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14 noviembre 2009

Jacques Diouf en huelga de hambre por desnutrición mundial



Foto: Sebastião Salgado


El director general de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, inició este viernes una huelga de hambre de 24 horas en solidaridad con los desnutridos del mundo, informó el organismo.

Diouf anunció su decisión el miércoles, al presentar la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria que tendrá lugar en la sede de la FAO en Roma del 16 al 18 de este mes.

El funcionario pidió a la población realizar "una huelga de hambre contra el hambre" los días 14 o 15 de noviembre para demostrar su solidaridad con aquellos que a diario no tiene alimentos suficientes.

"El director general estará durante 24 horas en huelga de hambre desde el viernes en la tarde hasta el sábado. Quienes participen en esta iniciativa podrán limitar el tiempo de huelga a las horas que estimen conveniente", dijo un comunicado de la FAO.

Señaló que la Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria comienza el próximo lunes para dar un nuevo impulso a la lucha contra el hambre y la desnutrición que afecta a mil 20 millones de personas.

Confirmó que el Papa Benedicto XVI ofrecerá un discurso de presentación, seguido de las intervenciones del secretario general de la Naciones Unidas (ONU), Ban Ki Moon y del propio Diouf.

Según la FAO, más de 60 jefes de Estado y de Gobierno y representantes de alto nivel participarán en el evento.

Informó que la cumbre fue convocada en un intento para reunir la voluntad política necesaria con un incremento de las inversiones en la agricultura y un renovado esfuerzo internacional para combatir el hambre.

"Los países participantes adoptarán una Declaración de la Cumbre en el primer día de la reunión", señaló.

Antes de la Cumbre, la FAO ha lanzado la campaña en internet www.1billionhungry.org/es, pidiendo al público su firma para una petición destinada a erradicar el hambre.

Fuente: La Jornada





15 octubre 2009

Que no se diga




Foto: Sebastião Salgado

Está costando muchos esfuerzos, discretamente realizados en los entretelones de la economía y la diplomacia internacionales. Pero la alambicada estrategia del silencio está dando los frutos deseados: los grandes medios de comunicación no prestan atención al tema que debería ocupar sus portadas. Y prácticamente nadie habla de lo que constituye el mayor escándalo mundial: el hambre se agrava cada día más.

Un mes atrás Josette Sheeran, directora del Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, anunció que la cifra de hambrientos había superado por primera vez los mil millones de personas. Y advirtió que continuaría aumentando, ya que la ayuda humanitaria se encuentra “en un mínimo histórico”. El PAM sólo dispone de 1179 millones de euros, frente a los 4585 millones que precisa para dar de comer a 108 millones de empobrecidos en 74 países.

Las grandes potencias económicas mundiales hacen oídos sordos ante los gritos de alarma que surgen de las agencias humanitarias. Los embajadores escuchan en silencio las peticiones de ayuda económica del PAM. Y los burócratas que administran presupuestos multimillonarios argumentan en voz baja que “a causa de la crisis económica internacional, no hay fondos para afrontar el problema”. Sin embargo, Josette Sheeran asegura que bastaría con dedicar a la lucha contra el hambre “menos del uno por ciento del dinero público invertido en ayudar a las entidades financieras” durante el último año.

Pero no es sólo la crisis. Hay otra razón (¡cuesta emplear esta palabra!) para explicar la disminución de la ayuda alimentaria, más allá del extremo latrocinio bancario que denominamos crisis financiera: la producción de agrocombustibles. Los Estados Unidos han suspendido su aportación mayoritaria de excedentes de granos, porque los dedican a fabricar biodiésel. (El año pasado quemaron así 138 millones de toneladas de maíz, un tercio de su cosecha.) Y una directiva de la Unión Europea impulsa las energías alternativas de origen vegetal. Así, en nombre de la estabilidad económica (hacer frente a la crisis), de la ecología (producir combustibles más limpios), y de la geoestrategia de las naciones dominantes (reducir la dependencia de sus importaciones de petróleo) se condena a la desnutrición y la muerte a millones de seres humanos.

Se trata de un exterminio tan políticamente correcto como fríamente programado. Basten dos ejemplos: se limita drásticamente o se suprime la ayuda a países como Bangladesh (donde 700.000 niños están amenazados de muerte por el hambre) y se reduce la alimentación de la población desplazada en Somalia o de los refugiados en Kenia de 2200 calorías diarias a sólo 1500, lo que significa que la ONU distribuya raciones insuficientes, muy por debajo del mínimo vital.

La mayor vergüenza está en la propia Secretaría General de la ONU que, desde el relevo de Kofi Annan por Ban Ki-moon, está desarrollando una tan sorda como despiadada política de complicidad con los grandes núcleos del poder económico mundial. Los reemplazos de algunos altos funcionarios han sido claves. Resulta especialmente llamativo el cambio de tono en los informes y posicionamientos del relator especial sobre Derecho a la Alimentación: mientras que Jean Ziegler denunciaba a los fabricantes del hambre exigiendo que se pusiera fin a la mortandad, su sucesor en el puesto, Olivier de Schutter, plantea la necesidad de discutir la cuestión más a fondo. Lo que en palabras de Ziegler era un crimen intolerable, para Schutter parece reducirse a un problema administrativo.

