No-sotros y los miedos), atrapó siempre, tanto en los aguafuertes como en aquellas escenas en las que se exigía mantener el medio tono.

Fuente: Página 12