Que no se diga. Que las cotizaciones de Bolsa ocupen sus minutos diarios en los informativos y sus páginas habituales en los periódicos. Que nadie pierda el sueño. Que nadie recuerde las cifras que Ziegler nos arrojó a la cara: cada cinco segundos muere de hambre un niño menor de diez años, cada cuatro minutos fallece alguien por falta de vitamina A, cada día 24.000 seres humanos perecen por falta de alimentación y 100.000, por las consecuencias derivadas de la desnutrición.

Vicente Romero

Fuente: Página 12


08 junio 2008

Distracciones




Video: J&M Producciones



Juan Gelman



Se dijo de todo para explicar la crisis alimentaria que amenaza con elevar ya a casi mil millones el número de quienes se mueren de hambre en el planeta. Sucedió en la reunión realizada en la sede de la FAO en Roma, que terminó este jueves y en la que 193 naciones del mundo lanzaron gritos de alarma ante lo que se viene. En realidad ya vino, pero hace más de 20 años que los gestores del mundo globalizado globalizan sistemáticamente el hambre y al parecer se distrajeron. En las reuniones de los países más industrializados, los del grupo G-8, el tema del hambre apenas merecía una mención trivial. Hoy causa un repentino nerviosismo y Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, fue claro en las razones: “No podemos fracasar (en resolver el problema). Es una lucha que no podemos perder; el hambre crea inestabilidad y tenemos que reaccionar unidos e inmediatamente”. No hay compasión, hay miedo.


En 2007, el precio del arroz, los frijoles y la fruta subió un 45 por ciento en el mercado interno de Haití y a fines de marzo pasado se elevó la espiral. El 3 de abril, en la ciudad portuaria de Les Cayes, más de tres mil manifestantes levantaron barricadas en las calles, bloquearon a los camiones que transportaban arroz, distribuyeron el producto y trataron luego de incendiar una instalación de las fuerzas de paz de la ONU a cargo de tropas uruguayas que abrieron fuego contra la multitud. Resultado: cuatro muertos y 20 heridos (news.bbc.co.uk, 5-4-08). Las protestas se extendieron a la capital, Port-au-Prince, donde miles de personas marcharon hacia el palacio presidencial al grito de “¡Tenemos hambre!”, exigieron la retirada de las fuerzas de la ONU y el regreso del presidente Jean-Bertrand Aristide, que un golpe de Estado marca USA derrocó en 2004. El primer ministro Jacques Edouard Alexis aclaró las cosas: era una manifestación infiltrada por narcos y otros contrabandistas. El precio del arroz no estuvo allí.


Hubo de lo mismo en más de 20 países del llamado Tercer Mundo. A fines de 2007, la policía de Dakar no vaciló en apalear y gasear a miles de senegaleses que reclamaban comida. En febrero de este año, los sindicatos y pequeños comerciantes de Burkina Faso realizaron una huelga de dos días exigiendo la rebaja del precio del arroz y de otros alimentos, que habían aumentado del 10 al 65 por ciento (www.irinnews.org, 22-2-08).


Más de 100 detenidos, claro. En Bangladesh, unos 20 mil obreros textiles de Fatullah, localidad cercana a Dhaka, la capital, fueron a la huelga por mayores salarios en abril: la bolsa de dos kilos de arroz equivale a medio día de salario. Casi contemporáneamente, y por la misma demanda, fueron reprimidos los trabajadores del complejo textil de Mahalla, en el delta del Nilo: el gobierno egipcio envió miles de tropas para impedir la huelga, hubo dos muertos y alrededor de 600 detenidos. La lista sigue.


En Costa de Marfil; Pakistán, Tailandia, Camboya, Etiopía, Níger, Perú, Honduras, Zambia y otros se presenciaron –y reprimieron– movimientos semejantes. El FMI, que tanto contribuye a esta grave crisis imponiendo “reformas estructurales” a los países pobres, parece algo asustado: su director ejecutivo, Dominique Strauss-Kahn, advirtió a los gobiernos que “verán la destrucción de todo lo que hicieron y también de su legitimidad ante la población. De modo que no se trata sólo una cuestión humanitaria –agregó sin reparo alguno–, tampoco sólo de una cuestión económica, es además una cuestión de democracia”, es decir, de mantener el sistema que hambrea (ifm.org, 12-4-08). Como dijera Elías Antonio Saca, presidente de El Salvador, país que también sufre lo suyo: “Es una tormenta escandalosa que se puede convertir en huracán y trastornar nuestras economías y también la estabilidad de nuestros países” (International Herald Tribune, 18-4-08). Estabilidad, palabra santa.


Hay 2600 millones de personas en el mundo que ganan menos de dos dólares por día y alimentarse les comería, según el país, hasta el 80 por ciento de sus ingresos. De manera que no comen o comen de manera insuficiente, su rebeldía es concreta como una piedra y los enormes intereses que manejan el precio de los cereales conocen el temor: “La idea de que las masas hambrientas, llevadas por su desesperación, tomaran las calles para derribar al ancien régime parecía definitivamente exótica dado que el capitalismo triunfó de manera terminante en la Guerra Fría”, señala el conocido periodista Tony Karon en “Cómo el hambre puede derrocar regímenes” (Time, 11-4-08). Y agrega: “Sin embargo, los titulares del mes pasado sugieren que el abrupto aumento del precio de los comestibles amenaza la estabilidad de un número creciente de gobiernos en todo el mundo... cuando las circunstancias tornan imposible alimentar a los hijos, ciudadanos normalmente pasivos pueden convertirse rápidamente en militantes que no tienen nada que perder”. En efecto, el hambre es una forma aguda de terrorismo.


Fuente: Página 12